Rectificar es de sabios

“Grandes errores requieren grandes rectificaciones. Es proporcional, pero esas suelen ser las más difíciles de asumir, las que requieren más valentía. Cada rectificación es bienvenida. Estemos abiertos a rectificar y a reconocer la rectificación ajena.”
Días atrás, en coincidencia con el aniversario del 23 de enero, publiqué este mensaje en la red X, antes Twitter. Aunque las reacciones de me gusta y las republicaciones fueron mucho más numerosas, hubo otras varias agresivamente negativas que reflejan un estado de ánimo en una parte de nosotros los venezolanos. Descarto las ligadas a nuestro viejo problema de atacar a la persona y no al argumento, resistente mancha de subdesarrollo que tanto nos cuesta limpiar y que al contrario, algunos muestran con orgullo. Me ocupo con preocupación de aquellas de quienes creen que el error siempre es ajeno, acaso porque se consideren a sí mismos infalibles, e incluso niegan a esos otros hasta el derecho –y el deber, me parece- de rectificar o, porque también los hay, de quienes consideran la rectificación como una debilidad o una traición.
Aunque sea evidente, no me cuesta declararlo: no me siento libre de error y por lo tanto tampoco eximido del deber de rectificar. Mi llamado es a todos y, claro, a mí mismo.
“Rectificar es de sabios” reza el viejísimo dicho popular, pero un buen grupo de nosotros parece no creer en eso.
Noto, por ejemplo, que lo que censuramos en otros no lo consideramos error, sino crimen o algo peor. Como si el criminal no debiera rectificar y regenerarse. Pero, veamos, con ayuda de la Real Academia, que el error no siempre es involuntario como una “acción equivocada o desacertada” ni como aprendimos en la universidad, al equivocarse de buena fe, vicio del consentimiento como también los provocados por dolo o violencia. Es error el “concepto equivocado o juicio falso”. En resumen, se puede incurrir en el error de buena o mala fe.
Es en esencia error una noción equivocada del poder, cuyo sentido es el servicio al bien común, como absoluto e ilimitado. Como lo es un errado diagnóstico de las causas de un problema que lleve a soluciones que no son tales o que lo empeoren, una política pública perjudicial, una evaluación equivocada de la realidad que trae consecuencias dañosas y, por qué no, un concepto errado del liderazgo como licencia para hacer lo que me dé la gana o del poder como propiedad.
La soberbia, la autosuficiencia, el menosprecio a los demás, son fuentes de muchos errores, algunos trágicos.
Lo que ha pasado y está pasando en Venezuela tiene que movernos a una reflexión cuya desembocadura lógica es la rectificación, porque dados los enormes problemas nacionales y el que no hayamos sido capaces de encontrar modos de resolverlos, al punto que hayamos vivido el 3 de enero y sus secuelas, es insostenible que todos seamos infalibles o que la culpa, en todo caso siempre sea de los demás.
El error político quien sea que lo haya cometido, el error jurídico que afecta la vigencia de la Constitución y genera injusticia, los errores de políticas y gerencia pública que empobrecen y atrasan, las acciones u omisiones con perjuicio directo o indirecto a la vida y los derechos de los venezolanos, todos exigen admisión y corrección. Nada de eso ocurrirá en un día, pero tiene que ocurrir.
Este cuadro nuevo, inédito, de una complejidad imposible de exagerar, nos convoca a muchas rectificaciones, algunas de ellas muy profundas. Mientras más grande sea el error, mayor ha de ser la rectificación porque ésta y su costo, son proporcionales al error cometido, pero, reitero, esas grandes rectificaciones son las que más cuestan y exigen una valentía mucho mayor, el coraje moral de atreverse a afrontar consecuencias que pueden ser muy duras.
La responsabilidad que Venezuela nos reclama hoy tiene tres caras: la de la humildad para reconocer nuestra falibilidad y revisar así tanto lo hecho como lo por hacer, la de la inteligencia para comprender la realidad y buscar modos de ir afrontándola paso a paso y la de la grandeza para, a partir de esos reconocimientos, saber poner lo principal por sobre lo accesorio y lo común, que nos incluye, sobre lo personal.