Cultura y ArtesLibrosLiteratura y Lengua

Revoluciones del cabello

Largo, al ras, con bucles hasta la cadera... la forma en que lucimos el cabello, o su ausencia, es casi una declaración de principios. Aquí, un invitado a la Feria Internacional del Libro de Barranquilla exhibe los suyos.

Periódicamente amputado y a la vez objeto de incansables atenciones, el cabello no sabe qué esperar de la cabeza donde arraiga. A semejanza de lo que pasa con la salud o el dinero, solo comprenden su valor quienes disponen de muy poco.

Podríamos suponer que su cometido es el énfasis: realzar un salto, aderezar la danza, subrayar las negaciones. Otra hipótesis digna de examen sería la ocultación. Toda melena tiene, de hecho, algo de biombo. Tampoco debería descartarse lo opuesto, que su misión consista en delatarnos. Lo insinúa ese rizo ajeno en nuestra almohada.

Hay quienes rechazan dichas interpretaciones, defendiendo que la gracia del cabello radica en su absoluta falta de propósito. Según esta corriente teórica, se trataría de una especie de capricho en marcha: un crecer porque sí, un por qué no extendernos. Cabría incluso un planteamiento mixto. Infinitamente dividido en pelos discrepantes, desempeña al mismo tiempo los roles anteriores y ninguno en particular.

El cabello conoce dos temibles enemigos, la alopecia y la poesía. Una lo va debilitando; la otra lo remata. Por cada verso que se comete acerca de alguna cabellera dorada como el sol, un pelo se arroja al vacío en señal de protesta.

Al igual que en todo estilo literario, en cada peinado se enredan el temperamento, la imitación y las limitaciones. Peinarse es una actividad política. Quizá por eso nuestras revoluciones en este campo suelen terminar en decepción.

El peinado patriarcal es inflexible y un punto pegajoso. El militar se ejecuta de golpe. Siempre correcto, el burgués jamás se pasa de la raya. El rebelde corre el riesgo de despreciar unas normas para obedecer otras. De contornos más libres, el anarquista rechaza las instituciones peluqueras.

En efecto, una cabeza despeinada carece de sistema, no de principios. Solo así alcanza su plenitud. Al revolcarse en compañía adquiere cierto aire accidentalmente artístico, como el experimento de una vanguardia efímera. Cuando despierta, se alza a su antojo y toma la calle dispuesta a la infracción.

Cortarse el pelo representa una iniciativa demasiado drástica para hacernos responsables de ella: he ahí la astucia moral de las peluquerías. La cabellera larga acaba donde empieza la impaciencia. La corta afila el carácter. Un súbito rapado destapa la imaginación, al modo de un artefacto con los circuitos a la vista. Entre la doma y el instinto, las rastas se enroscan para emanciparse. Extraño propósito el de plancharse el pelo, semejante a extender una sábana en el mar. Está demostrado que, tarde o temprano, toda línea recta entrará en bucle.

El cabello femenino tiende a dialogar con quien lo mueve. Transmite sacudidas, rotaciones de acróbata. Resiste por orgullo. Muta por ansiedad. Con gratas excepciones, el masculino se somete a un autocontrol legionario, impasible ante sus cambios de humor. Numerosas mujeres se acomodan con los dedos el peinado, abriéndolo en arpegios, y otros tantos hombres lo reafirman con la palma de la mano para que no se les disperse la simetría. En esa mínima, abismal diferencia, cabe la historia entera de nuestra educación.

Un joven con melena incomoda a la navaja colectiva. Una joven rapada, por su parte, se enrola en un frente que ataca por sorpresa el arquetipo. Con el tiempo, el almanaque capilar va perdiendo hojas. Algunos se lanzan a redistribuirlas con angustia y otros a colorearlas. La cana es la condecoración del cabello valiente, un baño de plata por sus años de servicio.

Los cráneos canosos reflejan el cielo nublado, emitiendo un vapor de memoria. Los castaños absorben el riego de la tierra. Los azabaches pescan a oscuras. Los afro se llenan de recovecos, luchas y trabajo. En cada cráneo rubio anida una playa adolescente y un pánico a los callejones. De los amores pelirrojos nada puede decirse sin que la boca se manche de grosellas: son empresa sibarita.

Como todo lo que apreciamos, el cabello soporta variadas agresiones. Su resiliencia se forja entre lluvias ácidas, maltratos escolares y propagandas de champú. Pese a su mala fama, el graso nos brinda una resina óptima para instrumentos de cuerda. El seco desprende migas microscópicas, recuerdos cereales. Desagraviemos por fin a la caspa, ese rastro de las cabezas especulativas que se esparce allí donde han razonado. Cuando alguna idea nos visita, ella lo festeja con su piñata.

Sin agitación no hay relato: poco nos dice una cabellera estática. Hace falta verla discurriendo, posicionándose, rectificando. Sus mechones ilustran el monólogo de la espalda y sus puntas matizan la opinión del hombro.

Fuera de su hábitat, un cabello afronta las más absurdas odiseas. Tomemos, por ejemplo, ese de ahí. Se descuelga entre lianas. Se aventura por un precipicio. Ya no es del cuerpo, es del azar. Sus andanzas concluirán en los remolinos del baño o en el puerto de alguna papelera. Aunque quizá, si hay suerte, el pelo polizón se quede agazapado en una esquina, a la espera de una cabeza mejor.

 

• Este recorte hace parte del libro inédito Anatomía sensible que Páginas de Espuma publicará en Colombia en 2020.

 

Andrés Neuman – Buenos Aires, 1977 – Narrador y poeta

Fue seleccionado por la revista británica Granta entre los 22 mejores narradores jóvenes en idioma español. Escribe regularmente en su blog Microrréplicas, considerado uno de los blogs literarios en castellano más relevantes según una encuesta de El Cultural. Sus obras han sido traducidas a más de 20 idiomas.

 

 

Etiquetas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cerrar
Cerrar