Cultura y Artes

Villasmil / Mundial de Fútbol: El crepúsculo de antiguos dioses, el nacimiento de nuevos

El partido final del Mundial de Rusia fue un microcosmos de lo que fue un torneo más lleno de anécdotas, curiosidades y recuerdos de los good old times que de gran fútbol. Hubo en el Francia 4 – Croacia 2 un autogol (primero en la historia de las finales), un error colosal del portero –metida de pata pocas veces vista en fecha tan crucial-, el quinto penalti en una final, una invasión de jóvenes anti-putinistas al terreno de juego, y cuando Mbappé, el correcaminos francés de 19 años, hizo el gol para poner el partido 4-1, Brasil fue doblemente recordado por los narradores de DirecTV. Primero, porque ese resultado, de mantenerse, recordaba el desenlace del juego final de un inolvidable mundial, el de México 70, donde una selección brasileña considerada merecidamente por muchos la más grande selección de la historia, derrotaba con autoridad a un extraordinario equipo italiano, y luego porque Mbappé se convertía en el segundo teenager en anotar un gol en una final, luego de que Pelé, de 17 años, lo hiciera en el mundial de Suecia, hace 60 años, en 1958.

Para eso ha quedado Brasil: para recordar sus gigantes del pasado, las hazañas ya legendarias.

Los analistas, opinadores y apostadores sufrieron desde el primer día. Uno tras otro los favoritos previos primero, los que iban surgiendo entre los sobrevivientes después, mordían el polvo con regularidad propia de la madre naturaleza. Entre los equivocados, Gary Lineker con su conocida definición: el fútbol no es siempre un juego de once contra once que gana Alemania.

Eso sí, goles hubo en Rusia: un solo partido quedó 0-0 (el Francia-Dinamarca, en la jornada 3 del grupo C). Algunos lo han llamado el mundial de la pelota parada: más de un 40% de los goles fueron de esa manera. La contribución inglesa fue, en ese sentido, primordial. El torneo promedió 2,64 goles por cotejo, el segundo más alto de este siglo después de Brasil 2014. Y no solo hubo goles: Rusia es el mundial con más autogoles de la historia.

En palabras de Martín Caparrós, en el New York Times: el éxito de la pelota parada es la prueba más clara de un fútbol que no sabe cómo cocinar y ahora compra comida congelada”.

Los seis goles de la final fueron más que los conseguidos en las cuatro finales previas combinadas. Y es el resultado más abultado desde el 4-2 de Inglaterra sobre Alemania en la final de 1966 –en tiempo extra, ojo- y el mayor en 90 minutos desde el 5-2 de Brasil sobre Suecia en 1958.

Rusia fue un mundial tranquilo: No apareció una sola tarjeta roja por conducta violenta y sólo se registraron cuatro expulsiones en total. Fue el número más bajo de la Copa del Mundo en 40 años. Es todo un cambio si lo comparamos con 2006, cuando se mostraron 28 tarjetas rojas, incluidas cuatro en un partido, la victoria de Portugal sobre Holanda.

Los árbitros, obviamente muy dispares dados sus variados orígenes y experiencias, al principio estaban, al igual que los jugadores, acostumbrándose a ese Big Brother tecnológico, el VAR –Video Assistant Referee-. Para el nuevo presidente de la FIFA, con el videoarbitraje se ha pasado del 95% de decisiones correctas de los árbitros al 99.2%. Ya era hora de que se adoptara en los mundiales (y por favor, que incluso se extienda) un mecanismo que es de uso regular y normal en otros deportes, como el béisbol o el fútbol americano.

El uso del VAR llevó a un aumento en el número de penales sancionados, hasta un récord de 29, 11 más que la marca previa, correspondiente a 2002. Ello a pesar de que al VAR como que lo desenchufaron por varios juegos. En la final solo fue usado para una sola decisión, confirmando el obvio penal croata.

Francia se convirtió en el sexto país en ganar el Mundial de fútbol más de una vez, junto a Brasil, Alemania, Italia, Uruguay y Argentina. Y Didier Deschamps se une a Mario Zagallo (Brasil) y Franz Beckenbauer (Alemania) como los únicos en ganar el Mundial como jugadores y como entrenadores.

Fue una victoria francesa merecida, de un equipo que mezcló muy bien juventud, experiencia, disciplina y determinación. ¡Y la felicidad de Macron quedó inmortalizada en una foto histórica, cual estrella de rock!

 

Croacia, con una población de 4.2 millones de habitantes, fue la nación más pequeña en llegar a una final desde que lo hiciera Uruguay en 1950. Y lo hizo, recuérdese, a pesar de que en tres juegos consecutivos comenzó perdiendo y en todos tuvo que jugar el tiempo adicional –y ganar dos de ellos en penaltis-. Logró lo que nunca pudo lograr Yugoslavia, ni tampoco ninguno de los otros países surgidos de su desintegración.

La Torre Eiffel, con los colores de la bandera de Croacia

 

Es justo que Luka Modrić, estrella croata, fuera escogido como el mejor jugador del torneo. Él, con sus casi 33 años fue, con ventaja, el más destacado representante –aunque sin duda con un nombre menos sonoro- del actual grupo de estrellas que mostraron poco liderazgo, fracasaron y quedaron en deuda: Messi, Ronaldo, Neymar (recordado sobre todo por sus zambullidas: la televisora suiza RTS calculó que el brasileño pasó casi 14 minutos tendido en el césped durante los primeros cuatro partidos de la canarinha). El esperado duelo entre ellos fue un mero bluff. En Rusia fuimos entonces testigos del crepúsculo de varios dioses. En el deporte, cuando no coinciden la imagen que nos hacemos de los ídolos, y la realidad que al final expresan con su juego, se generan frustraciones muy fuertes. Eso sí, el pedestal nunca se queda vacío por mucho tiempo; ya alguien ocupará su lugar.

A los fracasos de los jugadores mencionados, unamos los de países como España, Alemania, Brasil, Argentina, Portugal –actual campeón de Europa, recuérdese-. Otros otrora grandes, como Italia y Holanda, ni siquiera pudieron clasificar.

Selecciones que no lograron todas sus aspiraciones pero que dejaron satisfacciones: Uruguay, Islandia, México –su victoria sobre Alemania-, Japón y, sobre todo, Bélgica, con un tercer lugar merecido (el segundo tiempo del Japón-Bélgica fue de lo mejor).

Las estrellas nacientes: como equipos, Inglaterra –nadie, ni su entrenador, esperaba llegar tan lejos- fue la tercera selección más joven del torneo, luego de Nigeria y Alemania; ninguno de sus jugadores era antes de Rusia una estrella internacional consagrada o conocida (además, fue el único equipo donde todos sus jugadores jugaban en su liga nacional, en la Premier League, no en clubes extranjeros). Tuvieron el líder goleador con 6, su capitán (24 años), Harry Kane, del Tottenham Hostpur. Asimismo, uno de los mejores porteros, Jordan Pickford. Si califican al Mundial de 2022 llegarán con casi la misma base de jugadores pero con 4 años más de experiencia, y tienen el plus de que son los actuales campeones mundiales sub-20 y sub-17. Hay relevos para un buen rato.

Asimismo la juventud de Francia es una gran noticia para sus fans: con un promedio de edad de 26,4 fue el sexto equipo más joven del total de 32. Y ha jugado tres de las seis últimas finales.

Por lo demás, una mala noticia es que luego de Panamá -el equipo más viejo en promedio etario- entre las diez selecciones con mayor edad están Uruguay (puesto 4), Argentina (6), España (8) y Brasil (10). Para todas ellas la renovación es inaplazable.

Si hablamos de jugadores, Francia, Bélgica y Croacia hacen aportes plurales: Mbappé, Griezmann, Pogba, Kanté, Lloris (a pesar de su grave error en la final); los belgas Hazard, Mounier, Courtois, Lukaku -el mejor número 9 en un torneo donde varios de ellos, de los equipos más famosos, ni siquiera lograron un gol-; y los croatas Modrić, Subašić (empató un record de Goycoechea –Argentina- y Schumacher –Alemania- al parar 4 penales en un mundial), Perišić y Rakitić. ¿Y cómo olvidar los goles de Yerry Mina, para una Colombia que mereció mejor suerte? Lástima también la lesión del uruguayo Cavani, que venía realizando un juego esplendoroso.

Entre todos ellos el aparato mediático y de negocios del fútbol sacará de la chistera los nuevos conejos-estrellas que correspondan, demasiado dinero está en juego. Mbappé es favorito por su edad y por ser hijo de un senegalés y una argelina, nacido en un suburbio pobre de París. Su popularidad se muestra en este ocurrente tuit de @miblogestublog Liberté Egalité Mbappé.

Un nuevo héroe está a la orden, con la ventaja de que a su corta edad ya logró lo que sus predecesores inmediatos arriba mencionados nunca lograron, el campeonato mundial. Y al final, es el resultado en el encuentro más importante, cada cuatro años, lo que garantiza una real inmortalidad. Hay que recordar que el deporte es la continuación de la política, la religión y lo militar por otros medios.

Un párrafo especial se debe dedicar a la telenovela creada por Neymar Jr. a su llegada a Francia en 2017, al Paris Saint Germain (PSG), cuyos dueños cataríes le garantizaron al brasileño que “él sería la estrella máxima”. Apenas aterrizar en el vestuario, el inmaduro jugador se dedicó junto a su compatriota Alves a burlarse repetidamente del jovencito Mbappé, a quien incluso lo llamaban “Tortuga Ninja”, riéndose de sus facciones. Le insistían en que una cosa era jugar bien al fútbol y otra hacer lo que él hacía, correr a gran velocidad. Hubo incluso reclamos de la familia del novato. Llega Rusia, y el campeonato ha dejado en evidencia mediocre a Neymar, eliminado sin atenuantes, y ha permitido a Mbappé afirmarse como una de las nuevas estrellas del fútbol. ¿Qué harán ahora los dueños del PSG con la pesadilla que se anuncia? ¿Cuál será el orden jerárquico del equipo si tienes una estrella millonaria fracasada y conflictiva dentro y fuera del terreno, y un jovencito con el mundo abierto a sus pies, y ya campeón mundial a los 19 años, con cuatro goles anotados en tierras rusas, uno en el partido final?

Como recuerda una nota en El País: “A la edad de Mbappé Neymar, que ahora tiene 26, no había sido convocado para jugar el Mundial de Sudáfrica; Messi había sido suplente en el Mundial de Alemania; y el brasileño Ronaldo Nazario había ganado el Mundial de Estados Unidos sin salir del banquillo. Los precedentes solo permiten comparar a Mbappé con Pelé, que con 17 años metió seis goles en el Mundial de 1958”.

Los analistas no se han puesto de acuerdo sobre qué pasa con la supremacía europea y la decadencia suramericana; en los últimos 8 mundiales, Brasil ha ganado dos veces y los otros seis un equipo europeo, incluyendo los cuatro últimos. Y los avances y sorpresas lo protagonizan selecciones del viejo continente, como Croacia, Bélgica o Inglaterra. Además ¿quiénes no celebraron la relampagueante presencia islandesa?

Un párrafo especial para un entrenador ejemplo de seriedad, de ética y de magisterio: Óscar Washington Tabárez, el digno entrenador uruguayo, todo un pedagogo de 71 años. Sus palabras en las ruedas de prensa marcaban un contraste entre lo que es sabiduría y mera palabrería vacía y hueca de parte de algunos de sus colegas.

El mexicano Rafael Márquez disputó su quinta Copa del Mundo, con lo que igualó a su compatriota Antonio Carbajal y al alemán Lothar Matthaeus.

Abundaron chistes sobre la final, desde el origen africano de la mayoría de jugadores franceses, hasta la afirmación de un amigo de origen italiano: Croacia fue parte de la República veneciana y antes fue la Iliria romana, al igual que Francia era la Galia, así que los italianos podían decir que fue una final de provincias romanas.

Pero lo logrado por Francia tiene un dato que merece un análisis reposado: si bien 15 de los 23 jugadores de Francia descienden de ciudadanos de países africanos o nacieron allí, el porcentaje total de migrantes al país galo no llega a un 11.7% (los principales países de origen son Argelia, Marruecos, Portugal, Túnez, Italia, España). Por ello, ¿dónde están los jugadores franceses realmente aborígenes? Para colmo, entre los pocos jugadores “blancos”, hay uno llamado Lucas Hernández, que juega para el Atlético de Madrid y que quería jugar por el país de sus padres, España. La FIFA se lo prohibió (había jugado por Francia en torneos juveniles), y hoy el hombre es campeón del mundo. Recordando a la Francia de Zidane, hay que reconocer que Francia se hizo grande en fútbol cuando se hizo cosmopolita –a pesar de las periódicas rabietas de la señora Le Pen-.

Lo que la victoria francesa del domingo simboliza –y el poder simbólico del deporte es casi inigualable- es que para competir exitosamente contra el mundo que te rodea, debes asimilar el mundo que te rodea, poner de tu lado los recursos de otras sociedades, en lugar de buscar encerrarte en una ínsula xenofóbicamente trumpiana o lepeniana. Es darle un significado mucho más amplio a las palabras “inclusión”, “diversidad” y “pluralismo”.

¿Y el juego previo a la final? Un sinsentido, porque a nadie le importa quedar tercero o cuarto, el Mundial no es lo mismo que los Juegos Olímpicos, las medallas de bronce no existen en realidad. Mejor lo eliminan o buscan un incentivo adicional para mantenerlo (alguien propuso que quien quedara tercero calificaba automáticamente al próximo mundial, a lo cual entonces habría que añadir al primero y al segundo); quedarían así cuatro calificados para un futuro mundial: el campeón, el subcampeón, el tercero y el país sede siguiente. No son muchos, dado que el campeonato pasará en un futuro de 32 a 48 equipos.

Por último, dos inolvidable escenas: ¿cómo explican tantos locutores que pasaron días y días alabando la organización putiniana del evento que nadie pudiera detener la invasión del terreno de juego durante la final por varios jóvenes? El grupo femenino Pussy Riot, perenne crítico acerbo del tirano Putin se atribuyó la responsabilidad, aprovechando la publicidad posterior para que una de sus integrantes declarara que “Trump es como Putin, no tiene visiones políticas de verdad o principios, cree solo en dinero y poder”. Las chicas le dieron una lección de claridad ética a los comentaristas de TV extranjeros que solo tenían palabras para alabar la Rusia que la autocracia putiniana les mostraba.

 

Y luego, en los momentos ceremoniales finales ¿cómo no pudieron prever el palo de agua que empapó a todo el mundo en el momento de la ceremonia final? Fantástico cuadro: un señor vestido de oscuro, sosteniendo un paraguas sobre la figura del tirano ruso, mientras un muy feliz Emmanuel Macron y una muy simpática y saludadora y abrazadora presidenta de Croacia –de extrema popularidad en las redes por sus posturas, y no precisamente las ideológicas- luchaban con el diluvio para poder seguir saludando a sus jugadores.

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