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Raymond Chandler: «A mis mejores amigos no los he visto nunca» (I)

Al pana Ricardo Bada, «Chandlerólogo» donde los haya.

 

Revisando mi biblioteca recientemente, oteé una selección de la correspondencia y de ensayos de Raymond Chandler. Chandler («El poeta laureado de los lobos solitarios», según la revista Time),  constituye una parte esencial de las lecturas de mis años mozos y, amante como he sido siempre del género policial, forma parte de un All-Star Team personal que incluye, en materia de novela y cuento policiales, detectivescos (en sus diversas «escuelas»), a Edgar Allan Poe, Wilkie Collins, Dashiell Hammett,  G. K. Chesterton, John Dickson Carr, James Cain, Agatha Christie, Arthur Conan Doyle, Michael Innes, James Hadley Chase, Patricia Highsmith, Dorothy L. Sayers, Ross McDonald, Edmund Crispin, Margery Allingham, Mickey Spillane, la neozelandesa Ngaio Marsh, Margaret Millar, Vera Caspary (autora de «Laura»), Elmore Leonard, Sue Grafton, Ruth Rendell, Erle Stanley Gardner (creador de «Perry Mason»), Georgette Heyer, la sueca Maria Lang, el irlandés Freeman Wills Crofts (y su inspector de Scotland Yard John French), y la escocesa Josephine Tey, cuya novela «The daughter of time» (La hija del tiempo, 1951), fue escogida en 1990 por la British Crime Writers’ Association como la mejor novela de misterio de la historia. Yo no la colocaría tan alto, pero ciertamente es muy recomendable. ¿Su tema? la investigación, por parte del inspector de Scotland Yard Alan Grant, de si en verdad Ricardo III fue el culpable de la muerte de sus sobrinos, asesinados en la Torre de Londres. ¡Un auténtico «tour de force»!

Entre los que están vivos y coleando, aprovecho para recomendar a la gringo-irlandesa Tana French (no la coloco de primera por azar; el diario The Independent la ha llamado, con toda justicia, «the First Lady of Irish Crime»), Lawrence Block, Dennis Lehane ( y sus detectives bostonianos Patrick Kenzie y Angie Gennaro, aparte de otras novelas exitosamente llevadas al cine, como la muy premiada «Mystic River«), la escocesa Val McDermid (creadora de la exitosa  serie británica de Tv «Wire in the Blood«), Gillian Flynn («Gone Girl», «Sharp Objects», etc.), Thomas Perry (en especial las novelas protagonizadas por la  nativa-americana Jane Whitefield), Andrea Camilleri (y su detective siciliano Salvo Montalbano), Donna Leon (con Venecia como escenario del detective Guido Brunetti), Patricia Cornwell, Ian Rankin (y su inspector de Edimburgo John Rebus), Tess Gerritsen, la sueca Helene Tursten (con la detective de Gotemburgo Irene Huss), y la finlandesa Leena Lehtolainen (creadora de la joven detective de policía Maria Kallio).

Nótese que en estos territorios las damas siempre han estado al menos a la par de sus colegas masculinos.

Pero vayamos al asunto que nos convoca.

RAYMOND CHANDLER: «A mis mejores amigos no los he visto nunca». Cartas y ensayos selectos. Debolsillo, Barcelona, 2013.

Leemos en la contratapa:

«A mis mejores amigos no los he visto nunca recoge una amplísima selección de la correspondencia y la obra periodística de Raymond Chandler, y constituye como tal un volumen inédito. Aquí se desvelan sus reflexiones literarias, que se caracterizan por un gran sentido del humor, los secretos de su personalidad siempre al borde del abismo, su intuición artística, su curiosidad intelectual y su tormentosa relación con Hollywood. La primera parte del libro es una antología de sus cartas a amigos, editores, agentes y colegas que se lee como una fascinante biografía. La segunda parte consiste en una decena de artículos escritos para la prensa -varios nunca antes traducidos- , que retratan su cambiante visión del mundo a lo largo de los años».

Reseña:
«La obra de Chandler me parece tan imprescindible literariamente como pueda serlo la de Hemingway o Scott Fitzgerald».

Manuel Vázquez Montalbán


QUEREMOS COMPARTIR UNA PRIMERA SELECCIÓN DE CITAS DE CHANDLER, DE SU CORRESPONDENCIA Y ENSAYOS, ENTRE 1939 Y 1948. (¡Pronto habrá una segunda selección!):

 

«En el momento en que uno empieza a hablar sobre técnica está dando pruebas de que se ha quedado sin ideas». 

(A Erle Stanley Gardner, mayo 5, 1939).

«Nunca he ganado dinero escribiendo. Trabajo demasiado lento, descarto demasiado, y lo que vendo no es en absoluto la clase de cosas que realmente quiero escribir». 

«Me gusta la gente con modales, gracia, algo de intuición social, una educación ligeramente por encima del Reader’s Digest, gente cuyo orgullo de vivir no se exprese en sus aparatos de cocina y en sus automóviles». 

(A George Harmon Coxe, octubre 17, 1939).

[SOBRE LA JOLLA, CALIFORNIA]: «No creo que sigamos mucho tiempo aquí tampoco. Demasiado caro, demasiado bonito, demasiado húmedo, lindo lugar, como observó un visitante esta tarde, para ancianos con sus padres». 

«Max Miller es un sujeto agrio, alto y anguloso, con el pelo comido por las polillas y modales insolentes y el hábito de soltar juramentos en susurros para sí mismo y a gritos a su contrincante. Es un espléndido ejemplo de la sabia regla: Nunca conozcas a un escritor si te gustó su libro». 

(A George Harmon Coxe, diciembre 19, 1939).

(SOBRE LA RECIÉN INICIADA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL): «La población civil inglesa es la menos histérica del mundo. Pueden estar bombardeándolos sin cesar y ellos seguirán plantando lobelias». 

(A George Harmon Coxe, junio 27, 1940).

«Cosa rara, la civilización. Promete tanto, y todo lo que da es producción en masa de mercadería vulgar para gente vulgar.»

(A George Harmon Coxe, noviembre 5, 1940).

«Creo que escribiré una novela policiaca a la inglesa, sobre el portero Jones y dos hermanas ancianas en esa cabaña de techo a dos aguas, algo que tenga latín y música y muebles de época y un caballero auténtico; uno de esos libros en que todos salen a dar largas caminatas». 

(A Blanche Knopf, octubre 22, 1942).

Al terminar su cuarto libro protagonizado por el detective privado Philip Marlowe, «La dama del lago» (The lady in the lake), a comienzos de 1943, el entusiasmo  de Chandler por el género policiaco empezaba a desvanecerse. (…) Fue en este impasse que recibió una llamada telefónica desde Los Angeles. Los estudios Paramount estaban buscando a alguien para adaptar la novela «Perdición» (Double Indemnity) de James Cain, y un productor llamado Joe Sistrom había leído una ejemplar barato de La ventana alta  (The high window) y le había gustado. Llamó a Chandler y le preguntó si estaba interesado en el trabajo. Chandler fue al estudio y conoció a Sistrom y al director de la película, Billy Wilder. Esa reunión inició un periodo de cuatro años en Hollywood que haría de Chandler un hombre rico y famoso. 

En el otoño de 1944 Chandler escribió un artículo sobre la novela policiaca (…) bajo el título «El simple arte de matar».

«Hammett sacó el crimen del jarrón veneciano y lo arrojó al callejón; no necesita seguir allí para siempre pero fue una buena idea…Hammett devolvió el crimen a la clase de gente que lo hace por un motivo, no solo para proporcionar un cadáver; y con los medios a mano, no con pistolas de duelo talladas a mano, curare o peces tropicales. Llevó al papel a esa gente tal como es, y la hizo hablar y pensar en la lengua que usa habitualmente con esos propósitos…Fue parco, frugal, duro, pero hizo una y otra vez lo que solo los mejores escritores pueden hacer. Escribió escenas que parecían como si nunca hubieran sido escritas antes». 

(A Charles Morton, 12 de octubre de 1944)

«Quizá yo debería vivir en Boston. La inteligencia civilizada es muy rara en el Oeste. Esto suena esnob, pero he vivido aquÍ largo tiempo y he conocido poca gente que no estuviera a medio cocinar de un modo u otro». (…)

«[En Hollywood] se encuentran jóvenes vivaces realmente ansiosos por hacer buenas películas, si tal cosa es posible. Pero no se encuentra la clase de mente tranquila, discreta, cortés y no llamativamente inteligente, que es tan común en Inglaterra…»

(A Charles Morton, 20 de noviembre de 1944).

«Ahora hay tipos hablando sobre la prosa, y otros diciéndome que yo tengo una conciencia social. Philip Marlowe tiene tanta conciencia social como un caballo. Tiene una conciencia personal, que es algo por completo diferente. (…) a Marlowe no le importa un bledo quién es presidente; a mí tampoco, porque sé que será un político». 

(A Dale Warren, 7 de enero de 1945). 

«Cuando vea The Big Sleep (la primera mitad, al menos), comprenderá lo que puede hacer con esta clase de historia un director con el don de la atmósfera y el necesario toque de sadismo oculto. Bogart, por supuesto, es mucho mejor que cualquier otro actor duro; hace parecer vagabundos a los Ladd y a los Powell. Como decimos aquí, Bogart puede ser duro sin un arma. Además, tiene un sentido del humor que incluye el resabio raspante del desprecio. (…) Bogart es el artículo genuino. Como Edward G. Robinson cuando era más joven, todo lo que tiene que hacer para dominar la escena es entrar». 

(A Jamie Hamilton, 30 de mayo de 1946). 

«Hacer una película buena es como pintar La Gioconda en el sótano de Macy’s, con un supervisor de sección mezclando los colores». 

«Los que desdeñan el cine por lo general se satisfacen diciendo que es una forma de entretenimiento de masas. Como si eso significara algo. La tragedia griega, que sigue siendo considerada muy respetable por la mayoría de los intelectuales, era entretenimiento de masas para el ciudadano ateniense, al igual que dentro de sus límites económicos y topográficos, el drama isabelino».  

«No solo el cine es un arte, sino que es el único arte del todo nuevo que ha aparecido en este planeta en cientos de años». 

(A H. N. Swanson, 4 de agosto de 1946).

Supongo que se habrá enterado de que un librero aquí fue condenado por vender material indecente, y se trataba de «Memoirs of Hecate County», de Edmund Wilson. Muy desalentador. El libro es bastante indecente, por supuesto, y exactamente del modo más inofensivo: sin pasión, como un falo de miga de pan. Ahora están vendiendo clandestinamente esa maldita cosa a 25 dólares el ejemplar. No vale el original… Las reseñas de libros que hace Wilson, meticulosas y pedestres y a veces inteligentes, le hacen pensar erróneamente a uno que hay algo en su cabeza además de fijador de cabello. Pero no hay nada». 

(A Dale Warren, 2 de octubre de 1946).

«La gente que Dios o la naturaleza quiso que fueran escritores encuentra sus propias respuestas, y a los que tienen que preguntar es imposible ayudarlos». 

(A la señora de Robert Hogan, 27 de diciembre de 1946)

«…Transmítale mis felicitaciones al o la purista que corrige sus pruebas, y dígale que yo escribo en una especie de dialecto que se parece en algo a la charla de un camarero suizo, y que cuando escindo un infinitivo, maldito sea, lo escindo de modo que siga escindido, y cuando interrumpo la fluidez aterciopelada de mi sintaxis más o menos alfabetizada con unas pocas docenas de coloquialismos de taberna, lo hago con los ojos abiertos y la mente relajada pero atenta. El método puede no ser perfecto, pero es todo lo que tengo».

(A Edward Weeks, del Atlantic Monthly)

«Una de mis peculiaridades (y en esta creo absolutamente) es que uno nunca sabe del todo dónde está la historia que uno escribe hasta que no ha escrito el primer borrador. Así que siempre considero que el primer borrador constituye la materia prima. Lo que parece vivo en él es lo que pertenece a la historia. Aun si se pierde la claridad, yo mantengo todo lo que produce el efecto de sostenerse sobre sus pies y marchar. No puede planearse una buena historia; tiene que destilarse». 

(A la señora de Robert Hogan, 8 de marzo de 1947).

«La película de detectives realmente buena todavía no se ha hecho, salvo por Hitchcock, y en su caso se trata de una clase un tanto diferente de película. «The Maltese Falcon» fue la que llegó más cerca. El motivo es que en la película el detective tiene que enamorarse de una chica, mientras que la genuina distinción de la personalidad del detective es que, como detective, no se enamora de nadie. Es el justiciero vengador, el que pone orden en el caos, y hacer de esa misión parte de una trillada historia de muchacho-y-chica es volverla una tontería». 

(A Jane Bethel, esposa de Erle Stanley Gardner – 20 de abril de 1947)

«Hace un tiempo tenía la idea de escribir un artículo sobre «el estatus moral del escritor» o, más frívolamente, «Al diablo con la posteridad, quiero la mía ahora». 

(A Charles Morton, 28 de octubre de 1947).

«Soy de esas personas que deben ser conocidas exactamente en la medida justa para ser apreciadas. Soy retraído con los extraños, una forma de timidez que el whisky curaba cuando todavía podía beberlo en las cantidades necesarias. Soy terriblemente brusco, por haber sido criado en la tradición inglesa que permite a un caballero ser casi infinitamente rudo en tanto mantenga la voz baja. Depende de una completa seguridad de que la respuesta no será un puñetazo en la nariz. Los estadounidenses no tienen modales propiamente dichos; tienen los modales que surgen de su naturaleza, y entonces cuando su naturaleza es dulce tienen los mejores modales del mundo». 

(A Charles Morton, 1 de enero de 1948). 

«A mis mejores amigos no los he visto nunca. Conocerme en persona es la muerte de la ilusión». 

(A Dale Warren, 8 de enero de 1948).

«Me gustaría mucho leer el ensayo de George Orwell «The British People». Orwell, como otras personas inteligentes, probablemente incluyéndonos a usted y a mí, en ocasiones puede ser un asno. Pero eso no significa que no sea nunca interesante, perspicaz y muy inteligente.»

«Qué maravilloso sería si la Asociación de Productores de Hollywood le hubiera dicho al señor Thomas [del Comité de Actividades Antinorteamericanas, del Congreso de EEUU], «sí, seguramente tenemos comunistas en Hollywood. No sabemos quiénes son ¿Cómo podríamos saberlo? No somos el FBI. Pero aun si lo supiéramos, en este país hay un fiscal general. Él no ha acusado a estos hombres de ningún crimen. El Congreso no ha legislado nada que haga de su actual o futura pertenencia al Partido Comunista un crimen, y mientras no sea así nos proponemos tratarlos exactamente como tratamos a todos los demás». ¿Sabe qué pasaría si los productores tuvieran las agallas de decir algo así? Empezarían a hacer buenas películas, porque para eso también se necesitan agallas. Y exactamente el mismo tipo de agallas».

(A James Sandoe, 27 de enero de 1948). 

«Los grandes críticos [de teatro], de los que lamentablemente hay pocos, construyen una casa para la verdad». 

(A Charles Morton, 7 de mayo de 1948). 

«Hay que recordar que si uno tiene un estilo, no se lo pueden robar. Como regla general, solo pueden robar los defectos». 

(A Cleve Adams, 4 de septiembre de 1948).

«He estado leyendo un libro sobre la [segunda] guerra de un general inglés llamado Fuller que, según creo, se retiró del ejército todavía joven, debido a un caso incurable de inteligencia». 

(A Charles Morton, 27 de septiembre de 1948)

«Lo importante con Marlowe es recordar que es un personaje en primera persona, lo muestre o no un guión radiofónico. Un personaje en primera persona tiene la desventaja de que debe ser mejor persona para el lector de lo que es para sí mismo. Demasiados personajes en primera persona dan una impresión ofensivamente engreída. Eso está mal. Para evitarlo, no siempre deben darle a él la réplica de impacto o la réplica final. Ni siquiera con frecuencia. Que otros personajes se lleven los aplausos. Que él se quede sin chistes en la medida de  lo posible. Howard Hawks, un tipo muy sabio, me hizo notar, cuando estaba filmando The Big Sleep, que uno de los trucos más eficaces de Marlowe era simplemente darle al otro la oportunidad de lucirse, y no decir nada’.

(A Ray Stark, antes de la dramatización radiofónica de Marlowe, 11 de octubre de 1948). 

«…Parece darse por sentado, erróneamente, que porque las novelas policíacas son una lectura fácil son también una lectura liviana. No son una lectura más fácil que Hamlet, Lear o Macbeth. Bordean lo trágico y nunca llegan a ser trágicas. Su forma impone cierta claridad de diseño que solo puede encontrarse en las mejores novelas «normales». E incidentalmente -muy incidentalmente, por supuesto- una gran proporción de la literatura que ha sobrevivido ha tenido que ver con distintas formas de muerte violenta». 

(A James Sandoe, 17 de octubre de 1948).

«Lo que me gusta de San Francisco es su actitud de «qué me importa». (…) Los taxistas son maravillosos también. No obedecen ninguna ley salvo la de la gravedad, y hasta tomamos uno que adelantaba los tranvías por la izquierda, delito por el que probablemente le caerían noventa días en Los Angeles». 

(A Carl Brandt, 12 de noviembre de 1948).

«Solo he trabajado en tres estudios, y la Paramount fue el único que me gustó. Allí mantienen de algún modo, y hasta cierto punto, la atmósfera de club de campo. En la mesa de escritores en la Paramount oí algunos de los diálogos más ingeniosos que haya oído en mi vida. Algunos de los muchachos se lucen más cuando no escriben». 

(A Carl Brandt, 26 de noviembre de 1948).

«La mayoría de los escritores tienen el egotismo de los actores sin su belleza física ni su encanto».

(A Lenore Offord, diciembre de 1948). 

 

 

 

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