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No es golpismo, sino democracia

Guaidó se proclamó presidente encargado dentro de sus atribuciones constitucionales y ayer pidió apoyo a las Fuerzas Armadas para defender la única legalidad que existe en Venezuela

Más de sesenta países y la Organización de Estados Americanos reconocen a Juan Guaidó como presiente provisional legítimo de Venezuela. Decir que lo que sucedió ayer en Caracas es un golpe de Estado no solo es incorrecto, sino sencillamente un último gesto, ya desesperado, de apoyo a la dictadura usurpadora de Nicolás Maduro, responsable de la mayor catástrofe humanitaria, económica y política que ha conocido este país en toda su historia. Juan Guaidó se proclamó hace tres meses presidente encargado dentro de sus atribuciones constitucionales -en tanto que presidente de la Asamblea Nacional-, y ayer pidió apoyo a las Fuerzas Armadas para defender la legalidad que representa. La suya es la única que existe en Venezuela. Tarde o temprano tenía que estallar este pulso colosal entre el presidente legítimo y el aparato del Estado que se mantiene del lado del tirano usurpador. Después de haber dado el paso de asumir las competencias presidenciales en contra del régimen bolivariano y lograr el reconocimiento internacional generalizado, Guaidó necesitaba probar que el régimen está en sus últimos estertores, y también que dentro de las Fuerzas Armadas hay venezolanos decentes que no pueden soportar ver la postración y miseria a la que el régimen chavista está condenando a la inmensa mayoría de sus compatriotas.

Maduro huye hacia adelante. No es casualidad que el inicio de la denominada Operación Libertad comenzara con la liberación de Leopoldo López, dirigente demócrata que, de no haber sido detenido y apresado de forma arbitraria, probablemente ahora sería el presidente democrático de una Venezuela en la que no se habría llegado a hablar de la necesidad de recibir comida y medicinas del exterior para evitar el hambre y la desesperación de la población. Tan injusta había sido su condena como hermoso el símbolo que representó su liberación en la madrugada de ayer. Maduro y quienes lo apoyan han adquirido una responsabilidad criminal gravísima al utilizar la fuerza para atacar a los ciudadanos que salieron a la calle a gritar libertad y pedir el fin de la opresión. Cada gota de sangre derramada deberá sumar un grado de culpabilidad en el futuro, porque lo que está sucediendo en Venezuela no puede quedar impune. Cada bala y cada gesto en contra de Juan Guaidó y de lo que representa serán cargos severos contra Maduro y sus cómplices.

La moral de la izquierda. A pesar de las múltiples oportunidades que han tenido para rectificar, nadie esperaba que los altos dirigentes del chavismo pusieran fáciles las cosas a quienes reclaman democracia, comida y seguridad. Tampoco ha extrañado a nadie que los únicos apoyos exteriores de Maduro hayan sido los habituales clientes interesados de la dictadura, empezando por la tiranía cubana, junto al déspota ruso Vladímir Putin y todos los que aún mantienen sus respectivas sucursales del chavismo en América, como Evo Morales o Daniel Ortega. Lo más triste es ver a personajes de la izquierda española, inmunes al drama que padece el pueblo venezolano, salir en defensa de un tirano, cruel e incapaz, que ha transformado un país riquísimo en el erial en el que se asfixia la libertad de los ciudadanos.

El fin de la equidistancia. Desde ayer no caben posiciones intermedias ante lo que sucede en Caracas: entre la opresión y la libertad, entre el hambre y la vida, entre Maduro y Guaidó, todo lo que sea equidistancia resulta indecente para cualquier demócrata. El Gobierno de Pedro Sánchez acertó a la hora de reconocer la legitimidad de Guaidó como presidente encargado de convocar unas elecciones libres. Al mismo tiempo, se puede entender que la complejidad de las distintas áreas de las relaciones entre España y este país tan cercano no permitía hacer ostentación pública del repudio hacia la figura de Maduro. La realidad, sin embargo, obliga a ser coherente: si se reconoce a un presidente como legítimo, se entiende que, en pura lógica, cualquier otro que se empeñe en detentar este cargo no lo sea. Decir ahora -como ayer dio a entender el Gobierno- que el presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela estaría cometiendo un acto espurio por alentar a los militares a ignorar a Nicolás Maduro, y que no aceptaría el resultado de lo que les parece un golpe de Estado, no ayuda mucho a los venezolanos. El fin de Nicolás Maduro y el triunfo de la libertad están muy cerca. Lo ocurrido en las últimas horas es precisamente la aceleración de un proceso inevitable. Maduro ha desperdiciado numerosas ocasiones de haber admitido la realidad. Es muy probable que ahora sea la realidad la que le pase por encima.

 

 

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