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PALESTRA / Juan José Monsant: La nada como espectáculo

 

JUan-Pen

         Quizá fue un chip incrustado en la suela del zapato, o diluido en un fuerte café ingerido en el bar del hotel donde Sean Penn se hospedó nomás llegar a México, lo que hizo que el servicio secreto de la Marina mexicana, lograra finalmente ubicar el escondite del “Chapo Guzmán”. Meses de seguimiento a este actor norteamericano identificado con las causas más antisistema del planeta, comenzando con la de su fallecido amigo hugo chávez, sumadas a las escuchas telefónicas de las conversaciones que la actriz Kate del Castillo sostenía con “El Chapo”, donde no le ocultaba su simpatía y hasta se permitía un cierto coqueteo, lo que hizo de ellos un objetivo de seguimiento del gobierno mexicano y, posiblemente de la DEA, ese organismo que hace temblar a los jerarcas del gobierno venezolano, cada vez que se “filtra” una investigación.

         Ante todo, habría que preguntarse si vale la pena poseer tal poder armado, unido a decenas de millones de dólares, para vivir como una alimaña entre escombros, escondido, sin poder disfrutar libremente de la luz solar en cualquier parte del mundo al lado de una mujer, sus hijos o amigos; o en soledad, con un libro, aunque cuando uno está con un libro no está solo. Pero las respuestas serían de tal profundidad psicológica, antropológica, económica y socioculturales, que estarían fuera del alcance de mi capacidad cognoscitiva, formado más en la simplicidad del bien y el mal.

         Lo que nos mueve a reflexión, es lo que Vargas Llosa tituló la “Sociedad del espectáculo” que, a la par de su contenido, el título mismo es un libro. Sucede igual que con Adriano González León y “País portátil”, que el título de su libro hoy cobra mayor significación en la desgarrada Venezuela. Si solo hubieren escrito esas líneas, en mancheta, ya se hubieran sustantivado; no habría necesidad de explicar nada, como si fuera la palabra océano, territorio, genocidio, franciscano, budista o, terrorista.

         El hecho es que tanto Penn como del Castillo sucumbieron a la tentación de ejercer el periodismo, pero no son periodistas; son actores viven del espectáculo, lo que conlleva una sicología muy especial: el ego como instrumento laboral, la necesidad de estar constantemente en primera página, porque en el mundo del espectáculo se traduce en fama y la fama en dinero y el dinero en poder. Cualquier profesional del periodismo, de las letras en general, por ejemplo Alvaro Cruz, Carlos Dada, Anderson Cooper, Nacho Castillo, Arturo Pérez-Reverte o Patricia Janiot se le presenta la oportunidad de entrevistar, sin condiciones, al Chapo, al mismísimo Abu Bakr al-Baghdadi, jefe del Califato Islámico o a la reina Leticia de España, estoy seguro que lo harían, y deberían hacerlo, porque su objetivo es informar, dar a conocer, investigar, hacer pedagogía, pero no comercializar los derechos de autor por un eventual filme, libro o telenovela a dirigir o actuar. Su intención no sería banalizar los hechos, despojándolos de su significado y trascendencia; mucho menos, rendir apología al delito, relativizando el mal, transformando un delincuente en un héroe popular.

     No creo que Sean Penn sea Ryszard Kapuscinski ni Kate del Castillo sea Oriana Fallaci. No sé si Penn y del Castillo han cometido delito alguno en su ruta por entrevistar a un señalado asesino y narcotraficante mexicano (por cierto deja mucho que desear la entrevista). Pero es obvio que las efímeras luces de neón, la frivolidad y la relatividad moral privó sobre la realidad, la ética y el Bien Común de la sociedad.

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