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Murillo, la carta marcada de Raúl Castro

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La salida de Marino Murillo como titular del Ministerio de Economía y Planificación (MEP) abre la interrogante de si se trata de una caída en desgracia o de un conteo de protección. Una nota oficial aseguró que el funcionario se dedicará a la implementación de los lineamientos del Partido Comunista y reconoció su trabajo como ministro. Los elogios contrastan con los pésimos resultados que ha tenido la economía cubana en el primer semestre del año y llevan a preguntarse si la remoción de Murillo esconde en realidad una promoción.

Resulta obvio que se está produciendo una importante movida en las altas esferas gubernamentales. La sustitución de la primera secretaria de la Unión de Jóvenes Comunistas, el intempestivo reemplazo del ministro de Cultura y la salida del titular de Educación Superior, han puesto en guardia a todo el gabinete en un momento en que hasta los propios medios oficiales hablan de «la crítica situación que vive el país».

Sin embargo, la «caída» de Murillo podría interpretarse también como una estrategia para alejarlo de las culpas del desastre. ¿Qué tiene más importancia: la gestión del Ministerio de Economía y Planificación o la implementación de los lineamientos partidistas? En este último caso, la separación de la cartera ministerial sería un manto de protección lanzado sobre su figura por el propio Raúl Castro. Como si quisiera hacer ver que «si la economía va mal no es culpa de Murillo».

¿Por qué habría que salvar a Murillo? La respuesta a esta pregunta nos adelanta a finales de 2017, cuando ya habrá que tener claro los nombres de quienes aparecerán en la candidatura de los cargos de presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, que Raúl Castro abandonará en febrero de 2018 por haber agotado sus dos mandatos consecutivos.

Si finalmente el actual primer vicepresidente, Miguel Díaz-Canel, sustituye al general presidente, quedaría vacante de inmediato el segundo escalón de esas responsabilidades. En pocos años más, ante la inevitable desaparición física de la generación histórica, la menguada cantera de cuadros, carente de experiencia en el poder y de prestigio ante la población, tendrá que hacerse cargo de lo que necesariamente será una transición.

La «caída» de Murillo podría interpretarse también como una estrategia para alejarlo de las culpas del desastre

Después de la limpieza en las altas esferas, ocurrida tras la toma de posesión de Raúl Castro, cuando fueron separados de sus cargos Carlos Lage Dávila, Felipe Pérez Roque y Carlos Valenciaga, entre otros prometedores benjamines, la pregunta de quiénes sustituirán a los actuales dirigentes se ha vuelto más difícil de responder.

Despedir hoy a Murillo por la puerta de atrás, sería perder una carta irrecuperable que ha costado muchos años formar. Comparado con José Ramón Machado Ventura, el exministro de Economía parece un reformista, un político pragmático que ha hablado claramente de la necesidad de producir riquezas y a quien nunca se le ha oído mencionar la emulación socialista ni los resortes morales para impulsar la producción de bienes materiales.

Murillo es una carta marcada, que ha llevado Raúl Castro bajo su manga todos estos años y no va a desecharla por esa nimiedad de haber incumplido en un 50% el crecimiento del producto interior bruto para este año. El llamado zar de las reformas es el rostro que puede dar confianza a los inversionistas extranjeros. Atrás han quedado los tiempos en que los aspirantes al trono tenían que hacer gala de su oratoria, de su fantasía para crear nuevas consignas o de su capacidad histriónica para aparecer en los trabajos voluntarios.

Ricardo Cabrisas Ruiz, vicepresidente del Consejo de Ministros, ha sido nombrado como sustituto de Marino Murillo en el MEP. El aval con que se le presenta es haber puesto la cara ante los acreedores de medio mundo para renegociar la deuda externa cubana. Ambos harán una buena pareja para intentar salvar del naufragio una nación a la deriva.

Si Murillo y Cabrisas logran enrumbar la nave en una u otra dirección, tendrán que conquistar a un pueblo descreído y convencer a los talibanes con poder que no traicionarán el legado o hacerles ver que no queda más remedio que empezarlo todo desde el principio.

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