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Sudamérica intenta lanzar Prosur para sustituir a la fracasada Unasur

Santiago de Chile verá alumbrar el próximo 22 de marzo un nuevo foro regional, Prosur, cuya pretensión es sustituir a la fracasada Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur). Su nacimiento, no obstante, ocurre en medio de tensiones vecinales mayores que las que había en el subcontinente cuando surgió Unasur, por lo que de entrada su futuro puede ser problemático.

Unasur ha muerto por el partidismo izquierdista que regía la agenda de la organización, impulsada por Brasil y utilizada por el chavismo. Prosur nace impulsada desde el otro lado ideológico, de la mano de los presidentes de Colombia y Chile, Iván Duque y Sebastián Piñera, respectivamente. Bolivia y Uruguay, dirigidos por gobiernos de izquierda, han participado en reuniones preparatorias de Prosur, pero está por ver su implicación final, dado el propósito de los promotores de excluir a la Venezuela de Maduro (en cambio, Juan Guaidó ha sido invitado).

De no darse un amplio consenso entre gobiernos de un lado y de otro, y un firme compromiso de Brasil, que supone el 37% del PIB de Sudamérica y el 45% de su población y que con Bolsonaro mira menos a sus compañeros hemisféricos, la nueva organización podría no consolidarse o caer en la irrelevancia.

Foro sudamericano

La conveniencia de una entidad que aglutine a los países sudamericanos, diferentes en muchas de sus dinámicas a los de América Central, está fuera de duda. Otra cosa es su carácter, es decir, si es solo un foro, es decir, una cita de presidentes para hablar de problemas compartidos y, en algún caso, poner en marcha algunas soluciones comunes, o si bien se constituye como una organización que intente ir más allá, fomentando ciertos niveles de integración económica y tal vez política.

Pero la conveniencia de un foro con un ámbito geográfico más reducido –el de Sudamérica- que el de la OEA o la CELAC, que trate de aproximar las sinergias de Mercosur (Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay) y de la Alianza del Pacífico (Colombia, Perú y Chile, dejando a un lado México, que también pertenece a ese club) no basta para garantizar su viabilidad. Corre el riesgo de ser una de tantas organizaciones que conforman el «spaguetti bowl» latinoamericano, como se conoce al embrollo de entidades regionales, muchas de ellas con fines similares, que reúnen en combinaciones distintas, según incluya o excluya determinados miembros, a los países americanos.

Pugnas ideológicas

«Nuestra propuesta», ha dicho Piñera, «es crear un nuevo referente en Sudamérica (Prosur) para una mejor coordinación, cooperación e integración regional, libre de ideologías, abierto a todos y 100% comprometido con la democracia y los derechos humanos». De esta forma, el presidente chileno rechaza las acusaciones de simplemente estar queriendo institucionalizar el llamado Grupo de Lima, la coalición de países americanos (siete de ellos sudamericanos) que activamente están trabajando junto con Estados Unidos para restituir la democracia en Venezuela.

La cuestión, en cualquier caso, es que los gobiernos bolivarianos han estado impidiendo todo intento de reforma interna que les quitara de las manos Unasur. El bloqueo desde comienzos de 2017 al nombramiento de un nuevo secretario general, en sustitución de Ernesto Samper, quien favoreció los planteamientos de los gobiernos de izquierda, llevó a que Colombia anunciara su marcha de Unasur en agosto de 2018 y que otros países también suspendieran su pertenencia (Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Perú). Por su parte, Ecuador, ha pedido el retorno de la sede que se construyó a la salida de Quito.

Prosur podría echar a andar a la espera de que, si practica una gestión abierta, inclusiva y no doctrinaria –aunque sin dejar exigir estándares democráticos a los países miembros–, los gobiernos hoy reticentes puedan ir sumándose a medida que haya cambio de líderes. No obstante, Prosur se enfrenta a una historia de escasos éxitos en el proceso de integración latinoamericana.

«Regionalismo circunstancial»

Esto último es lo que la investigadora Ana Covarrubias ha llamado «regionalismo circunstancial». En Latinoamérica existe «un gran contraste entre una retórica regionalista duradera y fuerte y una pobre actuación de los mecanismos de integración existentes», según afirma en el capítulo dedicado a la integración regional en el libro «Unfulfilled Promises. Latin America Today», que acaba de publicar Diálogo Interamericano.

Covarrubias etiqueta el regionalismo latinoamericano de circunstancial porque está «caracterizado por un repetido ciclo de optimismo y de creación de instituciones, seguido de un prolongado estancamiento y olvido por los gobiernos nacionales que prefieren actuar unilateralmente»,

Para Covarrubias, justamente los lazos comunes que existen entre los países latinoamericanos –similitudes culturales e incluso misma lengua en mayor parte de los casos– son los que les empujan a desear y en ocasiones buscar una mayor integración, pero ese empeño siempre se topa con la realidad de que los Estados son reacios a ceder soberanía.

Covarrubias concluye que esto es producto de la debilidad de las instituciones «dentro» de los países latinoamericanos, y no de la debilidad de las instituciones que puedan crearse «entre» ellos. «Puede ser que los gobiernos se resisten a la integración regional porque no confían en sus propias burocracias estatales para implementar la integración sin sucumbir a los deseos o intereses de otros países. En otras palabras, los Estados latinoamericanos preservan su soberanía porque son demasiado débiles para manejar la integración de un modo efectivo», considera Covarrubias.

«Hasta que los países resuelvan la debilidad de sus propios estados», advierte la investigadora, «el regionalismo latinoamericano en todas sus formas probablemente seguirá atrapado en ciclos de optimismo y frustración».

* Emili J. Blasco: El autor es director del centro de estudios estratégicos Global Affairs de la Universidad de Navarra

 

 

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