El turismo en Cuba va mal -como va todo en la Isla, desde la energía a la alimentación, incluso ¡fin de mundo! el béisbol, que el equipo cubano quedó eliminado en la primera ronda del torneo que consagró a Venezuela Campeón Mundial-.
Que Cuba fue siempre una mina turística es una obviedad que hasta el más ciego podría ver. Y la mal llamada revolución no fue excepción. Pero lo hizo cambiando drásticamente las reglas hasta entonces vigentes.
Los grandes hoteles fueron expropiados (el Habana Hilton pasó a ser el Habana Libre). El turismo internacional fue visto al principio con sospecha por ser considerado un vehículo de «influencia capitalista». Se priorizó entonces a los trabajadores y visitantes del bloque socialista (Europa del Este y la URSS). El flujo de divisas no era la prioridad, ya que Cuba recibía subsidios soviéticos.
Con el colapso de la Unión Soviética, Cuba perdió su principal sustento. El turismo fue redefinido como la «locomotora de la economía» para captar divisas urgentes.
Se crearon empresas mixtas (especialmente con cadenas españolas como Meliá). Se desarrollaron los «polos turísticos» como Varadero y los Cayos, bajo un modelo de enclave (separado de la vida cotidiana del cubano). Por ese entonces, un ciudadano cubano era un apestado turístico: no se le permitía entrar a ningún recinto al que llegaran los queridos turistas, generosos dispensadores de los bien amados $$$$.
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En los últimos años, el sector ha entrado en una fase de declive crítico debido a una combinación de factores externos e internos.
El pandémico cierre de fronteras en 2020 paralizó los ingresos. Y a diferencia de otros destinos del Caribe, Cuba no ha logrado recuperar los niveles de 2019.
En 2025 la industria sufrió un golpe severo.
Para este 2026, las estadísticas muestran una caída de más del 50% en el arribo de turistas respecto al año anterior. Mercados tradicionales como Canadá y Rusia han disminuido drásticamente, y el sector privado enfrenta grandes dificultades por la escasez de insumos básicos y el deterioro de la infraestructura.
No hace falta ser experto para saber que la falta de combustible es el eje central de la crisis actual. Esto no solo afecta a la población, sino que ha penetrado directamente en la «burbuja» turística.
Se han reportado cortes de electricidad de hasta 25 horas consecutivas en instalaciones turísticas. Incluso hoteles de lujo en La Habana y Varadero han tenido dificultades para mantener servicios básicos como el aire acondicionado o la refrigeración.
Para colmo de males, la logística de abastecimiento está rota. Los turistas enfrentan menús limitados y falta de insumos básicos, lo que genera una percepción de baja calidad en comparación con competidores como República Dominicana o México.
Y si no fuera suficiente todo lo anterior, la operatividad de los vuelos se ha visto seriamente comprometida: aerolíneas como Air Canada han suspendido rutas debido a la imposibilidad de repostar en la isla. Otras, como Air Europa, han tenido que implementar escalas técnicas en terceros países (como República Dominicana) para poder completar sus trayectos de regreso. La baja demanda y los problemas operativos han llevado a una reducción significativa de frecuencias desde mercados clave de Europa y el Cono Sur.
Por último, la diáspora cubana, tradicionalmente el segundo grupo más grande de visitantes, cayó un 40.2% respecto al año anterior. El principal emisor de turistas, el mercado canadiense, ha registrado una caída sostenida debido a las constantes advertencias de viaje emitidas por su gobierno ante el empeoramiento de la escasez.
En 2025, Cuba recibió apenas 1.8 millones de turistas, quedando muy por debajo de la meta oficial de 2.6 millones y lejos de los más de 4 millones que recibía antes de la pandemia. Ya ni los turistas rusos están satisfechos.
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Sin embargo, muy recientemente, la “solidaridad socialista-izquierda caviar- ecólogistas anarquistas” se hizo presente. Y de qué manera.
Cuba padeció recientemente un “remake” de la ridícula flotilla que en junio del año pasado surcó el Mediterráneo para “salvar” a los palestinos. Esta astracanada urgida y protagonizada por socialistas (principalmente hispanos, aunque asimismo se coló -como acostumbra- la infaltable Greta Thunberg, ejemplo perfecto de vampira anarquista escandinava) tomó forma de excursión -a ritmo de “Guantanamera” y el “Hasta Siempre” de Carlos Puebla- todos agarraditos de las manos, llegando eso sí a hoteles cinco estrellas, y repartiendo generosamente por doquier, como es su costumbre, supuestas credenciales morales e incultura.
Fueron recibidos por Mariela Castro (hija de Raúl), y por esa sombra errabunda que hoy vaga triste por los pasillos palaciegos llamada Miguel Díaz-Canel.
Se pudo ver, en esta especie de aquelarre de dinosaurios de toda la esperpéntica gama de socialismos, a “influencers” con franelas del Che, tardoadolescentes con pancarta, raperos trentones europeos, eurodiputados (Irene Montero, mujer de Pablo Iglesias, la primera, con sus 135.000 euros de sueldo anual), o periodistas que nunca han escrito nada, todos seudocreyentes “marxistas, marxianos y hasta algún marxólogo”; y es que todavía quedan despistados de la vida, habitantes confortables de ese espacio socialista rico en gestos, cursilería e inautenticidad.
El mensaje al pueblo cubano de esta cruzada-conjura de necios y gilipollas fue claro, como señala Rebeca Argudo en ABC: ¿de qué se quejan, si la opresión que sufren es por su propio bien? ¿Acaso no es mejor un apagón con los Castro que luz del Imperio? ¿No es mejor hambre socialista que abundancia ultraderechista? ¿No es el comunismo un regalo de Dios?
Para la siempre aguda periodista española Maite Rico, en The Objective, escenificaron una Cuba para narcisos y tontos útiles; «Aterrizaron con gorras caqui y pañuelos palestinos, levantando el puñito, felices de estar en el parque temático de la revolución, donde los aborígenes son mero atrezo».
Turistas de la revolución, es decir, cantamañanas que hacen visitas guiadas a los paraísos comunistas, ha habido siempre, empezando por la URSS. Pero el caso cubano es más lacerante todavía, porque hoy es imposible ignorar lo que pasa.
Si no, pregúntenselo a algún turista canadiense, si encuentran alguno hoy, seguramente perdido por las destruidas calles de La Habana.