Soledad Morillo Belloso: Las segundas oportunidades

(28 agosto 2025) Porque hay errores que no son fracasos, sino ensayos del alma. Porque a veces el reloj se adelanta, pero el corazón se queda esperando en la estación. Porque no todo lo que se rompe se pierde, y no todo lo que se va se despide para siempre.
Creo en las segundas oportunidades como quien cree en el café recalentado que aún sabe a infancia. En los abrazos que llegan tarde pero salvan. En las disculpas que no borran el pasado, pero abren una rendija por donde entra la luz. En los amigos que se marchan sin saber que volverán con otra voz, otro ritmo, otro milagro.
Las segundas oportunidades no son copias del primer intento. Son versiones más sabias, más humildes, más despiertas. Son el arte de mirar con ojos lavados lo que antes se miró con miedo o soberbia. Son el derecho a reescribir sin tachar, a volver sin pedir permiso, a querer sin contabilidad.
A veces la vida se equivoca de página, pero no de historia. Y ahí, justo ahí, aparece la segunda oportunidad: como una arepa que se quemó por fuera pero guarda su ternura intacta. Como una fiesta que empezó con lágrimas y terminó en tambor.
Si no creyera en las segundas oportunidades, no me habría casado con mi marido. Y no lo digo como quien se justifica, sino como quien celebra. Porque antes de ser pareja, fuimos contadores de nuestras propias ruinas: cada uno con su hoja de balance emocional llena de pérdidas no amortizadas, activos mal clasificados, pasivos que pesaban más de lo que admitíamos.
Nos encontramos cuando ya habíamos cerrado el primer libro, cada cual por su lado, con una oportunidad contable que no prosperó. Pero la vida, que tiene más picardía que cualquier hoja de cálculo, nos ofreció una segunda hoja: sin fórmulas, sin auditorías, sin Excel que nos corrigiera. Sólo con ganas de sumar desde el alma.
Nos dimos esa segunda oportunidad como quien rehace un presupuesto sin miedo al déficit, sin miedo al error, sin miedo al amor que no se puede cuadrar. Y fuimos felices. No exactos, no blindados, no inmunes al desbalance. Pero felices. Porque no todo cuadraba, pero todo contaba. Porque aprendimos que en el amor, como en la vida, lo importante no es cerrar el mes en azul, sino saber que cada línea tiene historia, cada cifra tiene corazón.
Y creo lo mismo del país.
No creo en el “esto no tiene remedio”, porque esa frase huele a claudicación, y yo aprendí a cocinar con esperanza. Venezuela no es una cuenta cerrada ni una historia agotada. Es una olla que aún tiene sabor, aunque la tapa esté torcida. Es una casa con grietas, sí, pero con ventanas que siguen abiertas al sol.
Dar una segunda oportunidad al país no es ingenuidad, es resistencia. Es mirar el caos y aún así sembrar. Es escuchar el ruido y aún así cantar. Es saber que hay cosas que no se arreglan con decretos ni con discursos, pero sí con gestos, con memoria, con comunidad.
Yo le doy una segunda oportunidad al país cada vez que escribo, cada vez que cuento una historia que no se ha contado, cada vez que río en medio del apagón. Porque he vuelto a creer en mí. Porque mientras haya quien crea, hay país. Y mientras haya quien ame, hay futuro.
Rendirse no es bajar los brazos. Es creer que ya no tienen fuerza.
Y ahí está el peligro: no en el gesto, sino en la convicción. Porque los brazos, aunque tiemblen, aún pueden sostener. Porque la fuerza no siempre se grita, a veces se susurra. A veces se disfraza de ternura, de paciencia, de seguir cocinando cuando todo parece perdido.
Rendirse es cuando el alma se convence de que ya no vale la pena. Pero mientras haya quien escriba, quien recuerde, quien abrace, quien se atreva a reír en medio del temporal, no hay rendición que valga.
Yo he visto brazos que parecían vencidos y que, sin aviso, volvieron a levantar el país, la casa, el amor. He visto mujeres y hombres que no bajaron los brazos, aunque el mundo les dijera que ya no tenían fuerza. Y he aprendido que la fuerza no siempre se mide en músculo, sino en memoria, en ternura, en voluntad de seguir contando la historia.
Un amigo muy querido, de esos que vienen desde los tiempos en que no teníamos canas ni contabilidad de tropiezos, me dijo hace unos meses: “Si no hubiéramos vivido tanto, hoy estaríamos escribiendo la novela del desperdicio.” Y yo me quedé pensando que tal vez esa novela existe, pero nosotros decidimos no escribirla. Preferimos la del reencuentro, la del humor que sobrevive al desencanto, la del amor que se asienta como patrimonio.
Porque vivir tanto no es apenas acumular años, es aprender a no tirar lo vivido por la borda. Es saber que incluso los errores tienen su capítulo, que las pérdidas enseñan a narrar con más hondura, y que los silencios también tienen voz.
La novela del desperdicio es la que se escribe cuando uno cree que nada valió la pena. Pero nosotros, los que seguimos aquí con nuestras canas y nuestras ganas, escribimos otra: la novela del rescate, del afecto que no caduca, del país que aún merece segundas oportunidades, del amor que se recalcula como presupuesto emocional.
Y si alguna vez la novela del desperdicio nos ronda, le respondemos con una empanada bien hecha, una carcajada compartida y una frase que nos devuelva el sentido: “Todavía hay historia que contar.”
Yo creo en las segundas oportunidades. Para el país, sí. Pero también para mí. Porque sigo creyendo en la gente, en su terquedad luminosa, en su capacidad de aprender sin cinismo, de sanar sin olvido, de reinventarse sin perder la raíz.
Creo que Venezuela se levantará, como se levanta quien ha llorado pero no se ha rendido. Y creo que yo también me levantaré, con las manos llenas de historias y el corazón dispuesto a seguir creyendo.
Porque todos merecemos una nueva escena. Un nuevo intento. Un nuevo “esta vez sí” que no niega el pasado, pero lo transforma. Porque mientras haya memoria, hay camino. Y mientras haya amor, hay posibilidad.
Es jueves. Y en Margarita el sol está espléndido. Y la vecina hizo arroz con leche.