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Rafael Rojas: Marina Tsvietáieva y el espejo de la Revolución (+ selección de poemas)

 

Esta nota de Rafael Rojas fue publicada en americanuestra.com en octubre de 2016. Las recientes notas sobre poesía de Ricardo Bada y Samuel Whelpley nos motivaron a compartirla de nuevo con ustedes.

 

Los Diarios de la Revolución de 1917 de Marina Tsvietáieva, rescatados el año pasado por Acantilado, en traducción de Selma Ancira, debieran ser lectura de quienes muestran algún interés genuino en entender qué es una Revolución. Es una lástima que el libro aparezca sin un buen prólogo que ayude al lector a orientarse en la terrible biografía de Tsvietáieva o en la historia de sus diarios, pero algunas notas aparecidas en periódicos españoles, como  El País o El Mundo, ofrecen la información básica.

Tsvietáieva era una poeta de familia acomodada, aunque no aristocrática —su padre era profesor de Bellas Artes y director del Museo Pushkin de Moscú—, que se formó en internados de Friburgo y Lausana, tras quedar huérfana de su madre, pianista. En 1912, como en una novela de Tolstoi, se casó con un oficial del ejército, con el que tuvo tres hijos. Su esposo Sergei Efrón se enroló en el Ejército Blanco tras la Revolución de Octubre, pero a ella le sorprendió el evento viajando en tren entre Crimea y Moscú, con el fin de reunirse con sus hijos y sobrevivir, hasta que pudiera exiliarse.

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La poeta es una espectadora y una potencial víctima de la Revolución, no una revolucionaria, pero intenta comprender y asimilarse al fenómeno. Pide trabajo a un vecino bolchevique, que la recomienda en el Comisariado para Asuntos de las Nacionalidades, instalado en el palacio del conde Sologub, que inspiró a Tolstoi en Guerra y paz para narrar la casa de los Rostov. La metamorfosis del palacio en institución obrera es uno de los primeros indicios de la Revolución en la mente de la poeta.

La Revolución es ese vuelco social, esa brusca mutación. En los trenes, Tsvietáieva hace contacto con jóvenes bolcheviques que le reprochan que fume o que lea novelas, que vista bien o se mueva entre una casa en Moscú y una dacha en Koktebel. Pero también encuentra partidarios del comunismo que defienden la igualdad de la mujer y que sienten curiosidad por esa joven escritora, que ha visitado París y habla varias lenguas.

El Comisariado para Asuntos de las Nacionalidades le parece la Babel de un nuevo fanatismo. Estonios, lituanos, finlandeses, moldavos, musulmanes, judíos… se integran en el aprendizaje de una nueva lengua marxista y soviética. La poeta abomina del revoltijo cultural de aquel imperio espurio, desde un nacionalismo ruso que, como en otros intelectuales de su generación, no oculta el antisemitismo o la islamofobia.

Para el otoño de 1918, la Revolución se ha consumado, es un asunto del pasado. La palabra desaparece de los Diarios, lo que ilustra una vez más el poco espesor semántico del concepto en la revolución más radical que ha conocido la historia, si se compara con otras, como la francesa, la mexicana o la cubana, que suscitaron todo un fetichismo retórico en torno a la palabra. Lo que ha sucedido es una caída en “tierra firme”, que le hace entender por qué en tiempos de la monarquía de los Románov se hablaba de “firmeza celestial”.

Es entonces que Marina Tsvietáieva alcanza una premonición de su exilio y su suicidio con la muerte del amigo Alexei Stajóvich. El viejo orden se ha trastocado de manera irremediable y ella lo constata una tarde en el restaurante Praga de la calle Arbat, de Moscú. Donde antes había un busto de Napoleón —un joven bolchevique le había dicho, en el vagón de un tren, que la francesa era una revolución “vieja” y “deteriorada”— ahora hay otro con la “jeta intimidatoria de Trotski”. Y recuerda que en febrero de 1917, su nana le regaló un espejito con el rostro de Kerenski, cuando la poeta prefería un “espejo verdadero, entero, sin Dictador”.

Rafael Rojas es autor de más de quince libros sobre historia intelectual y política de América Latina, México y Cuba. Recibió el Premio Matías Romero por su libro “Cuba Mexicana. Historia de una Anexión Imposible” (2001) y el Anagrama de Ensayo por “Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano” (2006) y el Isabel de Polanco por “Las repúblicas de aire. Utopía y desencanto en la Revolución de Hispanoamérica” (2009).


Estimado Lector: Aprovechamos esta nota de Rafael Rojas para acompañarla con una breve selección de la poesía de Marina Tsvietáieva (a quien admiramos hace muchos años), para gozo y disfrute general…

Marcos Villasmil – América 2.1


 

Bendigo la labor nuestra de cada día…

Bendigo la labor nuestra de cada día,
bendigo el sueño nuestro de cada noche,
el divino juicio y la caridad divina,
la ley benévola y la ley de bronce,

mi empolvada púrpura, de harapos cubierta…,
mi empolvado bastón, de los rayos hogar,
y asimismo, Señor, bendigo el pan
en horno ajeno y la paz en casa ajena.

21 de mayo de 1918

Tentativa de celos

¿Cómo te va la vida con otra?
Más fácil, ¿verdad? Golpe de remo.
¿Cuándo -¿pronto?- por un puente seguro
se alejó de ti el recuerdo
de mí, una isla que flota?
(En el cielo, no en el agua.)
Almas. No amantes,
sino hermanas son nuestras almas.
¿Cómo te va junto a una simple
mujer sin divinidad alguna?
Tras haber derrocado a tu reina
(tu mismo privado del trono)
¿Cómo vives? ¿te preocupas?
¿te enfadas? ¿Cómo estás al levantarte?
Con ésa que te ha atado al cuello
su tributo inmortal el tedio, ¿cómo te va,
pobrecito mío? “-Estoy harto de convulsiones,
de dolor: voy a agenciarme un hogar.”
¿Cómo te va con cualquiera,
a ti, que fuiste elegido por mí?
¿Es la comida más comestible?
Y si te cansa, mala suerte.
¿Cómo puedes vivir con un idolillo,
tu, digno antes del Sinai?
¿Cómo vives con ésa, tan distinta a nosotros?
¿Una extranjera, costilla de tu pecho?
¿la vergüenza, ese azote de Zeus,
aún no te ha herido la frente?
¿Cómo te va la vida? ¿Estás sano? Y las musas,
¿Te llaman aún a veces? Y la dicha,
¿Se hace ver? ¿Alguna vez? ¿Y esa llaga
inmortal -la conciencia- qué, mi pobre?
¿Cómo vives con un producto
del mercado? ¿Pesa mucho?
Tras el mármol de Carrara,
¿Cómo te va con una prótesis de yeso?
Del mismo bloque tallamos a Dios,
para romperlo acto seguido
¿Va bien una cienmilésima,
para ti, que conociste a Lilit?
¿Estas ya harto de esas mercadería
novedosa? Cansado de mi magia,
¿Cómo te va con una mujer terrestre
que carece de sextos
sentidos?
Venga, con franqueza, ¿sois felices?
¿No? ¿Cómo se vive en un abismo sin profundidad,
amor mío? Cuesta, ¿verdad?
¿Te cuesta tanto como a mí con otro?

19 de noviembre de 1924

 

Mis versos, escritos tan temprano…

Mis versos, escritos tan temprano
que no sabía aún que era poeta,
inquietos como gotas de una fuente,
como chispas de un cometa,

lanzados como ágiles diablillos al asalto
del santuario donde todo es sueño e incienso,
mis versos de juventud y de muerte
-¡mis versos, que nadie lee!-,

en el polvo de los estantes dispersos
-¡que ninguna mano toca!-,
como vinos preciosos, mis versos
también tendrán su hora.

A  Ajmatova

¡Oh musa del llanto, la más bella de las musas!
Oh loca criatura del infierno y de la noche blanca.
Tú envías sobre Rusia tus sombrías tormentas
Y tu puro lamento nos traspasa como flecha.

Nos empujamos y un sordo ah
De mil bocas te jura fidelidad, Anna
Ajmátova. Tu nombre, hondo suspiro,
Cae en es hondo abismo que carece de nombre.

Pisar la tierra misma que tú pisas, bajo tu mismo cielo;
Llevamos una corona.
Y aquél a que a muerte hieres a tu paso
Yace inmortal en su lecho de muerte.

Sobre esta ciudad que canta brillan cúpulas,
Y el vagabundo ciego canta loas al Señor…
Y yo, yo te ofrezco mi ciudad con sus campanas,
Ajmátova, y con ella te doy mi corazón.

A Rainier Maria Rilke

Rainer, quiero encontrarme contigo,
quiero dormir junto a ti, adormecerme y dormir.
Simplemente dormir. Y nada más.
No, algo más: hundir la cabeza en tu hombro izquierdo
y abandonar mi mano sobre tu hombro izquierdo, y nada más.
No, algo más: aún en el sueño más profundo, saber que eres tú.
Y más aún: oír el sonido de tu corazón. Y besarlo.

 

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