Economía

Tres lecciones que nos deja la quiebra de Silicon Valley Bank

Una pista: es posible que sus clientes, que pasan todo el día conectados a internet, hayan contribuido a su caída.

¿Qué nos puede enseñar el colapso de Silicon Valley Bank sobre la industria de la tecnología?

Por un lado, no mucho. Es cierto que SVB, como lo llamaban los expertos en el sector, era una institución de Silicon Valley, y que tenía como clientes a muchas de las empresas emergentes y firmas de inversión más conocidas de la industria de la tecnología. También es verdad que el fracaso del banco tendrá un efecto multiplicador en todo el sector tecnológico a corto plazo porque las empresas que tenían su dinero depositado ahí batallarán para retirar sus fondos y pagar sus nóminas.

Pero lo que contribuyó al derrumbe de Silicon Valley Bank no fueron los préstamos a empresas emergentes riesgosas, ni las apuestas por criptomonedas poco confiables, ni cualquier otro esquema tecnológico poco meditado. Fue un clásico pánico bancario (también conocido como corrida bancaria), detonado ya en 2021 por una serie de clásicas malas decisiones.

Ese año, el mercado de valores estaba en auge, las tasas de interés eran de casi cero y el dinero fluía en el sector tecnológico. Muchas empresas emergentes depositaron sus fondos en Silicon Valley Bank, y el banco, a su vez, tomó los fondos y los invirtió, entre otras cosas, en un montón de bonos a largo plazo. En ese entonces, esas inversiones parecían relativamente seguras, pero se volvieron más riesgosas el año pasado, cuando las tasas de interés ascendieron y los bonos perdieron parte de su valor. Este año, cuando la inversión en tecnología se desaceleró y las empresas emergentes buscaron retirar efectivo del banco para pagar sus gastos, Silicon Valley Bank se vio en la necesidad de vender algunos de sus bonos con pérdidas y buscar capital nuevo para cumplir sus obligaciones.

El banco podría haber sobrevivido a todo esto, pero cuando les explicó a sus clientes (de mala manera) lo que había ocurrido, a algunos les preocupó que el banco estuviera en problemas. Los inversionistas de capital de riesgo se espantaron y les dijeron a las empresas emergentes de su portafolio que retiraran todos los fondos que habían depositado en SVB. Otros clientes vieron eso y también se asustaron, ¡y listo! Pánico bancario.

Tal vez esa es la única moraleja de la historia de Silicon Valley Bank: si eres un banco y muchos de tus clientes son empresas emergentes tecnológicas cuya capacidad para financiarse fluctúa cuando las tasas de interés están al alza, no inviertas sus depósitos en bonos a largo plazo que perderán su valor si las tasas de interés se elevan. Pero creo que podemos aprender otras lecciones de esta situación.

La primera es que, aunque Silicon Valley Bank era pequeño según los parámetros de Wall Street (hasta enero, era el decimosexto banco más grande del país, con alrededor de 200.000 millones de dólares en activos), ocupaba un lugar privilegiado en la comunidad tecnológica. Fundado en 1983, el banco gozaba de una reputación dorada dentro de Silicon Valley. Se le conocía por tomar riesgos con empresas emergentes que ningún otro banco estaba dispuesto a tomar. La semana pasada, cuando colapsó, varios fundadores de empresas emergentes contaron historias de cómo habían obtenido sus primeros préstamos empresariales o sus primeras tarjetas de crédito de Silicon Valley Bank. Algunos trabajadores del sector consiguieron las hipotecas de sus casas o los préstamos de sus autos con ese banco.

Relaciones como esas son valiosas, y lo más probable en este caso es que, en el futuro cercano, un banco grande de Wall Street adquiera Silicon Valley Bank en un concurso de acreedores. El banco grande asumirá los activos y pasivos de Silicon Valley Bank, compensará a sus depositantes y nadie sufrirá pérdidas catastróficas (excepto los accionistas de SVB).

En el mejor de los casos, se hará una transferencia rápida y ordenada de los activos y pasivos de Silicon Valley Bank a un nuevo banco. En el peor de los casos, o sea que no surja ningún comprador, los clientes del banco tendrán que esperar semanas o meses para acceder a sus fondos y todo el ecosistema de empresas emergentes colapsará porque muchas no podrán pagar su nómina, lo cual sería catastrófico.

Pero incluso si las consecuencias de la quiebra de Silicon Valley Bank se contienen, quedan muchas preguntas por responder. ¿Hay otros bancos vinculados a la industria tecnológica que sean vulnerables al riesgo de los tipos de interés, como lo era Silicon Valley Bank? Si un gran banco adquiere SVB, ¿será tan amigo de las empresas emergentes como Silicon Valley Bank? Y después de lo que acaba de ocurrir, ¿volverá algún fundador de una empresa emergente a confiar su dinero a SVB o a cualquier banco?

La segunda lección es que es posible que la clientela de Silicon Valley Bank, que pasa tanto tiempo en línea, haya contribuido a su ruina.

En la mayoría de los bancos regionales normales y medianos, lo que ocurrió en Silicon Valley Bank quizá no habría provocado un pánico bancario. Los bancos venden activos todo el tiempo. Cuando enfrentan problemas de liquidez, recaudan capital a corto plazo para resolverlos. La mayoría de las veces, los clientes ni siquiera se enteran o no les interesa.

Pero los depositantes de SVB no son clientes normales. Son fundadores e inversionistas de empresas emergentes, el tipo de personas que escudriñan los registros de valores de los bancos, que prestan especial atención al riesgo y la volatilidad y que —lo más importante— hablan entre sí todo el día en internet. En cuanto algunos miembros del sector empezaron a plantear dudas sobre la solvencia de la firma, los canales de Slack y perfiles de Twitter se activaron con advertencias graves de capitalistas de riesgo y, al poco rato, muchas personas tenían miedo.

¿Habría ocurrido todo esto si la clientela de SVB hubiera estado formada por propietarios de restaurantes y peluqueros caninos, en lugar de fundadores de empresas emergentes tecnológicas? Es posible. Pero parece poco probable. En este caso, la desaparición de SVB parece haberse visto acelerada por la naturaleza de club y de rebaño de la industria a la que atendía.

La tercera lección que podemos aprender del colapso de Silicon Valley Bank es que la regulación bancaria funciona. El viernes, en cuanto quedó claro que el banco no se recuperaría, la Corporación Federal de Seguro de Depósitos hizo lo que siempre hace cuando un banco quiebra: intervino, tomó el control e intentó compensar a los clientes del banco. Como resultado, los clientes que tenían 250.000 dólares o menos depositados en cuentas aseguradas pronto podrán acceder a esos fondos. Con suerte, un banco grande va a subsumir al antiguo SVB sin problema, compensará a quienes depositaron sumas más cuantiosas y no habrá ningún efecto dominó: no habrá rescates de contribuyentes, ni quiebras en masa de empresas emergentes, sino que solo será una quiebra bancaria simple y ordenada.

En años recientes, ciertos líderes del sector tecnológico han calificado a los reguladores y funcionarios del gobierno como lentos, corruptos y lastres para la innovación (algunos de esos mismos líderes suplicaron al gobierno que los rescatara el viernes).

Pero como Silicon Valley Bank en su mayoría era un banco normal —no un casino liberalizado de criptomonedas ni una empresa emergente de tecnología financiera, donde los inversionistas y los depósitos quizá no tengan recursos en caso de que desaparezca su dinero— lo más probable es que su quiebra sea más un inconveniente que una crisis a largo plazo.

Si eso ocurre, Silicon Valley tendrá que agradecerle a la regulación por ayudarle a sobrevivir.

 

Kevin Roose es columnista de tecnología y autor de Futureproof: 9 Rules for Humans in the Age of Automation@kevinroose • Facebook

 

 

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