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¿Por qué Trump ha multiplicado el riesgo de fracasar al ir a por todas contra Irán?

En su 'hibris', el presidente olvida que la catastrófica historia de las intervenciones de Washington en Oriente Próximo demuestra que quienes lanzan ataques militares rara vez pueden controlar sus resultados

Donald Trump, en una grabación en la que explica el ataque.

              Donald Trump, en una grabación en la que explica el ataque. (AFP)

 

En torno a la Acrópolis de Atenas, la ciudadela más decisiva para la cultura occidental junto al Monte del Templo en Jerusalén, hace mucho tiempo que los clásicos griegos acuñaron la palabra ‘hibris’ como sinónimo de arrogancia, soberbia o desmesura. Apalancada en la premeditación y en el complejo de superioridad, la ‘hýbris’ suponía desafiar los límites divinamente fijados a la acción humana dentro de un cosmos ordenado. Toda una furiosa y violenta transgresión que siglo tras siglo ha combinado el desprecio temerario a los demás y la falta de control propio.

La ‘hibris’, que difumina el sentido de la proporción a base de expectativas muy poco realistas, es lo que une en su declinación actual el destino del presidente Donald Trump con el del primer ministro Benjamin Netanyahu. Hasta el punto de que los líderes de Estados Unidos e Israel –además de compartir una conveniente obsesión por situarse por encima de la ley– están convencidos de que todo lo que les ha salido bien hasta ahora, les va a seguir saliendo bien. El problema es que el éxito geopolítico, como la emulsión del bacalao al pil pil, nunca está garantizado.

En la ofensiva en curso contra Irán, Israel y Estados Unidos van literal y metafóricamente a por todas. No hay medias tintas. No se trata de darles un buen susto a los ayatolás para conseguir un mejor acuerdo. La Administración Trump busca cambiar el régimen de Teherán y terminar con los tres pilares de la amenaza planteada desde hace mucho tiempo por los ayatolás: las milicias interpuestas del muy debilitado arco de la resistencia, su programa nuclear y su arsenal de misiles, tan ingente como sofisticado.

En la práctica, todos estos ambiciosos objetivos han sido siempre inalcanzables sin una previa rendición incondicional de Irán. Y, de ahí, la perspectiva de una confrontación prolongada para conseguir ese total descalabro militar que desde la ofensiva terrorista de Hamás en octubre de 2023, Israel y Estados Unidos no han logrado. Al buscar una definitiva solución bélica con Irán, Trump no solamente ha asumido una aproximación mucho más temeraria, sino que ha demostrado que todos los esfuerzos durante las últimas semanas para alcanzar una solución negociada con Irán no han sido más que una dilación de diplomacia muy ‘fake’ como preludio de una guerra muy real.

La historia no se repite, pero en algunos momentos rima bastante. En la dinámica de gradual intervencionismo a escala global de la Guerra Fría, Estados Unidos empezó a cosechar muy pronto a cosechar éxitos, empezando irónicamente con Irán y el derrocamiento en 1953 del primer ministro Mohammad Mossadegh, tras haber nacionalizado dos años antes el petróleo. Estas sucesivas operaciones con limitados costes negativos, como el golpe en Guatemala contra el presidente Jacobo Árbenz en 1953, terminaron estampándose con el estrepitoso fracaso de la invasión de Cuba en 1961.

En el camino hacia esta confrontación con Irán sin resultados garantizados, el propio jefe del Estado Mayor Conjunto, general Dan Caine, ha estado advirtiendo a quien ha querido escucharle en la Administración Trump que una campaña militar de este tipo conlleva riesgos significativos. En particular, destaca la posibilidad de implicar a Estados Unidos en un conflicto prolongado y sangriento para el que el Pentágono carece de suficientes municiones y aliados dispuestos a luchar codo con codo contra la teocracia iraní.

Trump, que llegó al cargo prometiendo poner fin a las guerras eternas de Estados Unidos, está haciendo la mayor apuesta de su presidencia

Trump, que llegó al cargo prometiendo poner fin a las guerras eternas de Estados Unidos, está haciendo la mayor apuesta de su presidencia. Cuenta con que la república islámica se encuentra en su momento más débil y vulnerable desde la guerra con Irak en la década de los ochenta. Pero, al igual que ocurrió con la invasión de Irak en 2003, el Gobierno de Estados Unidos se ha embarcado en una campaña de cambio de régimen en toda regla pero sin una planificación seria del día después. El colapso del régimen de los ayatolás podría considerarse como un buen resultado para Israel, pero a un coste devastador para el propio pueblo iraní, al igual que ya ocurrió tras el derrocamiento de Sadam Husein.

Sin aportar pruebas, definir objetivos o solicitar respaldo parlamentario, Donald Trump ha vuelto a recuperar el relato pos-11S de luchar contra todo lo que odiamos y a favor de todo lo que amamos, que entre otras cosas le abrió a él las puertas de la Casa Blanca. La poco habitual discreción de Trump en el pulso contra Irán contrasta, por ejemplo, con toda la batalla sin cuartel para justificar la catastrófica invasión de Irak en 2003, cumbre de las Azores incluida. Y, aunque es cierto que Bush hijo utilizó argumentos falsos para acabar con el régimen de Sadam Husein, llama mucho la atención que esta vez Trump no se esté molestando ni en mentir.

En su ‘hibris’, el presidente Trump está olvidando que la catastrófica historia de las intervenciones de Washington en Oriente Próximo demuestra que quienes lanzan ataques militares rara vez pueden controlar sus resultados.

 

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