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Rafael Gumucio: La doble moral de los libros

SANTIAGO — A padres y profesores nos cuesta siempre explicar la ventaja moral de preferir la lectura de libros ante la oferta infinita de juegos en internet y las redes sociales. No es difícil explicar por qué leer libros, que ya no son el depositario de la información que fluye en Wikipedia mejor que en cualquier añosa biblioteca, es una actividad no solo útil, sino moralmente provechosa, algo que te hará mejor persona. En mi caso, sé que algunas novelas, películas y obras de teatro me han ayudado a comprender mejor el mundo y las personas. Pero lo cierto es que también esos libros, esas películas y esas obras de teatro me han obligado a hacerme y hacer preguntas incómodas que no me han facilitado precisamente la vida con mis congéneres.

Leer la vida de otros que no han existido me ha dado un mejor entendimiento del mundo en el que vivo, pero también me ha hecho esperar de este mundo gestos, luces y sombras que no llegarán. La lectura ha sido una fuente de sabiduría, pero también de desilusión, las dos en una dimensión que me habría ahorrado de no leer o de solo leer información técnica y necesaria para mi sobrevivencia.

Lo que las novelas entregan no son modelos de buen vivir, sino el ejercicio de la imaginación moral; esto es, la capacidad de pensar qué haríamos y qué no haríamos en situaciones extremas. Esta imaginación moral no está, sin embargo, libre de los riesgos que desde Platón a Jean-Jacques Rousseau denunciaban, pasando por la mayor parte de los padres de la Iglesia y casi todos los movimientos de reforma o justicia social que elaboran un índice de libros prohibidos en el que nunca faltan las novelas.

Todos quienes han querido mejorar a los seres humanos y sus condiciones se espantan de que al leer podamos sentir también simpatía por el canalla y reírnos de seres virtuosos. Su alarma no tiene sentido: entre los mejores lectores hay no pocos cínicos, que de tanto comprender a los demás terminan por saber que hay poco o nada que esperar de ellos.

En fechas tan tempranas como 1774 se le reprochó —no sin razón— a Goethe que provocara una ola de suicidios con Las penas del joven Werther. Libros como Lolita de Vladimir Nabokov y Las aventuras dHuckleberry Finn de Mark Twain han sido objeto de polémica y discusión entre los movimientos de defensa de los derechos civiles, que piensan que estas ficciones perpetúan formas de ver y comprender el mundo que deberían superarse: un abusador de menores es el héroe de la novela de Nabokov y en la obra de Mark Twain se habla de la esclavitud con el vocabulario y la normalidad con la que se hablaba en su época.

Cualquiera que haya frecuentado el mundo de los escritores, los críticos o los profesores de literatura sabe que la empatía no es moneda corriente. Leer vidas ajenas o vidas imaginarias obliga a ensanchar una imaginación moral que se parece a la empatía pero no lo es del todo. La empatía obliga a actuar; en cambio, la imaginación moral puede permitirnos la distancia —la de la página del libro— que no nos deja olvidar que tenemos entre las manos un texto que podemos abrir y cerrar cuando queramos, que es justamente lo que no podemos hacer en nuestras vidas. Separarnos del ruido de la casa, consolarse por no haber sido invitado a alguna fiesta, encerrarnos lejos de la gente que nos asusta y hiere con su pura existencia. ¿No es esa la razón por la que la mayor parte de los lectores empedernidos nos encerramos a hacerlo?

Tampoco muchos escritores, en sus vidas ni en sus obras, pueden ser ejemplos morales. Ni Jorge Luis Borges, Louis-Ferdinand Céline, Jean Genet ni Fiódor Dostoyevski, quienes ejercieron el arte de la ficción mejor que nadie, pueden serlo. Sus libros son cualquier cosa menos un manual para hacer el bien: están llenos de villanos que consiguen lo que quieren, de hombres y mujeres buenos que son derrotados y de personajes mixtos —ni santos ni demonios— que pueden hacer el bien pensando que están haciendo el mal y viceversa. Esos personajes complejos y ambiguos, y sus destinos, nos obligan al ejercicio de una imaginación moral que es justamente lo que la lectura y solo la lectura de ficción pueden proveer.

El Quijote, por ejemplo, es apaleado, burlado y estafado sin piedad. Y no hay señal de que Miguel de Cervantes no considere que su héroe no merezca todos esos maltratos. ¿Los merece? ¿El Quijote es un loco ridículo que no sabe lo que hace o es un soñador que elige el mundo en que quiere vivir? Distintos lectores en diferentes siglos pueden responder de cualquier manera sin equivocarse. Esta prueba vale para la mayor parte de las ficciones más importantes de nuestra cultura.

La novela no nos enseña cómo actuar mejor, sino cómo pensar mejor. Una cosa debería llevar a la otra, idealmente, pero la mayor parte de las buenas novelas nos cuentan que el camino entre el pensamiento y la acción está lleno de barrancos, puentes podridos, laberintos de arbustos y muchos falsos atajos. Son esos laberintos inesperados los que hacen que leer novelas sea un peligro, digo “un peligro” porque se trata de una aventura. Es quizás la única forma de atraer hacia ella a los niños y adolescentes que todavía no las prueban: convencerlos de que leer es una adicción que, como cualquiera, no los volverá más buenos sino más vivos. Quizás si en vez de recomendar libros los traficáramos a oscuras, tendríamos más éxito en fomentar la lectura que presentarla como un remedio a los males de nuestra sociedad.

En Fahrenheit 451, Ray Bradbury imaginó un mundo en el que leer estaba prohibido. Al final de su distopía, nos mostraba al lector ideal: el que memoriza el libro que ama y se convierte en él para que su contenido se perpetúe más allá de sus páginas inflamables. La magia de los libros reside en la posibilidad que tenemos de ser el libro que leemos y que el libro que leemos se haga parte de nosotros.

Los que combaten los libros en la novela de Bradbury se hacen llamar a sí mismos “bomberos” y es una buena imagen de lo que significa leer. La literatura es una hoguera que se aloja en la cabeza de cada lector: ilumina otras vidas que entendemos mejor y nos calienta frente al frío de la indiferencia, pero no deja de producir incendios que queman convicciones, amistades, modos de ver el mundo.

Debemos recordar que en los mejores libros no siempre castigan a las malas personas ni siempre triunfan las buenas. Si convertimos a la lectura en un muestrario de conductas morales apropiadas y no aceptamos su doble filo, corremos el riesgo de olvidar su poder y su sentido.

 

 

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