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Paul Auster y el zumbido de Nueva York

Decía que había ido a la ciudad por la desolación. Sabía que en cada rostro ignorado habitaba una historia

 

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Si el zumbido de Nueva York está en algún lugar más allá de sus calles, es en la prosa de Paul Auster. El repiqueteo de su máquina de escribir -esa Olympia en la que pasaba a limpio las páginas escritas a pluma- debía de sonar con el mismo latido que la ciudad que llegó a poseer sin haber nacido en ella. Como Ginsberg, como Roth, Paul Auster vino al mundo al otro lado del río Hudson, en el estado vecino que mira a Manhattan con recelo de espejismo. Desde Nueva Jersey, Nueva York parece un monstruo mitológico que espera tumbado para devorarte, para recordarte que su misterio no se puede poseer. Excepto si eres Paul Auster y consigues descifrar el sentido de su vibración primordial.

Cuando le leí por primera vez, sospeché que sus novelas eran como un mapa y me prometí que lo seguiría calle por calle al viajar, por fin, a la ciudad. Deseaba ver la Séptima Avenida descomponiéndose en Varick Street. Perderme en todos los Village. Buscar al autor que tanto admiraba en Park Slope. Tardé un tiempo en comprender que lo que Auster ofrece no es un callejero, es algo más prodigioso y más inalcanzable: el alma de la ciudad. Su Nueva York no está hecha de acero y asfalto, sino de los pasos infinitos de quienes aspiran a vivir allí un día más.

Decía Auster que había ido a Nueva York por la desolación. Sólo había que abrir los ojos para ver a la gente destrozada, las cosas destrozadas, hasta los pensamientos destrozados. Ningún lugar como la ciudad del millón de caras, donde todo el mundo es anónimo por acumulación, para escribir sobre la fragilidad de la identidad. Sabía Auster que en cada rostro ignorado habitaba una historia. Y la buscaba en los ojos entrecerrados del viajero mecido por el traqueteo del metro a última hora, en los hombros derrumbados del policía que termina el turno, en el taconeo amenazante de los que apuestan por triunfar, en la obstinación de los barrenderos que jamás ganarán su cruzada contra las ratas, en el arrastrar de una maleta del que se marcha arrastrando también su ilusión. Nueva York era una máquina de triturar almas y descomponer vidas, la santa capital de lo despiadado. Y, sin embargo, necesitaba un escritor que supiera encontrar en su afilada cuadrícula un resquicio de piedad. Un mago que diera vida a esos seres en movimiento continuo en el laberinto simétrico de este comecocos colosal.

Son esas moléculas humanas, náufragos en sus islas desiertas unipersonales, los que habitan sus primeras novelas. Nueva York se convertía en alegoría de uno de los asuntos que más le interesaron, la soledad sin posibilidad de antídoto. Con ellos Auster apostó por uno de sus juegos favoritos: la infinidad de posibilidades por las que podemos deambular. Se fijaba en uno de esos huérfanos mentales y le colocaba un «qué pasaría si…» Porque así también es Nueva York, un lugar donde todo es posible. El único sitio del mundo donde todo te puede pasar sin que tengas a nadie a quien contárselo. Es el epicentro de lo que pudo ser y lo que nunca será, de lo que se pierde incluso antes de conseguirlo, de lo que se sueña sin atreverse a ser dicho y lo que se dice susurrando por el puro deseo de soñar. Todo eso lo aprendimos leyendo al Auster de ‘Ciudad de cristal’, esa novela que fue rechazada por hasta diecisiete editores neoyorquinos, quizá porque retrataba demasiado bien el insoportable estruendo de la ciudad. Tuvo que ser una editorial de Los Ángeles la que se atrevió a poner en papel el Nueva York de Auster. El Nueva York más real.

No es casual que Auster dijera que la unidad fundamental de su escritura era el párrafo. Bloques compactos y bien trazados como las manzanas de Nueva York. Unas veces son como rascacielos que se elevan sobre nuestras cabezas lectoras; otras, parecen esas casas de ladrillo rojo con escaleras de incendios en las que manda la tradición. Y así, palabra a palabra, iba construyendo una obra que se reinventaba como se reinventa cada día Nueva York. La ciudad vive en una metamorfosis permanente: apuntalada por andamios que anuncian el acta de defunción de algún edificio, asaeteada por nuevos rascacielos, resucitada en sus jardines comunitarios y en sus librerías centenarias. Nueva York es siempre otra y siempre la misma. Como la prosa de Auster. Le acusaron de repetirse cuando en realidad siempre buscaba un camino nuevo para obsesiones antiguas. Y entre libro y libro, logró que sus lectores nos obsesionáramos con Nueva York.

Decía que nunca se consideraría un escritor de Nueva York porque sus novelas no trataban sobre la vida en la ciudad. Y tenía razón. Nueva York no era un escenario. Ni siquiera, aunque pudiera parecerlo, era un personaje más. Nueva York era el latido y la esencia, la metáfora de lo que le intrigaba, el monstruo y la inspiración. No sospechaba el muchacho de Newark cuando miraba desde el otro lado del Hudson el perfil de la única ciudad verdadera, que un día podría decir parafraseando a Flaubert: «Madame Nueva York soy yo».

 

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