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Villasmil: Progresías descarriadas

 

Sospecho que pertenece al terreno de la psicología, más que al de la política, el anti-norteamericanismo que llevan a flor de piel un sector de dirigentes y analistas que se llaman progresistas.

Ese prejuicio cognitivo de la realidad política les lleva a no entender lo que pasa en Venezuela, que, como bien señala el diario francés Le Figaro, la actual coyuntura venezolana se inscribe en el marco de la “nueva guerra fría, la cual ya no es la contienda entre las democracias occidentales y los regímenes comunistas…ahora se trata de una fractura entre países de modelo liberal democrático y regímenes autoritarios”.

De los tiempos pasados han quedado rémoras, como que aquel que se oponga a los EEUU merece todo tipo de apoyos; sea terrorista árabe o tirano caribeño. No hay que ir muy lejos en el tiempo para recordar que en diversos ambientes, notablemente el universitario, intentar criticar a Fidel Castro era síntoma de insania o muestra de tendencias suicidas. Una izquierda fielmente autoritaria en sus impulsos, vacía de sustancia crítica, seguidora del ejemplo que diera uno de sus Padres Fundadores, Lenin. Por no mencionar su muestras de cariño, por décadas, hacia el estalinismo. Cualquier horror era justificable –para algunos todavía lo es- si es guiado por el odio a la democracia, en especial a los gringos. No importa cuán totalitaria sea la tentación. Esa izquierda que nunca leyó el “Archipiélago Gulag” ni se ha enterado que el Muro de Berlín se derrumbó. A medida que su visión del mundo era derrotada por los deseos de libertad y democracia, su desprecio a los EEUU se incrementaban. Una izquierda reaccionaria, que habiendo olvidado a Marx, ahora abraza al teórico nazi, Carl Schmitt.

Carl Schmitt, con un oficial nazi, en 1943.

En cierto modo merecen comprensión: debe ser muy duro ir por el mundo teniendo como referentes la Cuba castrista, Jeremy Corbyn, López Obrador, o ese nido de víboras en que se ha convertido Podemos.

¡Cómo les encanta usar el sustantivo “democracia” en vano; ¿No era acaso “Democrática” la Alemania controlada por la Stasi?

Bien cabe que tales progresistas, que no encuentran la manera de salvar el pellejo de Maduro se hagan esta pregunta: ¿Es socialista la Internacional Socialista? Recientemente, en su última reunión, ha rechazado “la represión que está efectuando el ilegítimo régimen de Nicolás Maduro” y exige “plena restitución del orden constitucional”.

En medio de esa zoología política, no hay figura más lamentable que el norteamericano anti-norteamericano. Llámese Noam Chomsky, el exchavista hoy arrepentido, o Bernie Sanders, el senador Demócrata que tantas ilusiones anti-establishment levantara con su candidatura presidencial en las primarias que finalmente ganara Hillary Clinton para luego perder malamente las elecciones con Trump.

Bernie Sanders

El caso de Sanders viene perfecto, por sus declaraciones críticas sobre la postura del gobierno de su país frente a la tiranía chavo-madurista: como otros, señala que se trata de otra “intervención” en América Latina. Incluso, la llega a comparar con los hechos históricos ocurridos en Chile (1973), Brasil (1964), Guatemala (1954) y República Dominicana (1965). En su ignorancia de los detalles de la realidad, no se da cuenta que no hay comparación posible entre esas situaciones y lo que hoy ocurre en Venezuela.

La lucha anti-dictadura venezolana no es un acto unilateral gringo; la han venido dirigiendo democracias continentales como Argentina, México (antes de la llegada del “progresista” López Obrador), Colombia, Brasil (también incluso antes de Jair Bolsonaro), Costa Rica, Panamá, Canadá, Perú, y el apoyo solidario de Alemania, Reino Unido, Francia, y otros países europeos. Y todos han venido mostrando una clara crítica con el genocidio cultural, social y económico que han venido desarrollando los chavistas, bajo la experta guía de la dictadura castrista, y los apoyos de China, Turquía y Rusia.

Esa particular progresía –junto a los siempre cercanos al chavismo gobierno uruguayo, o el boliviano Evo Morales- ha intentado seguir pintando una situación en la cual el diálogo “a la chavista” es la única solución posible. Por años, un expresidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero –otro “progresista”- hizo un muy buen servicio de intentar legitimar al régimen, y de darle oxígeno mediante la convocatoria de rondas de diálogo que nunca llegaron a nada concreto.

Ahora, esa progresía mueve el trapo rojo del peligro de que los gringos se apropien del petróleo venezolano; interesadamente olvida que Estados Unidos es el único país que paga, desde siempre, en dinero contante y sonante el cada vez más alicaído suministro petrolero; que chinos y rusos han hecho, por años, diversos préstamos mil millonarios con el fin de apoderarse de las riquezas venezolanas. Oración aparte merece el verdadero “explotador” de los bienes que pertenecen al pueblo: la tiranía castrista.

La progresía descarriada, cuando habla de Venezuela, nunca menciona los millones de emigrantes, la destrucción del sistema educativo, de la salud, o la hiperinflación mayor del mundo. ¿Son acaso culpa también de los norteamericanos? ¿O acaso todavía siguen creyendo el cuento de la “guerra económica”? La única guerra económica ha sido la del régimen contra los ciudadanos.

Se han hecho esfuerzos para que Maduro salga por las sanciones, por la presión internacional, por el abrumador rechazo nacional, y porque los militares por fin se den cuenta de que ya no pueden seguir aceptando acríticamente el bozal de arepas del régimen. Y así es que el hemisferio debiera de actuar contra los autoritarismos regionales en este siglo XXI. Los demócratas deben defender la democracia y enfrentar las tiranías, más allá de los repetidos discursos de diálogo y buena voluntad, que a veces esconden otros deseos, más oscuros, de aquellos que todavía obstinadamente defienden la noción de que el Progreso solo se consigue por vías totalitarias.

El verdadero progresista defiende la libertad, la democracia y los derechos humanos. En todas partes (incluso, claro, en Los EEUU). Sin adjetivos o prejuicios condicionantes. Y, como señala el filósofo francés Bernard-Henri Lévy, “el antinorteamericanismo es el progresismo de los imbéciles”.

 

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