Democracia y PolíticaDictadura

Sánchez, el republicano chapucero: qué dirían Azaña y Krahe

El 14 de abril de 2014, nuestro excelentísimo presidente del Gobierno colgaba un tuit que rezaba “Salud y República” -esa es la forma de ser republicano hoy: un eslógan, no más que eso, una proclama mema y virtual- y lo cierto es que seis años después no gozamos ni de lo uno ni de lo otro. Hijo, qué profecía. Pareció más bien una maldición gitana mú apretaíta en los labios.

Esta España con la corona ladeada anda tosiendo por las esquinas como una mole tuberculosa y triste, morimos un poco cada día y a veces de golpe tras estas mascarillas-burka que nos arrebatan la vida digna, la vitalidad del gesto, la identidad facial; vemos marcharse a nuestros ancianos sin honrarles jamás como merecen –ancianos sin estatuas, sólo cremalleras cerrándose sobre cadáveres amados– y está cada vez más claro, como diría Nacho Vegas, que dentro de este horror no hay literatura.

Es obvio que la Covid-19 y sus estragos deben ser nuestra primera preocupación, nuestra escandalosa urgencia, pero de ahí a que nos tomen por tontos en lo que respecta a la marcha del rey emérito hay un trecho. En 2016, el presidente volvía a reconocerse como republicano, asegurando que lo era, sobre todo, por “tradición familiar” –al loro al argumento, que, de alguna manera, avala también la lógica monárquica-. 2018: Sánchez aseguró que teníamos “una monarquía renovada y ejemplar en la figura de Felipe VI”, y, cuando le preguntaron si igual de ejemplar era el rey emérito, respondió: “También”. Ajá. Arreglao.

2019: el líder socialista subrayó en una entrevista para la CNN que Felipe “representa” los valores de la Segunda República. Qué tontería: yo pensaba que lo que nos representaba lo votábamos. Junio de 2020: PSOE, junto con PP y Vox, rechaza la admisión a trámite de las solicitudes de comisiones de investigación sobre el rey Juan Carlos.

Agosto de 2020: Juan Carlos I sale del país por la puerta de atrás y el presidente, además de decir que no conoce su paradero -es decir: lo encubre, porque su escolta depende de Interior y le basta con darle un telefonazo a Grande Marlaska-, nos mete la cuña de que “se juzga a personas, no a instituciones”. Vaya chuleíto. Qué más da, Pedro, si sabemos ya que es muy complejo que 2/3 de la Cámara aprueben dos veces el referéndum. Si sabemos que está todo atado y bien atado. Al menos concédete el respeto de proponerlo.

Digamos que Sánchez es un republicano menguante, un republicano soft, light, naif, un republicano chapucero al estilo independentista: lo decía José Sacristán al respecto de los nacionalistas catalanes, que uno “no puede instaurar la República como quien inaugura las fiestas de tu pueblo”. Para Sánchez la República es una cosa así, un cuento para idiotas, una abstracción, un sentimiento, una ficción romántica sobrevolando nuestras cabezas de ciudadanos con tragaderas.

No se equivoque, presidente: ser republicano es una convicción muy seria. No me trate usted de súbdita: yo también soy española, y a los españoles aún nadie nos ha preguntado si deseamos tener vocación de subordinados, si somos realmente adictos a la genuflexión, si nos produce algún tipo de excitación el aforamiento de los otros. Oiga, que quizá sí: cosas peores hemos visto en este país de niños obedientes y temerosos de la furia de dios. 

Lo peor de este presidente paternalista es cómo nos vende la moto sin alterar el tono de su voz, como si no estuviese pasando nada, como si no fuese una situación extravagante y bochornosa que Juan Carlos I se pirase, como si eso no actualizase un debate ancho y legítimo. “El Emérito no está huyendo de nada”, dice Carmen Calvo, con el dogma ese de la unidad del Antiguo Régimen.

Es intolerable para una democracia que haya temas incuestionables: es intolerable que no podamos preguntarnos, como pueblo, qué opinamos del continuismo de una institución machista, de caspa medieval, de perpetuación sanguínea y azul, puramente emocional -un insulto para el raciocinio-, henchida de privilegios, inviolable y contraria a la meritocracia como es la monarquía. La nuestra, además de esta perlas, tiene un plus de corrupción: qué guapa. Las buenas intenciones de Felipe VI son un adorno, no más que un consuelo esteta: el problema es la raíz, el concepto.

La sola existencia de la Corona es antidemocrática en cuanto establece que no, que no todos somos iguales ante la ley. ¿Quién se cree Sánchez que son sus votantes: bufones, juglares, vasallos? ¿Se cree que son monárquicos? ¿Ante quién responde este presunto presidente de izquierdas? ¿A quién sirve? ¿Por qué tenemos que pagarle al campechano, ya desprovisto de prestigio, la escolta de por vida?

Qué diría Azaña si viese que Sánchez trata prácticamente de antisistema la posibilidad de una República, cuando él, intelectual republicano, liberal de izquierdas, dejó claro que ésta estaba situada en la “zona templada del espíritu. Qué diría hoy Azaña, incorruptible, solitario, digno, si él escribió que “el derecho imprescriptible que nos asiste a los republicanos es el derecho de los españoles a elegir libremente el gobierno que nos plazca, y a vivir en nuestro país con las libertades vigentes en cualquier civilización democrática”.

Me acuerdo también de Javier Krahe cantándole las cuarenta a Felipe González en Cuervo ingenuo, y esa coplilla satírica y perfecta -que luego le costó al artista el ostracismo en la feria interminable y propagandística de los conciertos públicos afines a su Gobierno de pana- se vuelve aplicable hoy: “Tú, mucho Partido, pero, ¿es Socialista, es Obrero? ¿O es Español solamente? Pues tampoco cien por cien…”, lanzaba Javier. “Lo que antes ser muy mal, permanecer todo igual y hoy resultar excelente”. Es cierto. Pedro Sánchez hablar con lengua de serpiente.

 

 

 

 

 

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