Villasmil: La muerte roja

«El sacrificio de los cubanos, venezolanos y nicaragüenses, ha servido para mostrar muy de cerca la verdadera cara del comunismo en Latinoamérica, que no es el paraíso traído a la tierra, sino la tierra convertida en un infierno».
– Mario Vargas Llosa –
Pocos autores han tocado el tema de la muerte como Edgar Allan Poe. Una de sus cuentos más famosos, “La Máscara de la Muerte Roja” (1842), comienza así: “La «Muerte Roja» había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre.” En el caso hispanoamericano, nuestra particular muerte roja es el socialismo revolucionario, en sus diversas expresiones.
La muerte, como se sabe, concluye frecuentemente en un sarcófago, en un sepulcro, en un ataúd.
La palabra “sarcófago” viene del griego (que consume las carnes), vía el latín. Ha venido a significar lo que todos sabemos: un sepulcro, una tumba, una obra preferiblemente de piedra donde se entierra un cadáver.
Y esa palabra sárcófago refleja muy bien lo que ha significado el socialismo revolucionario -dejemos afuera por razones ciertamente obvias la socialdemocracia- para el mundo: millones de muertos, gulags y campos de concentración, hambrunas inhumanas, destrucción de la economía, eliminación de todo vestigio de disidencia, de pluralismo, de bien común. Sólo tienen derecho a existencia y a una vida beneficiosa los jefes del partido y sus camarillas.
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Determinar una cifra exacta de muertes atribuidas a los regímenes comunistas, socialistas revolucionarios, desde sus inicios con la revolución soviética es uno de los temas más debatidos y complejos de la historiografía moderna. No existe un consenso universal, ya que los números varían drásticamente dependiendo de los criterios que se utilicen y de los métodos de exterminio utilizados (genocidios, ejecuciones extrajudiciales, deportaciones, hambrunas inducidas, muertes en campos de trabajo o guerras civiles).
Un desglose de las estimaciones más aceptadas sería el siguiente: La mayoría de los historiadores sitúan la cifra total en un rango que va desde los 60 millones hasta los 100 millones de personas.
De lejos, el primer lugar lo posee la China, desde los tiempos de Mao Zedong, con aproximadamente 65 millones. La URSS le sigue con 20 millones, Corea del Norte con 2 millones, Camboya ídem, Vietnam, 1 millón, Europa del Este 1 millón, África: 1.7 millones, Afganistán: 1.5 millones, Latinoamérica: 150,000 (cifras, en casi todos los casos, aproximadas).
Para entender de dónde vienen estas cifras, es necesario mirar los hitos históricos específicos, como el “Holomodor”, una hambruna provocada por los soviéticos en Ucrania (estimada entre 3.5 y 7 millones de muertes). Como puede verse, el odio ruso hacia Ucrania no es precisamente reciente.
China (bajo Mao Zedong) es el país con la mayor cantidad de víctimas debido a dos procesos principales: El “Gran Salto Adelante”, una campaña económica que resultó en la mayor hambruna de la historia moderna (estimaciones de 15 a 45 millones de muertes) y luego la infausta “Revolución Cultural”, toda una masiva persecución política plena de violencia social (estimaciones de cientos de miles a varios millones).
Luego está Camboya y sus Jemeres Rojos, bajo el mando del sanguinario Pol Pot. Este es el caso más extremo en términos porcentuales: se estima que murió cerca de una cuarta parte de la población del país (2 millones de personas) en solo cuatro años debido a ejecuciones y trabajos forzados.
Lo cierto es que los hijos, nietos, bisnietos y demás descendientes del marxismo, con todas sus variantes imaginables, ha estado depredando la humanidad por más de un siglo sin que esa práctica le quite el sueño a quienes guardan silencio cómplice ante tantas ferocidades, con tal de obtener beneficios; no olvidar nunca a los especímenes del Foro de Sao Paulo y del Grupo de Puebla (este último liderado por el depravado José Luis Rodríguez Zapatero).
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Luego de décadas de asesinatos, de persecuciones, de torturas -con cifras tenebrosas que hoy siguen aumentando diariamente, en países como China o Corea del Norte- por parte del poder rojo enfrentado a una ciudadanía cuya únicas armas son su voz y su infatigable voluntad de lucha frente a la injusticia, puede señalarse a un sarcófago como posible símbolo de estos criminales vestidos de una falsa conciencia ideológica, orgullosos de su muerte roja, productora a lo largo de los años de miles de sarcófagos. Ya es hora de que incorporen la imagen de un sarcófago a los escudos de sus partidos.
Y ese sarcófago tendrá modelos diversos: el chino, el ruso, el vietnamita, el caribeño; la suma de todas las traiciones, mentiras y desgracias causadas y perpetradas a la humanidad por estos traidores de la vida, enemigos de todo lo que representa la palabra humanismo.
La izquierda revolucionaria jamás ha tenido objetivos humanitarios.
¿Y en América Latina? El socialismo revolucionario ha asolado nuestras patrias especialmente desde la llegada del castrismo a Cuba. Y en ello, como recuerda Mario Vargas Llosa, cubanos, nicaragüenses y venezolanos hemos sufrido la mayor cuota de desgracia.
Ha sido una práctica constante de esta izquierda el celebrar el recuerdo post-mortem de sus héroes-tiranos, como Lenin, Stalin o Mao, exponiendo sus restos a la vista de todos, incluso en sarcófagos de vidrio. Fidel Castro les había adelantado el trabajo: ya lucía momificado en vida. Todos ellos gobiernos de sarcófagos centrados en una ideología de sarcófagos. Todo totalitarismo es adorador de la muerte. Todos necrófilos.
Pocos gobiernos en la historia han usado las imágenes de la muerte, de la destrucción de todo lo positivo y bueno que una sociedad puede ofrecer, como estos señores de la izquierda más extremista.
Su lema más recordado será siempre el muy triste e inhumano “patria, socialismo o muerte”. Las dos primeras partes inevitablemente concluyen, en la tenebrosa ruta del poder socialista, en la última, la muerte. Como dice una cartulina mostrada en una de las tantas protestas venezolanas: “Al final, no hubo patria, ni socialismo, sólo muerte.”
Todos estos socialistas están unidos por su pasión por el inframundo. Y es que no pueden celebrar la vida, porque cada día les cuesta más reconocerla.
Como afirma Jorge León, en nota reciente: el comunismo ha producido la miseria más indigna que puede padecer un ser humano. Como generador de diversas familias políticas, ha sido fundamentalmente un sistemático organizador de odios.
El último párrafo del cuento de Poe mencionado al inicio comienza así: “Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche.”
Qué casualidad. El color rojo identifica asimismo al Partido Republicano norteamericano, cuyo líder máximo al parecer se la tiene dedicada a los adoradores de la muerte roja marxista…
