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Yoani Sánchez: Cuando la vida cuelga de un traficante de personas

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Terminal 3 del Aeropuerto Internacional José Martí, La Habana

La señal wifi apenas logra traspasar el cristal. La red inalámbrica de acceso internet del Aeropuerto Internacional José Martí en La Habana solo cubre el área de embarque. Pero una mujer pega todo su cuerpo al vidrio opaco que la separa de la zona de viajeros para comunicarse con el traficante de personas que retiene a su hija en México.

Durante media hora la señora desgrana su desespero. “No tengo ese dinero, si lo tuviera lo mandaba ahora mismo”, ruega a través de IMO. La videoconferencia se corta varias veces por la mala calidad de la conexión. Al otro lado, la voz de un hombre repite, sin ceder: “Trescientos dólares para que pueda regresar el martes”.

La mujer se seca las lágrimas y pide sin éxito una rebaja. Cerca de ella la empleada que limpia el baño pasa arrastrando con desgano un carrito con escobillones. Un oficial de aduana camina absorto y finge no escuchar el inquietante pedido que se proyecta hacia la pantalla del teléfono: “No me la vayan a matar, no me la vayan a matar”.

Durante media hora la señora desgrana su desespero. “No tengo ese dinero, si lo tuviera lo mandaba ahora mismo”, ruega a través de IMO.

La escena ocurre en un espacio atestado de gente, la mayoría son pasajeros que tomarán un vuelo trasatlántico o de la nueva ruta comercial a Estados Unidos, también hay familiares o amigos que han venido a despedirlos. Nadie da señales de escuchar el drama que se desarrolla a pocos metros.

Un turista bebe una cerveza de un tirón justo en el momento en que la mujer le pide al hombre una media hora para “reunir el dinero”. Empieza la carrera contra reloj. Llama a varios contactos de la agenda de IMO, pero al menos los primeros cuatro no responden. Al otro lado una voz chillona dice “Aló”, en el quinto intento.

“Necesito un favor muy grande, no me puedes decir que no”, alcanza a balbucear la señora. Pero la cabeza que se ve en la pantalla se mueve de un lado a otro. “¿Estás loca? ¿Y si después que pagas ese dinero no la sueltan?”, agrega la voz. La tensión hace temblar la mano que sostiene el móvil y la nieta, que ha venido acompañándola, la ayuda a sostener el dispositivo.

Varias llamadas más y el dinero no aparece. Finalmente una voz grave responde que sí, que puede prestar la cantidad si la señora lo entrega “en dos plazos” a su hermana en La Habana. La madre se compromete, asegura que podrá “devolver cada centavo”, aunque suena a fórmula para salir del aprieto. El hombre le cree.

Ahora deben ajustar los detalles. La secuestrada no tiene cuenta bancaria pero la madre enviará los datos de “a dónde hay que mandar el dinero”. Es la manera en que los secuestradores recopilan el pago. Solo entonces le permitirán tomar un vuelo desde Cancún a La Habana, o al menos eso han prometido.

Varias llamadas más y el dinero no aparece. Finalmente una voz grave responde que sí, que puede prestar la cantidad si la señora lo entrega “en dos plazos” a su hermana en La Habana

A mediados del pasado año las autoridades mexicanas desactivaron una red de tráfico de indocumentados provenientes de Cuba que operaba en esa área turística del Estado de Quintana Roo. El fin de la política de pies secos/pies mojados en enero pasado ha dejado a muchos migrantes en mano de los coyotes,  que no dudan en recurrir a la extorsión para compensar la reducción del flujo de cubanos y, por ende, la merma de sus ganancias.

La señal wifi se pierde del todo, pero la madre se siente más aliviada. “Ella iba en un grupo grande, eran como 20 personas”, le dice a la nieta. Un cálculo sencillo permite sumar cuánto ganarán los captores al “liberar” a todos su retenidos.

Nada termina con la entrega del dinero. “Ella se va a querer ir otra vez”, concluye la mujer nada más colgar la última videoconferencia. “Yo no puedo aguantarla aquí, no puedo”, repite mientras camina hacia la escalera eléctrica repletas de turistas sonrientes y bronceados.

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