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Las instituciones y el reflejo del alacrán

 

Los días pasan en la cada vez más desquiciada y rota sociedad venezolana. Y las mayorías ciudadanas, crecientemente desesperanzadas, sin embargo no dejan de pensar en el advenimiento de un renacimiento, de un volver a empezar, en el retorno de un futuro que se le viene negando hace veinte años. Todos ellos sentimientos no extraños en la historia patria. A su manera, muchos de nuestros jefes de estado han asumido su llegada al poder como un Nuevo Comienzo Para Venezuela. Lo que pasa es que, en esta ocasión, no es mera retórica de pompa y circunstancia, esta vez sí es verdad. Y afecta a casi toda la institucionalidad nacional.

DESTRUCCIONES E INSTITUCIONES

Nos recuerda Francis Fukuyama en su libro, “The Origins of Political Order” (Los Orígenes del Orden Político), que las instituciones son esencialmente reglas asumidas socialmente que limitan la libertad de decisión individual pero sirven para ordenar la convivencia; sin dichas reglas y su cumplimiento no hay desarrollo institucional posible. Según su maestro, Huntington, las instituciones son patrones de conducta estables, recurrentes, y además expresan valores. Una de las instituciones fundamentales para un orden de convivencia basado en la libertad y en la democracia es el “Rule of Law” o Estado de Derecho, cuya esencia es un cuerpo de reglas que reflejan cuál es el sentido de justicia de la comunidad. En su significado más profundo, nos sigue diciendo Fukuyama, el Estado de Derecho implica la existencia de un consenso social de que sus leyes son justas, y que ellas preexisten y deben limitar la conducta de quien sea el gobernante en un momento dado.

Es tal su importancia, que en el surgimiento del mundo moderno la aparición de una economía capitalista dependió en buena medida de la existencia previa del Estado de Derecho.

Una segunda institución indispensable es la llamada accountability”,  la rendición de cuentas por los actores del poder público. Que un gobierno rinda cuentas  significa que sus dirigentes y representantes son responsables de sus actos ante los gobernados, y que colocan los intereses de la gente por encima de los suyos.

Una tercera institución necesaria es un Estado fuerte, lo cual no significa para nada un Estado leviatánico, tiránico o invasivo. Todo lo contrario, es un Estado que responde eficientemente a las necesidades de la sociedad, en especial en temas como la salud, la seguridad, la defensa de la soberanía o las necesarias regulaciones dentro de un esquema económico de libertad, propiedad privada y libre competencia.

Dicho Estado debe estar acompañado, no sólo en teoría sino en una práctica permanente, de las dos instituciones previamente mencionadas, que lo controlan y limitan, porque sin control todo Estado desarrolla tendencias depredadoras. Un Estado que no rinde cuentas de sus actos y que destruye las reglas jurídicas de la convivencia evoluciona hacia una tiranía.

Las instituciones no son edificios, o estructuras materiales. Las instituciones son fundamentalmente prácticas, tradiciones, costumbres, formas de organización que cuando maduran reflejan valores, modelos de diálogo democrático, de negociación, de control horizontal y vertical. Una forma de visualizar un avance sofisticado de desarrollo institucional está en su capacidad de despersonalización, es decir, de que su funcionamiento no dependa de quién ejerce su dirección. Las personas pasan, es un viejo dicho, pero las instituciones deben permanecer. Los seres humanos tienden a darle a las instituciones, y a los modelos mentales que las generan, un valor intrínseco, que permite la permanencia de las instituciones en el tiempo.

Como si se hubiesen leído el libro de Fukuyama con la expresa misión de hacer todo al revés, una forma de caracterizar los años de desgobierno chavista es entender su acción como evidentemente destructora de toda institucionalidad. Venezuela es hoy, por desgracia, una inmensa chivera institucional.

Y uno de los objetivos que el chavismo tuvo desde la hora uno fue la destrucción de una estructura esencial de la democracia: los partidos políticos.

EL REFLEJO DEL ALACRÁN

Ese afán destructor que se ha reflejado en la acción gubernamental, se puede ver clarito en las campañas electorales de Chávez y sus sargentos. La misma tiene un método y una naturaleza. El método es la negación de la realidad, y su naturaleza es la del alacrán. A fin de cuentas, en frase que pasará a la historia, el fallecido Alberto Müller Rojas afirmó que “el PSUV es un  nido de alacranes.” Todos los movimientos políticos chavistas han sido cascarones al servicio del proyecto de permanencia en el poder del líder. A fin de cuentas, la realidad es que el caudillo chavista solo acepta relacionarse con la masa, de forma directa, sin intermediaciones de nadie, sin instituciones que le hagan contrapeso.

Por ello hay que tener sumo cuidado a la hora de criticar los evidentes y múltiples errores de los dirigentes opositores; sus fallas no pueden tapar la necesidad que se tiene de partidos fuertes en sus estrategias, ideas, organización y contacto con la ciudadanía. Hay que separar los errores de los hombres de las instituciones de las que forman parte, cuya sobrevivencia es esencial para la circulación sanguínea democrática. ¿Qué los partidos no sirven? Una de dos: o se cambian a los dirigentes o se buscan nuevos partidos. Pero apostar a la tierra arrasada, a la nada, a la crítica exclusivamente destructiva es un gravísimo error que nos trajo, por ejemplo, a Hugo Chávez y sus cohortes de alacranes.

Al alacrán le importan un bledo sus víctimas, directas o indirectas. Para el alacrán, su naturaleza se nutre de agresividad y ataque. Un alacrán es un depredador natural. Para un alacrán anti-político no existen ciudadanos, solo víctimas potenciales, meros sobrevivientes, por ahora.

La aproximación de Chávez y Maduro a la realidad es una especie de “improvisación programada”; un día salen con un invento y meses después con otro distinto. Nada responde a una teoría específica sobre basamentos teóricos sólidos. La relación del liderazgo chavista con las ideas es escasa y siempre utilitaria. Pocos libros leídos se le conocieron al Líder Máximo y de los mismos extraía solo conclusiones que justificaran su arrobamiento con el poder.

Porque, al final del día, el no soltar el poder, así genere todo tipo de daños y de destrucción social, también está en su naturaleza. Como cualquier alacrán.

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