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Villasmil: Hablan de progreso, mientras practican el fascismo

 

Hace poco Podemos, el orgulloso representante del castrochavismo y de la tiranía iraní en España, cumplió diez años de fundado. En ese periodo de tiempo -breve, cuando se compara con los más de doscientos del partido Conservador británico, u otros partidos de larga presencia y variados aportes positivos al bien común (que de eso va la política democrática)- Podemos ha sufrido desdibujamientos, contradicciones, desenfoques y difuminaciones, a tal punto que ya se dice que tiene pie y medio en la tumba, sobre todo por la omnímoda voluntad de quien fuera su socio hoy transformado en su enterrador mayor, Pedro Sánchez.

Practicantes egregios del tirar la piedra sin esconder la mano, llegaron agitando supuestas rebeldías modelo siglo XXI, avivando protestas -los “indignados”- y usando un lenguaje  ofensivo e insolente hacia la “casta”, hasta que ellos crearon, como era de esperarse -pasando previamente por la mudanza de su jefe fundador, Pablo Iglesias, a un chalet con piscina- su propia casta, con un mensaje político negador de toda convivencia y pluralismo y con ataques centrados no solo en sus adversarios políticos, sino hacia empresarios, periodistas y jueces.  Otro ejemplo de socialismo, no solo de este siglo, sino de siempre.

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Desde sus inicios practicaron una liturgia que pretendía ser original, pero las máscaras se cayeron temprano, y los besos y abrazos fraternos dieron paso a los cuchillos afilados y a las puñaladas traperas en pleitos intestinos.

Pero si bien las urnas no ha tratado bien a estos señores -recuérdese la derrota aplastante de Iglesias en Madrid ante Isabel Díaz Ayuso- puede afirmarse que sus heces ideológicas han triunfado: no sólo Podemos, sino el nuevo partido de izquierda, Sumar, y el propio PSOE han asumido las propuestas y los mensajes de odio y de confrontación que promovieran originalmente Iglesias y Cía. Hoy el PSOE no llega ni a sombra del otrora partido socialista en tiempos de Felipe González. En ese entonces el socialismo español podía ser considerado demócrata. Hoy, es una mera secta reaccionaria y fascistoide de obediencia blindada al servicio de las ambiciones de Pedro Sánchez, de los independentistas y de los terroristas y asesinos cobijados en Bildu.

Olvídense: ese partido socialista de Felipe probablemente no volverá; el veneno del fascismo sanchista ha penetrado de tal manera todo el cuerpo organizacional partidista que no hay posible remedio. Sanchismo es fascismo, sin lugar a dudas.

Felipe González ya no está en ese PSOE, aunque por cubrir ciertas formas hipócritas todavía no lo han expulsado.

Personajes adscritos a una doctrina culpable de más de cien millones de muertos andan reclamando explicaciones a los demás y acusando a sus adversarios -que para ellos son enemigos- de lo que ellos notarían simplemente con verse en el espejo cada mañana: fascistas.

Lo cierto es que la izquierda supuestamente “antifascista”, nació vieja, utópicamente vieja. No importa que se llamen “del siglo XXI”, o creerse “arma cargada de futuro”, como dijera Gabriel Celaya que era la poesía.

Mientras, ellos siguen hablando de progreso, pero la palabra “progresista” les queda muy grande.

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En mis épocas juveniles la palabra progresista gozaba de prestigio general. Pero desde que la madre patria soviética murió de inanición ética, económica y social, la izquierda iberoamericana ha buscado acaparar ese término, que usa sin recato, como los brebajes que vendedores mercachifles vendían en el lejano oeste y que supuestamente servían para curar cuanta enfermedad existiera o estuviese por aparecer.

En palabras de José María Carrascal: “El mayor robo, robo sí, aunque podía llamársele también saqueo o estafa, de los últimos tiempos es el cometido por la izquierda al haberse apropiado en exclusiva de algo tan importante para el género humano como el progreso, sin el que estaríamos todavía en las ramas de los árboles”.

Derrumbado el muro berlinés, la estrategia cambió. Los comunistas se volvieron de repente defensores de los derechos humanos, del feminismo, del medio ambiente, de los pueblos indígenas y de la democracia, es decir, de todos los objetivos que se ocuparon de masacrar en todos los países donde se aplicó el comunismo.

Ejemplos actuales: ¿puede llamarse “progresista” el horror putiniano en Ucrania? ¿O la desastrosa situación al que el chavismo ha condenado a Venezuela?  Sin olvidar la dictadura más longeva del mundo, la que somete a los cubanos, o la no menos despótica de la siniestra pareja Ortega-Murillo.

Pertenece al terreno de la psicología, más que al de la política, el obligatorio anti-norteamericanismo que siempre ha caracterizado a las diversas familias socialistas. Y todo aquel que se oponga a los EEUU merece entusiastas apoyos; sea terrorista de Hamas o tirano caribeño. Cualquier horror ha sido y es justificable si es guiado por el odio a la democracia, en especial a los gringos.

Como acertadamente señala el filósofo francés Bernard-Henri Lévy, “el antinorteamericanismo es el progresismo de los imbéciles”.

Se cumplen cien años del fallecimiento de ese sociópata ruso llamado Lenin, quien mostró el verdadero rostro del supuesto progresismo de la extrema izquierda allí donde ésta planta sus garras cuando a la pregunta de Fernando de los Ríos por la libertad, respondió: «¿Libertad? ¿Para qué?»

Mientras, volviendo al comienzo de estas líneas, Pedro Sánchez orgullosamente presume de su “muy progresista” alianza con la extrema izquierda pro-chavista, pro-iraní y terrorista en su gobierno, inaugurando una novedosa forma de xenofobia: una España destrozada, en la cual son extranjeros (aunque hayan nacido por ejemplo en Badajoz, Madrid o Sevilla) todos los que no sean de izquierda, independentistas, o amigos de Putin, Xi Jinping, el régimen iraní, Díaz-Canel y Maduro.

Con el eterno y despreciativo “nosotros y ellos” practicados por todos los zombis políticos marxistas, socialistas y comunistas desde Marx para acá (ahora sustituido por su nuevo guía ideológico, el teórico nazi Carl Schmitt). O como los llama Milei, “los zurdos”.

Progresistas de cultura woke. Mostrando una presunta superioridad moral que no es sino soberbia mal digerida y peor expresada. Con mucha hipocresía, claro, a fin de cuentas, son de izquierda.

 

 

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