Gente y SociedadHistoriaPolíticaRelaciones internacionales

Velásquez – La huella invisible: conciencia, responsabilidad y reconstrucción política en la Venezuela post-tutela.

 

Me he preguntado, muchas veces, cuál es el impacto político, psicológico y moral que produce en una sociedad, la percepción de no haber sido protagonista de su propia transición política. A partir del caso venezolano, puede sostenerse que la tutela externa, real o percibida, introduce una fractura duradera en la conciencia colectiva: debilita la internalización de responsabilidades cívicas, distorsiona los procesos de construcción de ciudadanía y erosiona, en el largo plazo, la formación del sujeto político como agente autónomo de su propio destino.

El problema no radica en la influencia externa en sí, presente en mayor o menor medida en toda transición, sino en la ruptura simbólica entre decisión y responsabilidad, que termina por transformar a la ciudadanía en espectadora de un proceso administrado. En ese sentido, la sostenibilidad democrática dependerá de la capacidad de la sociedad venezolana para reapropiarse del “después” como una tarea histórica propia, y no como una fase delegada o heredada.

Las transiciones políticas suelen ser evaluadas por sus resultados institucionales: nuevas reglas, nuevas autoridades, nuevas elecciones. Sin embargo, estas variables no explican por qué algunos procesos se consolidan mientras otros se disuelven en frustración, apatía o regresión autoritaria. Existe una dimensión previa, más profunda y decisiva: la experiencia moral del cambio, es decir, cómo una sociedad vive subjetivamente el momento en que su historia gira.

Para amplios sectores de la población, el momento decisivo del cambio no fue vivido como una conquista colectiva, sino como el resultado de dinámicas externas, con escasa visibilidad de actores nacionales. 

Esta percepción, independientemente de su precisión, tiene efectos políticos reales, porque las sociedades no actúan solo sobre los hechos, sino sobre el significado que atribuyen a esos hechos.

Cuando un pueblo no se reconoce como autor de su propio giro histórico, se debilita el vínculo entre decisión y responsabilidad y, sin ese vínculo, la democracia nace incompleta.

En este contexto de crisis prolongada, esa conciencia no colapsa de golpe: se desgasta. Venezuela es un caso extremo de desgaste histórico: protestas reiteradas, sacrificios humanos, represión sistemática, éxodo masivo y empobrecimiento social.

Hannah Arendt advirtió que la política comienza cuando los individuos se reconocen como capaces de iniciar algo nuevo. Cuando esa capacidad se erosiona, la política se degrada en administración de la supervivencia. La democracia, sin sujeto político, se convierte en una estructura vacía.

Toda transición tiene componentes externos, la diferencia no está en la presencia de influencia internacional, sino en su lugar simbólico. Cuando el factor externo se percibe como apoyo, refuerza la voluntad interna. Cuando se percibe como sustituto, la debilita.

Tengo la triste percepción que, en Venezuela, la percepción de tutela produjo una ruptura silenciosa entre decisión y responsabilidad: es como decir: otros decidieron, nosotros debemos adaptarnos. Lo que, a mi modo de ver, este quiebre no es técnico, es moral. Si no decidí, ¿por qué sostener? Si no fui protagonista, ¿por qué defender?

Cuando la ruptura simbólica se consolida, el país se transforma en objeto de gestión. La política se vuelve técnica, procedimental, distante, la ciudadanía se adapta al rol de observadora: comenta, opina, pero no se reconoce como responsable del curso colectivo.

Este fenómeno produce una estabilidad aparente, pero frágil. En Venezuela, la migración masiva es la expresión más dramática de ese proceso. Una democracia sin ciudadanos activos puede funcionar, pero no sostenerse.

Toda transición es también una reconstrucción ética. No se trata solo de leyes, sino de restaurar la idea de que el destino común importa. La responsabilidad colectiva implica aceptar costos, sostener instituciones imperfectas, exigir sin renunciar. 

La soberanía no es solo ausencia de dominación externa, sino presencia activa de responsabilidad interna.

La pregunta decisiva es si la sociedad venezolana podrá reconstruir una ética de corresponsabilidad después de años de impotencia aprendida.

Las transiciones producen relatos fundacionales. Quien controla el relato controla el sentido del sacrificio, si la historia se escribe desde fuera, la ciudadanía queda reducida a espectadora de su propio drama.

Venezuela enfrenta hoy una disputa silenciosa: ¿el cambio fue rescate o reapropiación? ¿intervención o reencuentro? La respuesta definirá la relación entre ciudadanía y poder en los próximos años, una transición sin relato propio es una transición incompleta.

Si la ciudadanía no logra reapropiarse del proceso, emergen riesgos estructurales que comprometen la sostenibilidad democrática: una democracia formal desprovista de legitimidad profunda, la reproducción de tutelas externas o de autoritarismos blandos que sustituyen la participación por administración, y una fragmentación social persistente que impide la reconstrucción de un proyecto colectivo compartido. 

Las huellas existen, negarlas sería ingenuo. Pero esas huellas pueden ser memoria o condena. La diferencia está en la decisión colectiva de hacerse cargo del después.

La democracia no se hereda: se ejerce, la soberanía no se declara: se practica y, la responsabilidad no se delega: se asume.

Venezuela aún está a tiempo de transformar la tutela en impulso, la fatiga en madurez y la huella en fundamento. Pero eso exige una decisión silenciosa, cotidiana y colectiva: dejar de esperar y comenzar a sostener.

La pregunta final no es quién abrió la puerta, sino quién se quedará a vivir en la casa. Y esa respuesta ya no depende del pasado, sino del presente que se está construyendo.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Mira también
Cerrar
Botón volver arriba