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Omar Zambrano: “Ningún país se desarrolla vendiendo chucherías”

Lo que estamos viendo como recuperación económica es un espejismo. El repunte obedece al aporte provisto por actividades comerciales de poca profundidad, que no ofrecen oportunidades para la inversión productiva en sectores de mayor envergadura —industria manufacturera, agro, agroindustria y sector construcción—. Pero la sensación de alivio es inevitable si tomamos en cuenta la crisis de consumo que se registró entre 2015 y 2017.

Las grandes interrogantes siguen planeando sobre el escenario sin que se avizoren respuestas claras. Estamos en una encrucijada y los desafíos siguen en pie, inmutables, interrogando a la clase política. Quien habla es Omar Zambrano*.

 

En varias audiencias se habla de un aparente crecimiento de la economía venezolana. ¿Hay suficientes indicios que sustenten esta afirmación?

No se puede hablar de Venezuela sin decir antes que el país ha sufrido un colapso de su economía. Perdimos el 80 por ciento del producto interno bruto en apenas cinco o seis años. En ese contexto empiezan a repuntar algunas actividades que, en apariencia, le imprimen cierto dinamismo a una economía que estaba casi muerta. Pero desde el punto de vista del desarrollo, lo que uno observa es que Venezuela perdió muchísimo músculo económico, empresarial, industrial, y lo que se está recuperando es algo absolutamente superficial. No puede haber comparación alguna entre lo que se perdió y lo que se está observando.

Si vamos a señalar algunas actividades, algunos sectores, que están mostrando algún dinamismo, ¿cuáles serían?

No se sabe muy bien si por convicción, creo que no, u obligado por las circunstancias, el Gobierno cambió el férreo control que tenía asfixiado al sector privado. Dejó de seguir y hacer cumplir el control de precios, dejó de aplicar y de seguir el control de cambios y ciertamente impuso una especie de libre comercio total para productos de consumo final. Básicamente, la importación por la aduana se hace con total libertad para algunos productos. En ese contexto, se ha recuperado cierta capa comercial y, con ella, un aumento marginal del ingreso y del empleo, sobre todo en las grandes ciudades del país. Son actividades comerciales, de poca profundidad, que no generan tracción. Es decir, no impactan significativamente los niveles de empleo y de inversión. Por eso la gente ve que en Caracas y en otras ciudades se han abierto una serie de locales nuevos, muy llamativos, y hay posibilidad de acceso a bienes determinados que se consiguen en Estados Unidos o en Europa. Pero eso no genera el nivel de empleo que Venezuela tenía hace cinco o seis años. Se produce una sensación de dinamismo, pero las actividades son muy superficiales.

¿En qué medida la dolarización de facto que se vive en Venezuela contribuye a crear esa sensación de dinamismo económico?

Sí, ése es el otro gran elemento que hay que considerar. Buena parte de estos sectores van resurgiendo de la mano de la dolarización espontánea, como la han llamado algunos economistas. La dolarización que hemos visto no es otra cosa que la decisión racional de los venezolanos de repudiar completamente una moneda que no les sirve. Y no les sirve porque no cumple las funciones básicas del dinero. En la medida en que el dólar se convirtió en la moneda de cambio y de reserva de valor se ha ido creando un espacio —también llamado burbuja— en el que al menos hay algo de estabilidad económica. Cuando la gente intercambia el dólar, sabe que va a valer, más o menos, lo mismo en el futuro y eso le da cierta certeza en el proceso productivo, que no la tiene con el bolívar.

Son dos factores los que están influyendo en esta percepción que pudiera tener la gente en general, pero si nos atenemos a las razones que ha señalado, esto va a tener una capacidad muy limitada, si acaso ya se agotó. ¿Hasta qué punto podemos seguir viendo una tendencia favorable?

La pólvora de reactivación económica que tiene este proceso es muy poca, entre otras cosas, porque desde el punto de vista del desarrollo económico, los sectores que se están reactivando tienen una tracción productiva muy limitada. Si estás trayendo, por ejemplo, un container de chucherías de Costco (Estados Unidos), lo distribuyes y lo vendes en Caracas, esto genera una actividad que deja algo de empleo y de ingreso (tanto en el que transporta como en el que lo vende en el local), pero es una actividad relativamente pequeña. ¿Por qué? Porque son bienes de consumo final, que no generan valor agregado en el camino.

Quisiera introducir una precisión. ¿Lo que estamos viendo, sencillamente, es un espejismo?

Absolutamente. Y, como todo espejismo, luce bien desde lejos, pero cuando le metes la lupa, desaparece. Ésa es la impresión que tengo de la reactivación económica venezolana hasta ahora. Yo no creo que ningún país se desarrolle vendiendo chucherías. No es algo completamente negativo. Uno, como economista, saluda la flexibilización de algunas reglas y cierto cambio en la política del Gobierno. Eso nos ha permitido ver que la economía es como un río que, cuando tú lo intervienes con una serie de obstáculos, a lo mejor desvías su curso, pero el río, tarde o temprano, vuelve a retomar su cauce. Así pasó. Apenas se distendieron las presiones sobre el sector privado, hubo una respuesta. Primero, con actividades de poco valor agregado. El reto está en cómo crecer de aquí en adelante. Para que haya inversión productiva —en la manufactura, en la agroindustria, en el agro, en la construcción— ahí se necesitan otras cosas, además de la aparente flexibilización. Seguridad jurídica, seguridad pública y ciertas garantías que, a lo mejor, los inversionistas no perciben, por eso no están ocurriendo esas inversiones.

Supuestamente hay dos sectores extractivos que están contribuyendo con la aparente recuperación económica. Uno es el Arco Minero del Orinoco y el otro es la propia explotación petrolera. ¿Qué valoración haría usted sobre estos elementos?

Estamos un poco a ciegas, porque no tenemos cifras macroeconómicas actualizadas. Pero creo que esa impresión es correcta, en el sentido de que esas actividades proveen las divisas que alimentan la burbuja dolarizada, como parte del consumo. Recordemos que el Arco Minero es un proceso muy poco transparente. En definitiva, lo que está pasando allí es que el Estado terminó entregando a unos pocos, que pueden hacer esas inversiones, oportunidades de extracción de rentas. En alguna medida, esos grupos están contribuyendo a que circulen dólares en esa burbuja. La otra fuente sigue siendo la explotación petrolera, minimizada y en condiciones muy precarias como está, pero sigue generando dólares, sobre todo para el Gobierno. Otro factor son los ahorros de los propios venezolanos. Todo lo ahorrado en los años del boom sirve para fondearse en esta economía dolarizada.

¿Y las remesas?

Si bien las remesas llegaron a un punto importante en 2020, la evidencia que tenemos es que la pandemia afectó ese flujo de manera muy importante. Aproximadamente el 15 por ciento de las familias venezolanas están recibiendo divisas por esa vía, pero los mercados de trabajo a donde se fueron mayormente los venezolanos —Colombia, Perú, Ecuador— estuvieron muy afectados por la crisis de la covid-19. Seguramente, ese flujo va a aumentar en la medida en que esas economías se vayan recuperando.

¿Qué potencial tienen los factores mencionados para impulsar el crecimiento económico en Venezuela?

Yo creo que la dolarización es una realidad que llegó para quedarse. Mientras no haya posibilidad de generar estabilidad en nuestra moneda, el bolívar, la dolarización será un proceso irreversible, entre otras cosas, porque nace de decisiones racionales de la gente. No es que el venezolano dolarizó porque el dólar le parece chévere, sino porque cubre unas necesidades que el bolívar no ofrece. Pero la dolarización tiene enormes barreras para seguir avanzando. En particular, el sector público. Recordemos que el sector público consolidado —gobernaciones, alcaldías, institutos autónomos, el gobierno central, el sector militar— tiene entre 2,4 y 2,8 millones de empleados, que devengan ingresos en bolívares. Entonces, la última frontera de la dolarización venezolana es el Gobierno, entre otras cosas, porque el Gobierno no tiene la capacidad suficiente para generar divisas como para acometer sus operaciones de ingresos y gastos en dólares. El Gobierno lo sabe y por eso frena la dolarización financiera. Si bien hay muchas transacciones que operan en dólares, en Venezuela no tenemos cuentas de bancos en dólares, no hay tarjetas de créditos en dólares, ni contratos o una capacidad para llevar una contabilidad en dólares. No se pagan impuestos en dólares. Hay una serie de etapas de la dolarización que no se han dado. Sospecho que no se van a dar todavía, porque eso implicaría problemas de solvencia para el sector público.

No sé si esta situación nos podría llevar a una dualidad monetaria como la que hubo en Cuba. Desarreglo que el Gobierno cubano, recientemente, decidió corregir unificando el tipo de cambio. ¿Qué perspectiva ve usted en ese campo?

A mí me preocupa muchísimo las implicaciones que para el desarrollo está teniendo el tipo de configuración que está tomando la economía venezolana. Nuestra economía es muy pequeña, similar a la de un país centroamericano. El PIB per cápita de este año creo que puede llegar a ser igual al de Honduras. O tal vez al de El Salvador. Economías que antes veíamos como muy pequeñas o muy pobres al lado nuestro. Hoy estamos por ese lado. Además, en materia económica, estamos atravesando un proceso que yo lo llamo de «haitianización». Si hay un parecido con una economía de la región es la de Haití. A Cuba, puede ser, por el tema de la dualidad monetaria. Pero también está creando una suerte de sistema infernalmente desigual. Está creando un abismo de desigualdad entre los que tienen acceso a la burbuja dolarizada y los que no. Es verdad, la economía dolarizada está mostrando signos de recuperación y hay algo de dinamismo en la burbuja. Los sectores dolarizados, por ejemplo, ofrecen salarios que, sin ser demasiado altos, son mejores que los de hace año y medio. Pero hay gente que no tiene posibilidad alguna de insertarse en esa burbuja dolarizada. Insertarse significa que puedas vender tu fuerza de trabajo o que puedas ofrecer algo que tenga demanda en esa burbuja dolarizada. Ninguna de esas dos cosas tiene espacio como para albergar una economía que tiene 25 millones de habitantes. Allí están las limitaciones.

¿Allí están los rasgos comparativos con Haití o hay otros?

Lo digo porque Haití es un poco en lo que se está convirtiendo Venezuela. Cuando llegas a Puerto Príncipe, hay un distrito donde hay de todo. No hay ninguna diferencia entre eso y cualquier otra capital latinoamericana. Tal vez un poco más pobre, pero hay supermercados, restaurantes, hoteles bonitos, la gente ahí vive y goza la vida, pero pasas la frontera de ese distrito y el panorama que te encuentras es la pobreza más absoluta y más crítica. Y no hay nada en el medio. Por eso digo que se parece a Haití. Están los que tienen y están bien. Los que pueden o podemos sobrevivir en esa burbuja dolarizada y del otro lado, la gente que está en la más absoluta miseria. Un poco lo que es la Venezuela actual. No hay nada en el medio, se borró la clase media, desapareció del mapa. Entonces, hay gente que vive en la emergencia humanitaria compleja y otra que vive en la burbuja dolarizada.

Han transcurrido 20 años de destrucción en sectores claves —manufactura, industria petrolera, empresas de Guayana, industria de la construcción—, digamos, actividades que le imprimían dinamismo a la economía venezolana. ¿Qué posibilidades hay de que esos sectores vuelvan a contribuir con el crecimiento económico?

Lo que uno escucha en Venezuela está enmarcado en este cambio de rumbo en la política del Gobierno. Esto es, dentro del control político, la élite que nos gobierna está dispuesta a orientar la economía hacia otras bases. Alejarse del estatismo, del intervencionismo, de las expropiaciones, de los controles y fomentar esta especie de perestroika tropical, para poner de nuevo la economía a funcionar. Creo que eso puede resultar hasta cierto punto. Uno escucha que hay planes de devolver las empresas expropiadas, que hay planes de privatizar algunos servicios públicos que están en el suelo o planes para dejar que la economía funcione como lo haría en condiciones normales, con señales de mercados y precios libres. Pero quizás el Gobierno venezolano va a enfrentar un problema estructural de credibilidad. Si ése es el rumbo que se va a tomar, creo que se verán los efectos. Me imagino que, si se privatiza Movilnet, van a venir unos inversionistas y pondrán a funcionar esa empresa de una forma mucho mejor a la que vemos actualmente. Si privatizan las empresas de Guayana, algo de recuperación habrá en esas empresas.

¿Resetear la economía? Ése sí sería un gran desafío para el Gobierno del señor Maduro. 

El problema que yo veo es que hay dos riesgos inminentes, y aquí es cuando uno empieza a pensar en cómo fue la apertura a la economía de mercado de naciones que venían del poscomunismo, en particular los países de Europa Oriental y Rusia, que fueron muy distintas. En el caso de Rusia, esa apertura se dio con los grupos conectados con la élite gobernante y terminaron entregando los servicios públicos y las empresas públicas a gente relacionada con el Gobierno. Ni fue el proceso más transparente, ni les dieron a esas empresas el uso más eficiente. El otro riesgo que tenemos es que si Venezuela avanza en este sentido (la economía de mercado), el Gobierno tiene un problema serio de credibilidad, porque como no hubo cambio político, ¿la misma élite que te expropió te va a decir que ahora somos una economía abierta al mundo y queremos que inviertas? Eso pudiera generar ciertos temores y reticencias. A lo mejor logras atraer inversiones, pero quizás no sean las más productivas.

¿Usted cree que la economía venezolana se puede reactivar en medio de las sanciones?

Hubo un primer impacto que puso en serias dificultades al sector petrolero especialmente. Pero el Estado venezolano, que es objeto de estas sanciones, ha logrado crear —con ayuda de países como Irán, Rusia y Turquía— un mecanismo para evadir estas sanciones de manera cada vez más eficiente. Uno ve, al contrario de lo que se pudiera esperar, que se han ido recuperando los niveles de producción de petróleo. Pareciera que las sanciones están siendo porosas. No creo que se produzca un crecimiento significativo de la economía venezolana, porque las sanciones siguen siendo una camisa de fuerza.

Una conclusión sería que —mientras no haya cambio político— no vamos a ver en el futuro nada distinto a lo que estamos viendo. 

Sí, pero ahí entraríamos más en el tema político.

Mi intención es indagar en el hecho de que si no cambian algunas variables —políticas y económicas—, la crisis se va a convertir en algo permanente y podemos vivir así. 

Las sanciones que se aplicaron en 2017, que afectaron seriamente al sector petrolero, coinciden con el proceso de «liberalización» de la economía —eliminación de controles y una política aduanera sin restricciones—, aunque esto no es necesariamente así, porque uno no sabe cómo se toman las decisiones en el Gobierno. Pero uno pudiera pensar que esta política de «liberalización» es un subproducto de las sanciones. Esto es, obligados por las circunstancias, el gobierno decidió liberalizar la economía. Pero antes de las sanciones, Venezuela tenía una situación mucho peor a la que tenemos actualmente. Recordemos la profundidad de la crisis en el consumo entre 2016 y 2017. En rigor, la crisis humanitaria que estamos viviendo se gestó entre 2015, 2016 y 2017, cuando no había sanciones. Cuando ves la serie de importaciones de alimentos y medicinas, básicamente colapsaron en esos años. Y lo que uno observa es que el consumo de estos rubros ha aumentado en Venezuela. Ése es un hecho comprobable desde el punto de vista empírico, cuando ves las cifras de lo que ha sucedido. Sorprende saber estos resultados. Pareciera que el efecto de las sanciones fue la «liberación» de un sistema que estaba asfixiado, pero nos estamos moviendo al campo de las suposiciones. Lo que no hay son garantías de que si se levantan las sanciones, el gobierno no vuelva a hacer lo que hacía antes. La conveniencia o no de las sanciones forma parte de un debate que se está dando en Venezuela.

¿Qué avizora usted para la economía venezolana en el corto plazo?

Comenzando por el principio: el tamaño de la economía venezolana se redujo a la de un pequeño país centroamericano. Los analistas más optimistas señalan un crecimiento del 4 por ciento para este año. Bueno, la economía cayó en los últimos cinco años casi 80 por ciento. Si se recupera 4 por ciento, quedamos 76 por ciento por debajo de lo que éramos antes de que se produjera el colapso. Ese crecimiento a corto plazo no nos va a salvar, tampoco nos va a retornar a una senda que nos lleve a lo que una vez fuimos. Hay un dato que quiero resaltar. La cantidad de venezolanos que trabajaban en el sector manufacturero llegó a ser el 18 por ciento de la fuerza laboral —empleos sólidos y bien remunerados—, hoy en día eso es menos del 1,5 por ciento del empleo. Ésa es la medida de lo que se ha perdido en el tejido industrial.

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*Economista por la Universidad Central de Venezuela. Maestría en Administración Pública y Desarrollo Económico Internacional (Universidad de Harvard). Fue Economista del Banco Central de Venezuela. Economista Senior del Banco Interamericano de Desarrollo en Washington, La Paz, Lima y Santo Domingo. En 2016 regresó a Venezuela, donde es Economista Jefe de la firma consultora especializada Anova Policy Research. Profesor de la UCAB.

 

 

 

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