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Ricardo Bada: Dos uniformes de capitán

Conozco una historia espeluznante que es una inmejorable manera de recordar la trágica 2.ª  guerra mundial, desatada por el III Reich milenario de los nazis (que por suerte fue un milenio muy corto: 1933 a 1945) y de cuyo final se acaban de cumplir 75 años.

En los últimos días de la guerra, un cabo de la Wehrmacht, Willi Herold, deshollinador en la vida civil, quedó descolgado de su unidad, encontró un carro abandonado y en él una maleta con un uniforme de capitán de la Luftwaffe. Ni corto ni perezoso lo vistió y se convirtió gracias a esa ropa en oficial de paracaidistas. Con otros descolgados que fue recogiendo en su camino, por el noroeste de Alemania, formó un grupo de combate, el “Kampfgruppe Herold”, que contabilizó casi 170 asesinatos a desertores, trabajadores forzados extranjeros, a las órdenes del “capitán” Herold. Finalmente fueron apresados por la policía militar de la Wehrmacht, y a Herold lo condenaron en juicio sumario a ser ahorcado, pero lo salvó la intervención de un miembro de las SS. Cuando llegaron los ingleses y se hacen cargo del norte de Alemania, al poco detienen a Herold por un robo, pero a lo largo de los interrogatorios de la policía militar británica sale a la luz la siniestra historia de su grupo de combate, y él y seis de sus secuaces son condenados a la guillotina. Al ser ejecutado, Willi Herold contaba 21 años, dos meses y tres días.

La historia anterior me hace recordar la variante más célebre de la impostura de vestirse con un uniforme de oficial y comandar una tropa en una Prusia habituada al mando militar. En 1906, el zapatero remendón Wilhelm Voigt, pobre de solemnidad, compró un uniforme de oficial prusiano en un baratillo, y vestido con él encontró a un grupo de soldados a quienes dio la orden de seguirle. Llegaron a Köpenick, en el sudeste de Berlín, y asaltaron el ayuntamiento, llevándose Voigt, como botín, los fondos municipales. Lo curioso es que aquello lo convierte en un héroe popular: ha puesto en ridículo a la institución prusiana por excelencia. Cuando lo capturaron y  condenaron a cuatro años de cárcel, la presión popular fue tan grande que el káiser lo indultó a los dos años. 25 después, Carl Zuckmayer lo inmortalizó en su tragicomedia El capitán de Köpenick, que es una de sus mejores obras, se sigue representando y ha sido adaptada al cine varias veces.

Pienso en cuán distinta la trayectoria humana de dos impostores como Voigt y Herold, el uno convertido en símbolo de la burla al uniforme, el otro valiéndose del mismo para darle rienda suelta a sus instintos criminales. Voigt un héroe, Herold una nota a pie de página en la historia universal de la infamia.

 

 

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