Santuario de Hielo

Como el ámbar que fosilizó en algún amanecer de hace millones de años a un camarón distraído, los glaciares son testigos invalorables para la ciencia porque retienen gases, ácidos, metales pesados y un sinfín de elementos reveladores del pasado ambiental, útiles para frenar e incluso revertir, con herramientas tecnológicas aún por descubrir, el deterioro acelerado de los ecosistemas; sobre todo si se respeta su condición de legado común y son administrados con transparencia ética y equidad .
El banco inaugurado esta semana en la Estación Concord de la Antártida para preservar muestras extraídas de glaciares en peligro de extinción, es una noticia positiva que admite, sin embargo, una segunda lectura.
El Santuario de la Memoria del Hielo, que arranca con piezas extraídas del Mont Blanc francés y el Grand Combin suizo, almacenará colosales bloques helados preservando del calentamiento global la memoria climática para el estudio de futuras generaciones en una cueva a cinco metros de profundidad a 50 centígrados bajo cero, construida por la Fundación Ice Memory, bajo el patrocinio de la UNESCO e instituciones de Francia e Italia y presidida de manera honorífica por el príncipe Alberto de Mónaco.
Después llegarán muestras extraídas del Illimani boliviano, el monte Elbrus en la Rusia caucásica, la cordillera del Pamir en Tayikistán, el archipiélago Svalbard en el Ártico y un largo etcétera del patrimonio geológico.
Es algo, por supuesto, que mueve a contento en el ominoso panorama mundial, pero que delata por si aún hiciera falta nuestra vocación depredadora; como los parques zoológicos que protegen tras las rejas a especímenes sobrevivientes de la naturaleza, los archivos fotográficos de lugares y ciudades que se fueron en el fragor de las guerras y el urbanismo y los bancos de semillas donde se custodia la riqueza vegetal bajo una vigilancia más digna del Fort Knox.
Del retroceso glaciar habla el emblemático Cervino-Matterhorn en la frontera suizo-italiana, cayéndose literalmente a pedazos por filtraciones que horadan la roca a un ritmo vertiginoso, mientras el resto de la Confederación registra un acelerado declive de sus masas heladas por la disminución de las nevadas y el calor estival, en especial de las más pequeñas, como el Pizol en el cantón de Saint-Gall, el Schawarbachfirm en Uri y el Valdret dal Corvatsch en los Grisones, que han desaparecido casi completamente.
Son apenas una muestra de los 1.154 glaciares Patrimonio de la Humanidad, de elevado valor ecológico, paisajístico y cultural que saldrán del mapa por el cambio climático antes de que medie el siglo, en sitios tan frecuentados como los Dolomitas, los Pirineos y los parques nacionales de Yellowstone y Yosemite.
Un informe de la UNESCO revela que en los dos últimos decenios perdieron 58.000 millones de toneladas de hielo en promedio anual, sobre todo en Norteamérica, Groenlandia e Islandia, haciéndose responsable en cierta medida de la elevación del nivel oceánico y de fenómenos tan impactantes como el colosal tsunami montañés ocurrido en el parque nacional Wrangell-San Elías estadounidense que superó los 190 metros de altura.
La base del problema radica en el cambio climático, como alertan sin tregua las personalidades científicas e institutos más prestigiosos, porque de continuar la tendencia el nivel marino aumentaría peligrosamente, y lo más curioso es la gama de nuevos seres – moscas, algas, bacterias, hongos, arañas, gusanos y escarabajos- que comienzan a brotar de su deshielo y los torrentes aumentan de caudal y son cada vez más rumorosos en las cumbres suizas, estimulando la reforestación post-glacial de especies como alerces y abedules.
Y aupando nuevos hábitats de creciente complejidad y enormes masas de microbios y bacterias, cuyo impacto será evaluado en centros como el Santuario de la Memoria de los Hielos cuyas bóvedas comienzan a poblarse con los vestigios glaciales del planeta.
Varsovia enero de 2026


