
No se perderán los secretos de la abuela, tituló Germaine Cousin-
Había celebrado recientemente el centenario y se marchó satisfecha de cumplir su aspiración de terminar en perfecto estado de salud y la mente lozana, según dan testimonio las entrevistas televisivas y los videos en que nunca cesó de transmitir conocimientos desde la tranquilidad de su chalet en las montañas de Val d´Hérens.
Allí escribió una vasta bibliografía sobre las tisanas, las cataplasmas, pomadas y compresas para combatir los dolores de muelas, las sinusitis y las crisis hepáticas, el sabor y las virtudes de las plantas silvestres, los licores y jarabes y la cocina y las sopas campesinas. Y, desde luego, una obrita primorosa sobre los poderes y las astucias de la luna en la sabiduría popular en el curso de los tiempos.
Germaine había conocido desde muy joven el valor de los remedios naturales y aprendió a reverenciarlos desde que un accidente de patinaje en su remoto rincón alpino, alejado de la asistencia médica, la obligó a guardar cama durante dos años y superar los pronósticos de invalidez por los masajes que su madre a base de tintura de árnica, aceite de millepertuis y astrágalo; p
Desde entonces comenzó a recopilar toda la información disponible de la boca de los vecinos y, en 1976, estimulada por su hijo, inició una carrera editorial hasta completar ocho títulos, indispensables ahora
Los suyos eran menjunges sencillos de origen montañés, como los que confió a un periodista francés, de un polvo a base de cáscaras de huevo, rico en carbonatos y fosfatos de calcio y magnesio y efectivo contra la artrosis y la osteoporosis por su contenido de colágeno, glucosamina y ácido hialurónico; una tisana de clavos de olor contra los problemas renales y prostáticos y un vino de perejil para la salud respiratoria.
Y, también, curas anti-colesterol a base de duraznos secos, de azafrán para reforzar la memoria, de limón y aceite de oliva contra la constipación, tintura de ajos para la flora intestinal y recetas con ortigas y bayas de enebro.
La abuela estaba convencida de que el secreto de su rozagante perennidad radicaba en las curas que siempre siguió en primavera y otoño, sin dieta particular ni restricciones a su afición al chocolate con leche, y al dinamismo que la llevó, a una edad en que la mayoría cuelga los guantes, a viajar con frecuencia en giras divulgativas y financiar con el beneficio de los libros un centro de salud en la vecindad de Saint-Martin, el pueblecito natal donde ha sido sepultada con los honores de una merecida celebridad.
Varsovia, enero de 2026




