Ética y MoralPolítica

Pedro Sánchez ha vuelto idiotas a mis amigos

«No hay nada progresista en debilitar el Estado de derecho por fines egoístas. De hecho, sobran los argumentos para calificar sus hazañas como reaccionarias»

Pedro Sánchez ha vuelto idiotas a mis amigos

Ilustración de Alejandra Svriz.

Estoy dispuesto a perdonar a un político que roba, pero me cuesta perdonar a uno que me ha distanciado de mis amigos. Las personas no se distancian cuando discuten, sino cuando pierden la capacidad de discutir, y esto ocurre cuando habitan realidades paralelas. Muchos amigos que fueron socialistas —y creen que asentir ante cada volantazo de Pedro Sánchez es seguir siéndolo— se han precipitado por el túnel del sanchismo hasta un universo donde no rige la lógica. Ni el principio de no contradicción, ni el principio de identidad, ni el principio del tercero excluido. El mayor acto de prevaricación del sanchismo es a costa de leyes clásicas de la lógica Occidental.

En este rincón hemos insistido en que el problema del sanchismo no es ideológico. O, si prefieren, es pre-ideológico. Entiendo el afán de su corte de clasificar sus actos como hitos de la izquierda y de tachar a sus críticos de furibundos derechistas. Pero la realidad es que no hay nada progresista en debilitar el Estado de derecho por fines egoístas. De hecho, sobran los argumentos para calificar sus hazañas como reaccionarias. Pero me atrevo a decir, sin más datos que mi exigua experiencia personal, que lo que convierte a Sánchez en un político tan divisivo no son sus hazañas, sino sus traiciones. Tras ellas ha arrastrado a sus más cándidos fieles hasta el absurdo, aislándoles en un argumentario incongruente. Y los pobres se quedarán solos, porque se puede convivir con quien piensa distinto, pero es imposible convivir con quien tiene un pensamiento arbitrario (en este caso, al arbitrio de Pedro Sánchez).

«Sánchez ha inventado un modelo de polarización cuya causa principal no es la rigidez, sino la liquidez»

Quizá a ustedes les haya ocurrido lo mismo: Pedro Sánchez ha vuelto idiotas a muchos de mis amigos, de los que irremediablemente me he distanciado. Esta fractura personal, provocada por la demencia sobrevenida por la exigencia de creer una cosa y su contraria, será difícil de arreglar. La discrepancias políticas pueden debatirse, las discrepancias epistémicas, no. 

Uno creía ingenuamente que la peor polarización se daba cuando dos guarniciones ideológicamente rígidas se enfrentaban sin concesiones. Pero me equivocaba. Sánchez ha inventado un modelo de polarización cuya causa principal no es la rigidez, sino la liquidez. Esta vez lo que me ha distanciado de mis amigos no es su tozudez, sino su maleabilidad. No se puede conversar con quien traiciona las leyes de la lógica, como no se puede navegar con quien desdeña las reglas de la física. Cuando mis amigos se volvieron idiotas, es decir, cuando entre nosotros no mediaba la discrepancia sino la disonancia cognitiva, la comunicación se hizo imposible. Y llegan la frustración y la distancia, y nuevo reproche a Pedro Sánchez: abocar a mis amigos a desmantelar su sentido común.

 

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