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La política ¿local o nacional?

 

Cuenta el historiador social inglés David Kynaston, en uno de sus muy apreciables libros sobre la Gran Bretaña de la post-segunda guerra mundial, la anécdota de una joven candidata a diputada por el partido Laborista, los socialistas británicos (estaban en ese entonces en el gobierno), a comienzo de los años cincuenta. Apenas llegar a un grupo de edificios recién construidos según quién sabe cuáles criterios salvo los estéticos, urbanísticos y humanos, en una zona en franco deterioro, la muy entusiasta y joven aspirante al parlamento se aproximó a una señora mayor, que venía con una bolsa de mercado. La chica acompañó a la señora dentro de las cavernas de la planta baja de su edificio, y apenas entrar al ascensor –la anciana no había detenido su paso- le comenzó a recitar sus versos electorales, con las propuestas socialistas más importantes: desarme unilateral, mejora de relaciones con la Unión Soviética, crítica del imperialismo norteamericano en las instituciones internacionales. La doña, entonces prestándole atención, le pregunta, mientras le señala el piso del ascensor, donde hay restos de un líquido con sospechoso olor a orina: ¿qué hará usted por nuestros problemas locales, por ejemplo, la costumbre de algunos gamberros de orinarse en cualquier parte? La muchacha, con rostro confundido, intenta señalar la importancia de estar en el bando correcto en la llamada Guerra Fría; la señora la mira, sale del ascensor, y al llegar a la puerta de su apartamento le responde: ¿me va a decir que ustedes podrán enfrentarse a los norteamericanos cuando ni siquiera pueden limpiar mi ascensor?

Sabia y sensata respuesta. Lo que la joven socialista no había tomado en cuenta es que si quería enraizarse en el corazón y la mente del grupo de votantes de su distrito electoral, tenía que comenzar por empatizar con ellos, por oírlos, entender sus problemas, y ayudar a solucionarlos. Los temas políticos nacionales son ciertamente importantes, pero no hay que menospreciar nunca lo local.

La política desde siempre ha tenido un vocabulario que a medida que pasa el tiempo se ha convertido en abstracciones, vagas generalizaciones que no llegan a ninguna parte: pueblo, sociedad, democracia, representación, participación. La intención ideal –muchas veces fallida- es usarlas para unir lo local con lo nacional, lo particular con lo global. El político exitoso entiende dicha dialéctica, así como el ritmo adecuado de sus actos y palabras, a la hora de querer transmitir un mensaje a ciudadanos de carne y hueso, no meras sombras, o números en una estadística.

En los Estados Unidos se celebrarán en noviembre las acostumbradas elecciones de mitad de periodo, donde se renuevan la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Los demócratas tienen tiempo quebrándose la cabeza intentando diseñar una estrategia adecuada y exitosa para enfrentar esa nave pirata en que se ha convertido el partido Republicano, con el capitán Garfio–Trump, al comando.

Lo están haciendo, de entrada, de la única manera que parecería lógica y posible: forzando a los candidatos a dar respuesta local ante cada controversia nacional. Así hizo con excelente resultado en las primarias demócratas la señorita Alexandria Ocasio-Cortez, en su distrito de Nueva York, que engloba parte del Bronx y parte de Brooklyn. Pero hacerlo en otras regiones y ya en la elección misma, no es tan fácil.

Es que hay un fenómeno nuevo, derivado de la presencia cada vez mayor de los impulsos populistas en el escenario político: los ciudadanos en Michigan, en Iowa, o en Missouri, por citar solo tres estados, están prestando tanta o más atención al debate nacional que al específicamente local. O están haciendo de lo nacional un tema local. En las reuniones y asambleas se está repitiendo el hecho de personas preguntando no por situaciones específicamente locales, sino por algunos de los temas que tuitea y menciona en sus discursos Donald Trump. No debe olvidarse que el hombre entra en Twitter varias veces cada día, y que tiene casi 54 millones de seguidores en esa red social.

Donald Trump tiene más seguidores fieles que leen sus letanías y proclamas incendiarias que lectores tienen, sumados, todos los grandes periódicos del país.

Entre otros asuntos, en este periodo electoral se ha discutido si es cierto que el presidente tiene vínculos con Rusia, cuál es el significado de “fake news”, o qué se está haciendo en el parlamento para mejorar o eliminar el Obamacare.

Algunos demócratas ante una economía con muy buenos números –recuérdese que EEUU es un país donde la gigantesca maquinaria económica es privada, productiva, diversificada y con la mejor tecnología del mundo- aceptan el terreno de lucha y lo están tratando de moldear a sus intereses. A fin de cuentas, fue el fenómeno del Tea Party y su fundamentalismo el que le dio un nuevo significado a la actual vinculación de lo local con lo nacional en ese país.

Rivales pero amigos: Ronald Reagan y Thomas «Tip» O’Neill

En tiempos pasados, era una verdad bíblica la frase del speaker (portavoz) demócrata de la Cámara de representantes, Tip O’Neill: “toda política es local”. ¿Qué ha cambiado? lo que piensan los locales que es importante para ellos, así como la forma de hacerse oír (las omnipresentes redes sociales, por ejemplo). Lo que no ha cambiado, sino para aumentar, es el tono de molestia, de rabia, de desesperanza, en millones de personas. Y su brújula ofrece mezclas de lo nacional y lo local.

Y no solo en los EEUU, sino en todo el mundo. En América Latina, están los casos de AMLO, en México, o de Bolsonaro en Brasil.

Recientemente, el representante republicano de New Jersey, Leonard Lance, ante una asamblea de 900 personas, recibió cuatro preguntas sobre los vínculos de Trump con Rusia, y tres más sobre las inversiones financieras del presidente, y los posibles conflictos de interés. Sólo dos preguntas fueron sobre el impacto local del sistema de salud.

Lo mismo le pasa a los demócratas, pero con un tono diferente: los representantes Steny Hoyer y Anthony Brown, de Maryland, reunidos con ciudadanos en la población de Lanham, solo recibieron dos preguntas sobre temas más o menos locales. ¿El resto? Cada uno le daba su propio giro al tema central: ¿Cómo podemos parar a Trump?

Es evidente que hay un océano de diferencias entre cómo ven la realidad a nivel local y cómo lo hacen los supuestos representantes nacionales, los políticos profesionales.

Lo que no ha cambiado nunca es que la gente, equivocada o no, vota pensando en sus intereses, no en los de los candidatos. Y los políticos populistas, en todas partes, lo que hoy intentan, y a veces logran, es que la gente los identifique como los únicos interesados en tales intereses, y por ende los que ofrecen soluciones presuntamente convincentes.

Una pregunta de difícil respuesta que debe hacerse todo aspirante a un cargo local o nacional, por la vía electoral: ¿qué porcentaje de importancia tiene lo específicamente local en la decisión de cada ciudadano? y ¿Cómo se vincula a lo nacional?

Los demócratas están intentando dar respuesta de la siguiente manera: si lo local está matizado por lo nacional –o sea, fundamentalmente por lo que haga o deje de hacer Trump- hay que atacar a Trump no por su carácter o personalidad –error cometido, y que están pagando todos los ciudadanos, por la señora Clinton- sino por cómo sus decisiones –o carencia de ellas- afecta la vida familiar, el futuro de cada uno.

A los populistas a hay que pagarles con su propia medicina. Si sus brebajes cura-picaduras-de-serpientes no funcionan, que se los tomen todos ellos. Y en democracia, eso se logra, en primer lugar, votando por sus contrarios.

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