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Nos vemos luego

Que se escriba una columna semanal no significa que se haya descubierto el pozo de los temas. A veces cuesta esculcar en la cabeza mientras se revisa todo aquello de lo que se pudiera hablar, que al final no es mucho si se tiene en cuenta que para todos los asuntos no hay sabiduría o destreza. Pero la vida de quien escribe está atada a la vida de quien lee y, entonces, uno, en esos destellos que le juega el ego, se pregunta por sus lectores, si cabe abandonarlos de un momento a otro.

Pues bien, no creo yo tener muchos lectores, pero creo tener la suficiente confianza con ese puñado que me leen, para decirles que a veces divago en los recovecos de mi memoria sin encontrar ninguna novedad, a veces no quiero decir acerca de nada, a veces me siento culpable por opinar sobre asuntos en los que no me he gastado la vida, o que no han sido mi causa, solo porque están flotando allí como para que ocupemos unos cuantos renglones en ellos. A veces, opinar cansa.

Los temas de los próximos meses ya empiezan a preocuparme. Esta mañana pensé en escribir una columna, de esas medio complejas que a veces hago, sobre el asunto de las ciudades, tema que siempre ha sido de mi estudio. Lo pensé porque leí el texto de Richard Sennet que expuso recientemente en la inauguración del festival literario Kosmópolis que se celebra en Barcelona.

Habló Sennet de cómo el capitalismo está construyendo la misma ciudad en todas partes. Se aproximan las elecciones, pensé. Sería bueno decirle algo a los candidatos que siempre piensan en votos y alianzas, pero que tienen muy pocas ganas de proyectar las ciudades. ¡Bah! Jamás tomarán nota de lo que yo diga.

El otro tema que dará para rato es el de la condena de Andrés Felipe Arias, que para mí no es más sino un clásico cobro de las jugarretas del ego, de seguir pensando que los modelos para el agro en este país solo son seguros si se aseguran con los mismos, con los que tienen más, porque los otros siempre serán incapaces; es decir, la peor de las comprensiones de la aristocracia.

También está el gobierno, siempre será tema, tela para cortar y, por lo visto, muy difícil armar un patrón que nos lleve a un modelo de “haute couture”. Otro asunto en el que no debemos abandonar el barco: el asesinato sistemático de los líderes sociales, de lo cual he hablado desde hace rato determinándolo como sistemático, cuando el término no era popular pero correspondía a una realidad exacta, aunque suene redundante.

También está todo el tema de la violencia de género, de las guerras de religión, de la invasión musulmana al mundo, de la pérdida de la iglesia de sus feligreses, de la liquidez del mundo digital, de la necesidad de registro del individuo, de la corrupción sin remordimiento. Y todo es lo mismo, al final ninguna palabra mía cambiará nada.

Voy a dejar de escribir un buen rato esta columna de opinión. La escribiré en mi memoria y conversaré desde ahí con ese puñado de lectores. Pero ahora está bien un alto. A veces la vida es buena en silencio, con las ocupaciones solo cotidianas, mientras las palabras toman nuevas formas, mientras componen nuevas criaturas.

 

 

 

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