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Soledad Morillo Belloso: Viernes Santo, día de saetas

 

 

Hoy es Viernes Santo. No importa si usted es creyente o no. Hoy es Viernes Santo y es día importante para millones de personas que creen, luego de caminar por profundas dudas, que ese hombre que murió en la cruz es hijo de Dios, Dios Hijo, Dios.

Hoy es Viernes Santo y en España es día de saeta. La saeta es un canto que nace en la calle, en ese silencio denso de la Semana Santa española donde la multitud se recoge y el tiempo parece detenerse. No es una pieza musical en el sentido académico, sino un estallido de emoción que se lanza hacia una imagen religiosa como si fuera una flecha ardiente. De hecho, su nombre viene de sagitta, “flecha”, y algo de eso conserva: un impulso que atraviesa el aire y toca a quien escucha.

Su origen es antiguo y algo difuso, como ocurre con todo lo que pertenece más al pueblo que a los archivos. En la Edad Media ya existían cantos penitenciales breves, casi susurros devotos, que algunos vinculan a prácticas franciscanas. Eran exhortaciones sencillas, austeras, sin adornos. Con el paso de los siglos, esas formas se mezclaron con la religiosidad popular, con la manera en que la gente común vivía la fe: con emoción, con dramatismo, con una intensidad que no cabía en los templos y se desbordaba hacia las calles.

En Andalucía, especialmente entre los siglos XVII y XVIII, la saeta empezó a tomar cuerpo como canto dirigido a Cristo o a la Virgen durante las procesiones. Pero el gran giro llegó cuando el flamenco, con su hondura y su desgarradura, la abrazó. A finales del XIX y comienzos del XX, la saeta se volvió flamenca: libre, quebrada, llena de melismas, sostenida solo por la voz desnuda del cantaor. Ya no era un rezo cantado, sino un lamento artístico, una súplica que se elevaba con la fuerza de un cante jondo. Grandes figuras del flamenco la hicieron suya y la convirtieron en un momento culminante de la Semana Santa.

Hoy la saeta sigue siendo un ritual vivo. No necesita escenario ni micrófonos: basta una esquina, una imagen detenida, un silencio colectivo. Es un canto que pertenece tanto a la fe como a la identidad cultural. En ella conviven historia, tradición oral, arte y emoción. Es memoria compartida, un instante que se repite cada año pero nunca es igual, porque cada voz que la entona la vuelve nueva. En la cultura musical de España ocupa un lugar singular: es un puente entre lo sagrado y lo popular, entre lo íntimo y lo comunitario, entre el pasado y el presente. Es, en esencia, un grito del alma que se eleva y se desvanece, pero deja una huella profunda en quienes lo escuchan.

La saeta es un hilo de voz que no se canta: se escapa. Surge desde un rincón donde la emoción se vuelve brasa y, al salir, atraviesa la calle como una flecha que no pide permiso. No es un canto académico ni un rezo disciplinado: es un estremecimiento que se abre paso entre la multitud, un temblor que sube desde los pies y se convierte en palabra ardiente. Su origen es antiguo, casi subterráneo, hecho de rezos medievales y de la respiración del pueblo, que convirtió la penitencia en poesía y el silencio en escenario. Con el tiempo, el flamenco la tocó y la volvió volcán: un lamento que se quiebra, se retuerce y arde, sostenido solo por la voz desnuda de quien se atreve a lanzarla al aire.

Pero la saeta no pertenece solo a los cantaores que dominan el quiebro. La verdadera, la primera, la más honda, es la que canta el pueblo. La que brota de una esquina cualquiera cuando la procesión se detiene. La que entona una mujer con el niño en brazos, un hombre que dejó de creer pero aún se conmueve, un anciano que recuerda a su madre llorando en otra Semana Santa. Esa saeta popular no busca perfección: busca verdad. Tiene polvo, sudor, memoria. Tiene la respiración colectiva de quienes se aprietan para ver pasar una imagen que, por un instante, parece más humana que divina. Es un poema sin papel, un grito sin rabia, un instante que abre una grieta en el tiempo.

Joan Manuel Serrat tomó esa flecha antigua y la desarmó. No la lanzó desde un balcón, sino desde la conciencia. Donde otros suplican al cielo, él pregunta a la tierra. Su saeta no es un lamento penitente, sino un espejo que devuelve la imagen del hombre que carga su cruz cotidiana sin procesiones ni incienso. En su voz, la tradición se vuelve reflexión: la flecha ya no apunta a lo divino, sino a la responsabilidad humana. Serrat camina por el poema como quien avanza por una calle estrecha sin arrodillarse, observando, pensando, buscando en la fe un gesto ético más que un milagro. Su saeta no compite con el desgarro flamenco; lo transforma en lucidez.

Y en el extremo contemporáneo del mismo arco aparece Rosalía, que no canta saetas pero lleva en su imaginario un “querido Cristo” que vibra con la misma raíz emocional. No es el Cristo solemne de los retablos, sino un Cristo íntimo, cotidiano, casi doméstico. Lo nombra como quien habla con un amigo que entiende el dolor y la belleza del mundo. Su Cristo convive con motos, uñas afiladas, ritmos rotos y amores que duelen. Rosalía recoge la tradición española de hablarle a lo sagrado sin solemnidad, pero la mezcla con lo urbano, lo pop, lo ancestral y lo electrónico. Su “querido Cristo” no es dogma: es refugio, desahogo, compañía.

Así, la saeta flamenca, la saeta del pueblo, la reflexión de Serrat y ese  Cristo íntimo de Rosalía forman un mismo tejido. Son maneras de lanzar una voz hacia lo que no se ve, cuatro formas de buscar sentido en medio del ruido, cuatro gestos que, aunque distintos, comparten la misma raíz: la necesidad humana de convertir la emoción en canto, de hablar con lo sagrado como quien habla con un vecino en necesidad, de dejar en el aire una vibración que tarda en disiparse, como si la calle —o la vida— quisiera seguir cantándola un poco más.

Hoy es Viernes Santo y el aire tiene esa quietud rara, como si el mundo caminara de puntillas. Es día de saetas, sí, pero no sólo de las que se lanzan desde un balcón: también de esas otras, invisibles, que cada quien lleva dentro y que se clavan sin hacer ruido. Hay días en que el dolor se vuelve un idioma compartido, y este es uno de ellos. No porque la pena sea obligatoria, sino porque algo en la memoria colectiva nos recuerda que el sufrimiento, cuando se mira de frente, puede afinar el alma.

El pueblo canta sus saetas como quien abre una ventana en medio de la noche. No para exhibir la herida, sino para dejar que respire. Y en ese gesto hay una sabiduría antigua: la de entender que el dolor no es un castigo, sino una herramienta. Que puede hacernos más humildes, más atentos, más capaces de reconocer la fragilidad ajena. Que puede, incluso, hacernos mejores.

Hoy, mientras las procesiones avanzan y las voces se quiebran, uno siente que la saeta no es solo un canto: es una forma de creer. Creer que la tristeza no nos destruye si la compartimos. Creer que la belleza puede nacer del desgarro. Creer que, aunque la cruz pese, siempre hay alguien que la mira con ternura. Creer que el dolor, cuando se nombra, deja de ser enemigo y se vuelve maestro.

Viernes Santo es eso: un día en que la humanidad se reconoce vulnerable y, por un instante, decide no avergonzarse de ello. Un día en que la flecha de la saeta no apunta al cielo, sino al corazón, para recordarnos que incluso lo que duele puede iluminar.

 

 

 

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