Democracia y PolíticaPolítica

Zakaria: El populismo en auge

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El Primer Ministro griego  Alexis Tsipras en Atenas, enero 2015.

POR QUÉ EL OCCIDENTE ESTÁ EN PROBLEMAS

Admiradores y críticos de Donald Trump probablemente estaría de acuerdo en una cosa: él es diferente. Una de sus principales partidarios republicanos, Newt Gingrich, lo describe como una «experiencia única, extraordinaria.» Y, por supuesto, de alguna manera, su celebridad, su flexibilidad con los hechos, hacen a Trump una personalidad inusual. Pero en un sentido importante, no lo es: Trump es parte de un amplio resurgimiento populista que atraviesa el mundo occidental. Se puede observar en países con circunstancias muy diversas, desde la próspera Suecia a una Grecia en crisisEn la mayoría, el populismo sigue siendo un movimiento de oposición, a pesar de que está creciendo en fuerza; en otros, como Hungría, ahora es la ideología reinante. Pero en casi todas partes, el populismo ha captado la atención del público.

¿Qué es el populismo? En realidad significa diferentes cosas para diferentes grupos, pero todas las versiones comparten una sospecha y hostilidad hacia las élites, la política convencional, y las instituciones establecidas. El populismo se ve a sí mismo como hablando por la persona «normal», olvidada y, a menudo se considera la voz del verdadero patriotismo. «El único antídoto a décadas de gobierno ruinoso por causa de un pequeño puñado de élites es una infusión audaz de voluntad popular. En todos los asuntos importantes que afectan a este país, la gente tiene la razón y la élite gobernante está equivocada», escribió Trump en The Wall Street Journal en abril de 2016. Norbert Hofer, quien llevó a cabo una campaña presidencial en 2016 bajo el lema “Austria Primero”, explicó a su oponente -convenientemente, un ex profesor- «usted tiene la haute volée [la alta sociedad] detrás de usted; Yo tengo a la gente».

Históricamente, el populismo ha llegado en variantes de izquierda y de derecha, y ambas están floreciendo hoy, desde Bernie Sanders a Trump, y de Syriza, el partido de izquierda actualmente en el poder en Grecia, al Frente Nacional, en Francia. Pero el populismo de izquierda hoy no es ni distintivo ni particularmente desconcertante. Los países occidentales han tenido durante mucho tiempo una extrema izquierda crítica de los principales partidos de izquierda por estar estos últimos demasiado orientados hacia el mercado y ser complacientes con las grandes empresas. Al final de la Guerra Fría, los partidos de centro-izquierda se movieron mucho más hacia el centro – pensemos en Bill Clinton en los Estados Unidos y Tony Blair en el Reino Unido -; así, se produjo una brecha que podría ser llenada por los populistas. Esa brecha se mantuvo vacía, sin embargo, hasta la crisis financiera de 2007-2008. La recesión subsiguiente causó que miles de hogares en los Estados Unidos perdieran billones de dólares de riqueza, y el desempleo, que en países como Grecia y España alcanzó un 20 por ciento o más, al día de hoy no se ha reducido significativamente. No es de extrañar entonces que tras la peor crisis económica desde la Gran Depresión la izquierda populista experimentase un enérgico crecimiento.

La agenda de la nueva izquierda no es tan diferente a la de la vieja izquierda. En todo caso, en muchos países europeos, los partidos populistas de izquierda están ahora más cerca del centro que hace 30 años. Syriza, por ejemplo, no es tan socialista como lo fue el principal partido socialista griego, el PASOK, en las décadas de 1970 y 1980. En el poder, Syriza ha implementado reformas de mercado y políticas de austeridad, una agenda con sólo ligeras variaciones con la del partido de gobierno que le precedió. Si Podemos, versión española de Syriza, llegase al poder -ganó sólo un 20 por ciento de los votos en las últimas elecciones – probablemente se encontraría en una posición similar.

Partidos populistas de derecha, por el contrario, están experimentando un nuevo y sorprendente crecimiento en un país tras otro por toda Europa. El Frente Nacional de Francia está en condiciones de alcanzar la segunda vuelta en las elecciones presidenciales del próximo año. El Partido de la Libertad en Austria, estuvo a punto de ganar la presidencia este año y aún podría, ya que la ronda final de la elección fue anulada y reprogramada para diciembre. No todos los países han sucumbido a la tentación. España, con su historia reciente de una dictadura de derecha, ha mostrado poco interés en este tipo de partidos. Pero Alemania, un país que ha luchado con su historia de extremismos más que cualquier otro, tiene ahora un partido populista de derecha, Alternativa para Alemania, creciendo en fuerza. Y, por supuesto, está Trump. Mientras que muchos estadounidenses creen que Trump es un fenómeno singular, representativo de una agenda de poca duración, la acumulación de evidencias sugiere lo contrario. El politólogo Justin Gest adaptó la plataforma básica del ultraderechista Partido Nacional Británico y le preguntó a grupos de americanos blancos si apoyarían un partido dedicado a «detener la inmigración masiva, que proporcionase puestos de trabajo estadounidenses a los trabajadores estadounidenses, la preservación de la herencia cristiana de América y acabar con la amenaza de Islam. «Sesenta y cinco por ciento de los encuestados dijeron que lo harían. El trumpismo, concluyó Gest, sobreviviría a Trump.

¿POR QUÉ OCCIDENTE Y POR QUÉ AHORA?

En la búsqueda de las fuentes del nuevo populismo, se debe seguir el consejo de Sherlock Holmes y prestar atención al perro que no ladró. El populismo está en gran medida ausente de Asia, incluso en las economías avanzadas de Japón y Corea del Sur. Está en retroceso en América Latina, donde los populistas de izquierda en Argentina, Bolivia, Venezuela destruyeron a sus países durante la última década. En Europa, sin embargo, no sólo se ha producido un aumento constante y fuerte en casi todas partes, sino que las raíces son más profundas de lo que cabría imaginarse. En un trabajo de investigación importante para la Escuela Kennedy de Gobierno de Harvard, Ronald Inglehart y Pippa Norris calculan que desde la década de 1960 los partidos populistas de derecha han duplicado su porcentaje de votos en los países europeos y los populistas de izquierda han tenido un aumento multiplicado por cinco. En la segunda década de este siglo, el porcentaje promedio de parlamentarios de los partidos populistas de derecha se ha elevado a 13,7 por ciento, con un 11,5 por ciento para los de izquierda.

Los hallazgos más sorprendentes del trabajo muestran la decadencia de la economía como el pivote de la política. La manera en que la política es vista en la actualidad todavía está conformada por la básica división izquierda-derecha del siglo XX. Los partidos de izquierda han estado siempre asociados con un aumento de los gastos del gobierno, un estado de bienestar más grande, y regulaciones sobre los negocios. Los partidos de derecha han ofrecido un gobierno limitado, un menor número de redes de seguridad, y más políticas liberales. Los patrones de voto tradicionalmente reforzaban esta división ideológica, con la clase obrera optando por la izquierda y el centro y las clases altas por la derecha. El ingreso era por lo general el mejor pronosticador de las decisiones políticas de una persona.

Una convergencia de la política económica ha contribuido a una situación en la que la diferencia fundamental entre la izquierda y la derecha es cultural.

Inglehart y Norris señalan que este patrón de votación se ha ido desvaneciendo durante décadas. «En la década de 1980», escriben, «el voto de clase cayó a los niveles más bajos jamás registrados en Gran Bretaña, Francia, Suecia y Alemania Occidental. . . . En los EE.UU., descendió tanto [en la década de 1990] que prácticamente no hay espacio para un mayor declive. «Hoy en día, la situación económica de un americano es un mal pronosticador de sus preferencias de voto. Sus puntos de vista sobre cuestiones sociales, por ejemplo, el matrimonio del mismo sexo, son una guía mucho más precisa acerca de si él o ella apoyará a los republicanos o los demócratas. Inglehart y Norris también analizaron las plataformas partidistas recientes y encontraron que desde la década de 1980 los problemas económicos se han vuelto menos importantes. Temas no económicos, tales como los relacionados con el género, la raza o el medio ambiente han aumentado considerablemente en importancia.

¿Qué puede explicar este giro, y por qué ocurre casi en su totalidad en el mundo occidental? Europa y América del Norte incluyen países con muy diversas condiciones económicas, sociales y políticas. Pero se enfrentan a un desafío común: la paralización económica. A pesar de la variedad de políticas económicas que han adoptado, todos los países occidentales han visto una caída en el crecimiento desde la década de 1970. Ha habido breves momentos de auge, pero el giro secular es real, incluyendo a los Estados Unidos. ¿Qué podría explicar esta disminución? En su reciente libro, La subida y la caída de las naciones, Ruchir Sharma señala que una tendencia amplia, como sucede con este estancamiento, debe tener asimismo una causa igualmente extensa. Él identifica un factor por encima de todos: la demografía. Los países occidentales, desde los Estados Unidos a Polonia, de Suecia a Grecia, han visto una disminución en sus tasas de fertilidad. El grado varía, pero en todas partes las familias son más pequeñas, menos trabajadores están entrando en la fuerza de trabajo, y las filas de los jubilados se amplían cada año. Esto tiene un impacto fundamental y negativo en el crecimiento económico.

Dicho crecimiento más lento se acopla con los desafíos vinculados a la nueva economía global. La globalización está ahora generalizada y arraigada, y los mercados de Occidente son (en términos generales) los más abiertos del mundo. Las mercancías pueden ser fácilmente fabricadas en economías con salarios más bajos y enviadas a las más avanzadas industrialmente. Mientras que el efecto del aumento del comercio mundial es positivo para las economías en su conjunto, algunos sectores específicos son dañados, y grandes franjas de trabajadores no calificados y semicalificados se encuentran desempleados o subempleados.

Otra tendencia que se está abriendo camino en el mundo occidental es la revolución de la información. Este no es el lugar para debatir si las nuevas tecnologías están aumentando la productividad. Baste decir, que refuerzan los efectos de la globalización y, en muchos casos, logran – incluso más que el comercio – que ciertos tipos de puestos de trabajo se vuelvan obsoletos. Tomemos, por ejemplo, las nuevas y maravillosas tecnologías aplicadas por empresas como Google y Uber que están haciendo posibles los coches sin conductor. Cualesquiera que sean los otros efectos de esta tendencia, no puede ser positivo para los más de tres millones de estadounidenses que son conductores profesionales de camiones. (El trabajo más extendido para un varón estadounidense actual es conducir un coche, autobús o camión, como ha señalado Derek Thompson, de la revista “The Atlantic”.)

El reto final es fiscal. Casi todos los países occidentales enfrentan una gran carga fiscal. La proporción neta de deuda-PIB de la Unión Europea en 2015 fue del 67 por ciento. En los Estados Unidos, fue de un 81 por ciento. Estos números no son paralizantes, pero sí imponen limitaciones en la capacidad de los gobiernos para actuar. Las deudas tienen que ser financiadas, y como los gastos generados por los ancianos a través de las pensiones y la atención sanitaria aumentarán, la carga de la deuda se disparará aún más. Si un camino seguro hacia un mayor crecimiento es la inversión – mediante el gasto en infraestructura, educación, ciencia y tecnología – esta ruta se hace más difícil por las cada vez mayores cargas fiscales creadas por el envejecimiento de la población.

Estas limitaciones relacionadas con la demografía, la globalización, la tecnología y los presupuestos, implican que los políticos tienen un conjunto limitado de opciones entre las que elegir. Las soluciones sensatas a los problemas de las economías avanzadas en estos días son inevitablemente una serie de esfuerzos dirigidos a que mejoren colectivamente las cosas: más inversiones, mejor capacitación de los trabajadores, reformas de la asistencia sanitaria. Pero este incrementalismo produce una profunda sensación de frustración entre muchos votantes que quieren soluciones más dramáticas, y un líder audaz y decisivo dispuesto a decretarlas. En los Estados Unidos y en otros países existe un creciente apoyo hacia uno de esos líderes, que incluso haga caso omiso de los controles y equilibrios de la democracia liberal.

DE LA ECONOMÍA A LA CULTURA

En parte debido a la diversidad de fuerzas actuantes en la economía mundial, se ha producido una convergencia de las políticas económicas en todo el mundo en las últimas décadas. En la década de 1960, la diferencia entre la izquierda y la derecha era enorme, con la izquierda en busca de nacionalizar industrias enteras y la derecha tratando de sacar al gobierno de la economía. Cuando François Mitterrand llegó al poder en Francia en la década de 1980, por ejemplo, se promulgaron políticas que eran fácilmente identificables como socialistas, mientras que Margaret Thatcher y Ronald Reagan buscaron reducir los impuestos, privatizar industrias y servicios públicos, y desregular radicalmente el sector privado.

El final de la Guerra Fría desacreditó al socialismo en todas sus formas, y los partidos de izquierda de todo el mundo se trasladaron al centro, logrando un mayor éxito Clinton en los Estados Unidos y Blair en el Reino Unido. Y aunque los políticos de la derecha siguen defendiendo las políticas del laissez-faire, lo hacen en forma más bien teórica. En el poder, sobre todo después de la crisis financiera global, los conservadores se han acomodado a la economía mixta, como la izquierda liberal lo ha hecho con el mercado. Hay una real diferencia entre las políticas de Blair y David Cameron, pero en una perspectiva histórica es más bien marginal. Los planes económicos de Trump, por su parte, incluyen un gasto masivo en infraestructura, aranceles elevados, y nuevos derechos para las madres trabajadoras. Ha empleado la retórica habitual sobre la eliminación de regulaciones e impuestos, pero lo que en realidad ha prometido – sin contar con lo que realmente pueda lograr – ha sido menos diferente de la agenda de Hillary Clinton de lo que uno podría suponer. De hecho, se ha jactado de que su programa en infraestructura sería dos veces mayor que el de ella.

Esta convergencia en la política económica ha contribuido a una situación en la que hoy la diferencia crucial entre la izquierda y la derecha es cultural. A pesar de lo que se oye a veces, la mayoría de los análisis de los votantes a favor de Brexit, Trump o los candidatos populistas en toda Europa, encuentran que los factores económicos (como el aumento de la desigualdad o los efectos del comercio) no son los motores más potentes de su apoyo. Son los valores culturales. El cambio comenzó, como Inglehart y Norris destacan, en la década de 1970, cuando los jóvenes abrazaron una política posmaterialista centrada en la auto-expresión y en cuestiones relacionadas con el género, la raza y el medio ambiente. Asimismo desafiaron la autoridad, las instituciones y las normas establecidas, y tuvieron grandes éxitos en la introducción de nuevas ideas y en un reencuentro de la política y la sociedad. Pero también produjeron una contra-reacción. La generación de más edad, especialmente los hombres, quedó traumatizada por lo que consideró un asalto a la civilización y a unos valores muy apreciados y con los que había crecido. Estas personas comenzaron a votar a los partidos y candidatos que ellos creían que, por encima de todo, mantendrían a raya a estas fuerzas de cambio cultural y social.

En Europa, ello condujo a la aparición de nuevos partidos. En los Estados Unidos, significó que los republicanos comenzaron a votar más con base en estas cuestiones culturales y no en los temas económicos. El Partido Republicano había mantenido una incómoda coalición de grupos dispares por décadas, generando una fusión entre conservadores culturales y económicos y halcones en política exterior. Pero entonces los demócratas de Clinton se trasladaron al centro, con lo que muchos profesionales y trabajadores de cuello blanco ingresaron al partido. Los obreros blancos, por el contrario, se encontraron cada vez más alejados de los demócratas cosmopolitas y más cómodos con un Partido Republicano que prometía reflejar sus valores en tres temas concretos: Armas, Dios y Homosexuales (Nota del traductor: en inglés, las tres “G”: Guns, God and Gays”). En el primer mandato del presidente Barack Obama, un nuevo movimiento, el Tea Party, surgió por la derecha, al parecer como reacción a los esfuerzos de rescate del gobierno como consecuencia de la crisis financiera. Un estudio exhaustivo llevado a cabo por Theda Skocpol y Vanessa Williamson, basado en entrevistas realizadas a cientos de seguidores del Tea Party,  llegó a la conclusión de que sus motivaciones básicas no eran de tipo económico sino cultural. A medida que la virulenta hostilidad hacia Obama lo ha mostrado, la raza también juega un papel en esta reacción cultural.

Durante unos pocos años más, el establishment conservador en Washington siguió centrado en la economía, sobre todo porque sus más importantes patrocinadores financieros tendían hacia posturas libertarias. Pero detrás del escenario, la brecha entre el partido y su base fue creciendo, y el éxito de Trump ha traído esa división a la luz pública. El genio político de Trump fue darse cuenta de que muchos votantes republicanos no eran atraídos por el evangelio partidista en defensa del libre comercio, los bajos impuestos, la desregulación y la reforma de las prestaciones, sino que respondían bien a un llamado diferente, basado en miedos culturales y el sentimiento nacionalista.

NACIÓN CONTRA MIGRACIÓN

Como era de esperar, el tema inicialmente más importante que Trump explotó fue la inmigración. En muchos otros temas sociales, como los derechos de los homosexuales, muchos populistas de derecha están divididos y reconocen que la tendencia va en contra de ellos. Pocos políticos conservadores abogan hoy por la repenalización de la homosexualidad, por ejemplo. Pero la inmigración es un tema explosivo en el que los populistas están unidos, y se oponen a sus elitescos antagonistas.

Hay una realidad detrás de la retórica, porque de hecho estamos viviendo en una era de migraciones masivas. El mundo se ha transformado por la globalización de los bienes, los servicios y la información, todo lo cual ha producido su parte de dolor y rechazo. Pero ahora estamos viviendo la globalización de la gente, y la reacción del público hacia ella es más fuerte, más visceral y más emocional. Los países occidentales han llegado a comprender y aceptar el flujo de productos extranjeros, de las ideas, el arte y la cocina, pero están mucho menos dispuestos a entender y aceptar la llegada de extranjeros, y hoy en día éstos últimos son muchos.

La inmigración es la última frontera de la globalización.

Durante buena parte de la historia humana, las personas vivían, viajaban, trabajaban y fallecían a pocas millas de su lugar de nacimiento. No obstante, en las últimas décadas las sociedades occidentales han sido testigos de una gran afluencia de personas de diferentes países y de culturas exóticas. En 2015 hubo alrededor de 250 millones de migrantes internacionales y 65 millones de personas desplazadas por la fuerza en todo el mundo. Europa ha recibido la mayor parte, 76 millones de inmigrantes, y es el continente con una mayor ansiedad. Esta última está demostrando ser una mejor guía para la decisión de los votantes que cuestiones como la desigualdad o el crecimiento lento. Como contraejemplo, consideremos a Japón. El país ha tenido 25 años de crecimiento lento y envejece más rápido que otros, pero no ha recibido muchos inmigrantes y, como consecuencia, no ha sufrido la fiebre populista.

Los niveles de ansiedad del público no están directamente relacionados con el número total de inmigrantes en un país o incluso con su concentración en diferentes áreas, y las encuestas muestran algunos resultados sorprendentes. Los franceses, por ejemplo, están relativamente menos preocupados por la posible relación entre los refugiados y el terrorismo que otros europeos, y las actitudes negativas hacia los musulmanes han caído sustancialmente en Alemania durante la última década. Aún así, parece haber una correlación entre los temores del público y el ritmo de la inmigración. Esto sugiere que el elemento fundamental en la combinación es la política: los países donde los políticos tradicionales han fracasado en escuchar o responder a las preocupaciones de los ciudadanos han visto crecer el populismo, impulsado por políticos recién llegados, que avivan el miedo y el prejuicio latentes. Por el contrario, aquellos países que han logrado una mejor integración de la inmigración, y han contado con un liderazgo comprometido, confidente y práctico, no han visto un aumento de la cólera popular. Canadá es el modelo a seguir en este sentido, con un gran número de inmigrantes y un buen número de refugiados, pero poca protesta.

Es una realidad que los populistas a menudo han distorsionado o incluso inventado hechos con el fin de demostrar sus razones. En los Estados Unidos, por ejemplo, la inmigración neta de ciudadanos mexicanos ha sido negativa durante varios años. En lugar de que el problema de la inmigración ilegal esté creciendo, en realidad se está reduciendo. Los defensores del Brexit, de manera similar, utilizaron estadísticas engañosas o directamente falsas para asustar al público. Sin embargo, sería erróneo descartar el problema diciendo que es simplemente un invento de demagogos (en vez de simplemente explotados por ellos). El número de inmigrantes que están ingresando en muchos países europeos es históricamente alto. En los Estados Unidos, el porcentaje de estadounidenses que nacieron en el extranjero aumentó de menos del cinco por ciento en 1970 a casi el 14 por ciento en la actualidad. Y el problema de la inmigración ilegal a los Estados Unidos sigue siendo real, a pesar de que ha disminuido recientemente. En muchos países, los sistemas diseñados para gestionar la inmigración y proporcionar servicios para su integración se han venido abajo. Y sin embargo, con demasiada frecuencia, los gobiernos se han negado a solucionarlos, ya sea por intereses económicos poderosos que se benefician de la mano de obra barata o porque las autoridades temen aparecer como indiferentes o xenófobos.

La inmigración es la última frontera de la globalización. Es molesta y perturbadora porque, como consecuencia de ella, la gente no se vincula con objetos o abstracciones: se encuentra cara a cara con otros seres humanos, que lucen, suenan, y se sienten diferentes. Y esto puede dar lugar al miedo, el racismo y la xenofobia. Pero no toda reacción es nociva. Hay que reconocer que el ritmo de cambio puede moverse demasiado rápido para que la sociedad lo digiera. Las ideas de ruptura y de destrucción creativa han sido celebradas por tanto tiempo que es fácil olvidar que las personas que las sufren tienen que sentirlas de forma diferente.

Las sociedades occidentales tendrán que centrarse directamente sobre los peligros del cambio cultural demasiado rápido. Ello podría implicar algunos límites en la tasa de inmigración y sobre los tipos de inmigrantes que obtengan permiso para entrar. Debería implicar mayores esfuerzos y recursos dedicados a la integración y asimilación, así como mejores redes de seguridad. La mayoría de los países occidentales necesitan programas mucho más fuertes de readaptación profesional para los trabajadores desplazados, del tipo de la Ley GI (Nota del Traductor: la “GI Bill” fue una ley que benefició a decenas de miles de soldados norteamericanos al finalizar la Segunda Guerra Mundial, para que pudieran asimilarse a la sociedad tanto laboral como educativamente): fácilmente disponible para todos, con la participación del gobierno, el sector privado y las instituciones educativas. Se necesita también un mayor esfuerzo para explicar la realidad de la inmigración, con el fin de que la ciudadanía discuta hechos y no fobias. Pero al final, no hay sustituto para un liderazgo ilustrado, de esos que, en vez de hacerle el juego a los peores instintos de la gente, haga un llamamiento a sus mejores valores.

Con el tiempo, también cruzaremos esa frontera. La brecha más significativa en el tema de la inmigración es generacional. Los jóvenes son el grupo social menos ansioso o temeroso de los extranjeros. Ellos entienden que se enriquecen – económica, social y culturalmente – por vivir en países diversos y dinámicos. Dan por sentado que deben vivir en un mundo abierto y conectado, y ése es el futuro que buscan. El desafío para Occidente es asegurarse de que el camino hacia ese futuro no sea tan accidentado que provoque catástrofes en el trayecto.

Fareed Zakaria: escritor y periodista indio-estadounidense, especializado en temas de relaciones internacionales. Tiene una columna en el Washington Post. Es autor, entre otras obras, de The Future of Freedom: Illiberal Democracy at Home and Abroad. 

Traducción: Marcos Villasmil


NOTA ORIGINAL:

Foreign Affairs

Populism on the March

Why the West Is in Trouble

Fareed Zakaria

Donald Trump’s admirers and critics would probably agree on one thing: he is different. One of his chief Republican supporters, Newt Gingrich, describes him as a “unique, extraordinary experience.” And of course, in some ways—his celebrity, his flexibility with the facts—Trump is unusual. But in an important sense, he is not: Trump is part of a broad populist upsurge running through the Western world. It can be seen in countries of widely varying circumstances, from prosperous Sweden to crisis-ridden Greece. In most, populism remains an opposition movement, although one that is growing in strength; in others, such as Hungary, it is now the reigning ideology. But almost everywhere, populism has captured the public’s attention.

What is populism? It means different things to different groups, but all versions share a suspicion of and hostility toward elites, mainstream politics, and established institutions. Populism sees itself as speaking for the forgotten “ordinary” person and often imagines itself as the voice of genuine patriotism. “The only antidote to decades of ruinous rule by a small handful of elites is a bold infusion of popular will. On every major issue affecting this country, the people are right and the governing elite are wrong,” Trump wrote in The Wall Street Journal in April 2016. Norbert Hofer, who ran an “Austria first” presidential campaign in 2016, explained to his opponent—conveniently, a former professor—“You have the haute volée [high society] behind you; I have the people with me.”

Historically, populism has come in left- and right-wing variants, and both are flourishing today, from Bernie Sanders to Trump, and from Syriza, the leftist party currently in power in Greece, to the National Front, in France. But today’s left-wing populism is neither distinctive nor particularly puzzling. Western countries have long had a far left that critiques mainstream left-wing parties as too market-oriented and accommodating of big business. In the wake of the Cold War, center-left parties moved much closer toward the center—think of Bill Clinton in the United States and Tony Blair in the United Kingdom—thus opening up a gap that could be filled by populists. That gap remained empty, how­ever, until the financial crisis of 2007–8. The subsequent downturn caused households in the United States to lose trillions in wealth and led unemployment in countries such as Greece and Spain to rise to 20 percent and above, where it has remained ever since. It is hardly surprising that following the worst economic crisis since the Great Depression, the populist left experienced a surge of energy.

The new left’s agenda is not so different from the old left’s. If anything, in many European countries, left-wing populist parties are now closer to the center than they were 30 years ago. Syriza, for example, is not nearly as socialist as was the main Greek socialist party, PASOK, in the 1970s and 1980s. In power, it has implemented market reforms and austerity, an agenda with only slight variations from that of the governing party that preceded it. Were Podemos, Spain’s version of Syriza, to come to power—and it gained only about 20 percent of the vote in the country’s most recent election—it would probably find itself in a similar position.

Right-wing populist parties, on the other hand, are experiencing a new and striking rise in country after country across Europe. France’s National Front is positioned to make the runoff in next year’s presidential election. Austria’s Freedom Party almost won the presidency this year and still might, since the final round of the election was annulled and rescheduled for December. Not every nation has succumbed to the temptation. Spain, with its recent history of right-wing dictatorship, has shown little appetite for these kinds of parties. But Germany, a country that has grappled with its history of extremism more than any other, now has a right-wing populist party, Alternative for Germany, growing in strength. And of course, there is Trump. While many Americans believe that Trump is a singular phenomenon, representative of no larger, lasting agenda, accumulating evidence suggests otherwise. The political scientist Justin Gest adapted the basic platform of the far-right British National Party and asked white Americans whether they would support a party dedicated to “stopping mass immigration, providing American jobs to American workers, preserving America’s Christian heritage and stopping the threat of Islam.” Sixty-five percent of those polled said they would. Trumpism, Gest concluded, would outlast Trump.

WHY THE WEST, AND WHY NOW?

In searching for the sources of the new populism, one should follow Sherlock Holmes’ advice and pay attention to the dog that didn’t bark. Populism is largely absent in Asia, even in the advanced economies of Japan and South Korea. It is actually in retreat in Latin America, where left-wing populists in Argentina, Bolivia, and Venezuela ran their countries into the ground over the last decade. In Europe, however, not only has there been a steady and strong rise in populism almost everywhere, but it has deeper roots than one might imagine. In an important research paper for Harvard’s Kennedy School of Government, Ronald Inglehart and Pippa Norris calculate that since the 1960s, populist parties of the right have doubled their share of the vote in European countries and populists of the left have seen more than a fivefold increase. By the second decade of this century, the average share of seats for right-wing populist parties had risen to 13.7 percent, and it had risen to 11.5 percent for left-wing ones.

The most striking findings of the paper are about the decline of economics as the pivot of politics. The way politics are thought about today is still shaped by the basic twentieth-century left-right divide. Left-wing parties are associated with increased government spending, a larger welfare state, and regulations on business. Right-wing parties have wanted limited government, fewer safety nets, and more laissez-faire policies. Voting patterns traditionally reinforced this ideological divide, with the working class opting for the left and middle and upper classes for the right. Income was usually the best predictor of a person’s political choices.

A convergence in economic policy has contributed to a situation in which the crucial difference between the left and the right is cultural.

Inglehart and Norris point out that this old voting pattern has been waning for decades. “By the 1980s,” they write, “class voting had fallen to the lowest levels ever recorded in Britain, France, Sweden and West Germany. . . . In the U.S., it had fallen so low [by the 1990s] that there was virtually no room for further decline.” Today, an American’s economic status is a bad predictor of his or her voting preferences. His or her views on social issues—say, same-sex marriage—are a much more accurate guide to whether he or she will support Republicans or Democrats. Inglehart and Norris also analyzed party platforms in recent decades and found that since the 1980s, economic issues have become less important. Noneconomic issues—such as those related to gender, race, the environment—have greatly increased in importance.

What can explain this shift, and why is it happening almost entirely in the Western world? Europe and North America include countries with widely varying economic, social, and political conditions. But they face a common challenge—economic stasis. Despite the variety of economic policies they have adopted, all Western countries have seen a drop-off in growth since the 1970s. There have been brief booms, but the secular shift is real, even including the United States. What could account for this decline? In his recent book, The Rise and Fall of Nations, Ruchir Sharma notes that a broad trend like this stagnation must have an equally broad cause. He identifies one factor above all others: demographics. Western countries, from the United States to Poland, Sweden to Greece, have all seen a decline in their fertility rates. The extent varies, but everywhere, families are smaller, fewer workers are entering the labor force, and the ranks of retirees swell by the year. This has a fundamental and negative impact on economic growth.

That slower growth is coupled with challenges that relate to the new global economy. Globalization is now pervasive and entrenched, and the markets of the West are (broadly speaking) the most open in the world. Goods can easily be manufactured in lower-wage economies and shipped to advanced industrial ones. While the effect of increased global trade is positive for economies as a whole, specific sectors get battered, and large swaths of unskilled and semiskilled workers find themselves unemployed or underemployed.

Another trend working its way through the Western world is the information revolution. This is not the place to debate whether new technologies are raising productivity. Suffice it to say, they reinforce the effects of globalization and, in many cases, do more than trade to render certain kinds of jobs obsolete. Take, for example, the new and wondrous technologies pursued by companies such as Google and Uber that are making driverless cars possible. Whatever the other effects of this trend, it cannot be positive for the more than three million Americans who are professional truck drivers. (The most widely held job for an American male today is driving a car, bus, or truck, as The Atlantic’s Derek Thompson has noted.)

The final challenge is fiscal. Almost every Western country faces a large fiscal burden. The net debt-to-GDP ratio in the European Union in 2015 was 67 percent. In the United States, it was 81 percent. These numbers are not crippling, but they do place constraints on the ability of governments to act. Debts have to be financed, and as expenditures on the elderly rise through pensions and health care, the debt burden will soar. If one secure path to stronger growth is investment—spending on infrastructure, education, science, and technology—this path is made more difficult by the ever-growing fiscal burdens of an aging population.

These constraints—demographics, globalization, technology, and budgets—mean that policymakers have a limited set of options from which to choose. The sensible solutions to the problems of advanced economies these days are inevitably a series of targeted efforts that will collectively improve things: more investments, better worker retraining, reforms of health care. But this incrementalism produces a deep sense of frustration among many voters who want more dramatic solutions and a bold, decisive leader willing to decree them. In the United States and elsewhere, there is rising support for just such a leader, who would dispense with the checks and balances of liberal democracy.

rtr4msyi

Greek Prime Minister Alexis Tsipras in Athens, January 2015.

FROM ECONOMICS TO CULTURE

In part because of the broader forces at work in the global economy, there has been a convergence in economic policy around the world in recent decades. In the 1960s, the difference between the left and the right was vast, with the left seeking to nationalize entire industries and the right seeking to get the government out of the economy. When François Mitterrand came to power in France in the early 1980s, for example, he enacted policies that were identifiably socialist, whereas Margaret Thatcher and Ronald Reagan sought to cut taxes, privatize industries and government services, and radically deregulate the private sector.

The end of the Cold War discredited socialism in all forms, and left-wing parties everywhere moved to the center, most successfully under Clinton in the United States and Blair in the United Kingdom. And although politicians on the right continue to make the laissez-faire case today, it is largely theoretical. In power, especially after the global financial crisis, conservatives have accommodated themselves to the mixed economy, as liberals have to the market. The difference between Blair’s policies and David Cameron’s was real, but in historical perspective, it was rather marginal. Trump’s plans for the economy, meanwhile, include massive infrastructure spending, high tariffs, and a new entitlement for working mothers. He has employed the usual rhetoric about slashing regulations and taxes, but what he has actually promised—let alone what he could actually deliver—has been less different from Hillary Clinton’s agenda than one might assume. In fact, he has boasted that his infrastructure program would be twice as large as hers.

This convergence in economic policy has contributed to a situation in which the crucial difference between the left and the right today is cultural. Despite what one sometimes hears, most analyses of voters for Brexit, Trump, or populist candidates across Europe find that economic factors (such as rising inequality or the effects of trade) are not the most powerful drivers of their support. Cultural values are. The shift began, as Inglehart and Norris note, in the 1970s, when young people embraced a postmaterialist politics centered on self-expression and issues related to gender, race, and the environment. They challenged authority and established institutions and norms, and they were largely successful in introducing new ideas and recasting politics and society. But they also produced a counterreaction. The older generation, particularly men, was traumatized by what it saw as an assault on the civilization and values it cherished and had grown up with. These people began to vote for parties and candidates that they believed would, above all, hold at bay these forces of cultural and social change.

In Europe, that led to the rise of new parties. In the United States, it meant that Republicans began to vote more on the basis of these cultural issues than on economic ones. The Republican Party had lived uneasily as a coalition of disparate groups for decades, finding a fusion between cultural and economic conservatives and foreign policy hawks. But then, the Democrats under Clinton moved to the center, bringing many professionals and white-collar workers into the party’s fold. Working-class whites, on the other hand, found themselves increasingly alienated by the cosmopolitan Democrats and more comfortable with a Republican Party that promised to reflect their values on “the three Gs”—guns, God, and gays. In President Barack Obama’s first term, a new movement, the Tea Party, bubbled up on the right, seemingly as a reaction to the government’s rescue efforts in response to the financial crisis. A comprehensive study by Theda Skocpol and Vanessa Williamson, however, based on hundreds of interviews with Tea Party followers, concluded that their core motivations were not economic but cultural. As the virulent hostility to Obama has shown, race also plays a role in this cultural reaction.

For a few more years, the conservative establishment in Washington remained focused on economics, not least because its most important financial supporters tended toward libertarianism. But behind the scenes, the gap between it and the party’s base was growing, and Trump’s success has brought that division into the open. Trump’s political genius was to realize that many Republican voters were unmoved by the standard party gospel of free trade, low taxes, deregulation, and entitlement reform but would respond well to a different appeal based on cultural fears and nationalist sentiment.

NATION VS. MIGRATION

Unsurprisingly, the initial and most important issue Trump exploited was immigration. On many other social issues, such as gay rights, even right-wing populists are divided and recognize that the tide is against them. Few conservative politicians today argue for the recriminalization of homosexuality, for instance. But immigration is an explosive issue on which populists are united among themselves and opposed to their elite antagonists.

There is a reality behind the rhetoric, for we are indeed living in an age of mass migration. The world has been transformed by the globalization of goods, services, and information, all of which have produced their share of pain and rejection. But we are now witnessing the globalization of people, and public reaction to that is stronger, more visceral, and more emotional. Western populations have come to understand and accept the influx of foreign goods, ideas, art, and cuisine, but they are far less willing to understand and accept the influx of foreigners themselves—and today there are many of those to notice.

For the vast majority of human history, people lived, traveled, worked, and died within a few miles of their birthplace. In recent decades, however, Western societies have seen large influxes of people from different lands and alien cultures. In 2015, there were around 250 million international migrants and 65 million forcibly displaced people worldwide. Europe has received the largest share, 76 million immigrants, and it is the continent with the greatest anxiety. That anxiety is proving a better guide to voters’ choices than issues such as inequality or slow growth. As a counterexample, consider Japan. The country has had 25 years of sluggish growth and is aging even faster than others, but it doesn’t have many immigrants—and in part as a result, it has not caught the populist fever.

Levels of public anxiety are not directly related to the total number of immigrants in a country or even to the concentration of immigrants in different areas, and polls show some surprising findings. The French, for example, are relatively less concerned about the link between refugees and terrorism than other Europeans are, and negative attitudes toward Muslims have fallen substantially in Germany over the past decade. Still, there does seem to be a correlation between public fears and the pace of immigration. This suggests that the crucial element in the mix is politics: countries where mainstream politicians have failed to heed or address citizens’ concerns have seen rising populism driven by political entrepreneurs fanning fear and latent prejudice. Those countries that have managed immigration and integration better, in contrast, with leadership that is engaged, confident, and practical, have not seen a rise in populist anger. Canada is the role model in this regard, with large numbers of immigrants and a fair number of refugees and yet little backlash.

To be sure, populists have often distorted or even invented facts in order to make their case. In the United States, for example, net immigration from Mexico has been negative for several years. Instead of the illegal immigrant problem growing, in other words, it is actually shrinking. Brexit advocates, similarly, used many misleading or outright false statistics to scare the public. Yet it would be wrong to dismiss the problem as one simply concocted by demagogues (as opposed to merely exploited by them). The number of immigrants entering many European countries is historically high. In the United States, the proportion of Americans who were foreign-born increased from less than five percent in 1970 to almost 14 percent today. And the problem of illegal immigration to the United States remains real, even though it has slowed recently. In many countries, the systems designed to manage immigration and provide services for integrating immigrants have broken down. And yet all too often, governments have refused to fix them, whether because powerful economic interests benefit from cheap labor or because officials fear appearing uncaring or xenophobic.

Immigration is the final frontier of globalization. It is the most intrusive and disruptive because as a result of it, people are dealing not with objects or abstractions; instead, they come face-to-face with other human beings, ones who look, sound, and feel different. And this can give rise to fear, racism, and xenophobia. But not all the reaction is noxious. It must be recognized that the pace of change can move too fast for society to digest. The ideas of disruption and creative destruction have been celebrated so much that it is easy to forget that they look very different to the people being disrupted.

Western societies will have to focus directly on the dangers of too rapid cultural change. That might involve some limits on the rate of immigration and on the kinds of immigrants who are permitted to enter. It should involve much greater efforts and resources devoted to integration and assimilation, as well as better safety nets. Most Western countries need much stronger retraining programs for displaced workers, ones more on the scale of the GI Bill: easily available to all, with government, the private sector, and educational institutions all participating. More effort also needs to be devoted to highlighting the realities of immigration, so that the public is dealing with facts and not phobias. But in the end, there is no substitute for enlightened leadership, the kind that, instead of pandering to people’s worst instincts, appeals to their better angels.

Eventually, we will cross this frontier as well. The most significant divide on the issue of immigration is generational. Young people are the least anxious or fear­ful of foreigners of any group in society. They understand that they are enriched—economically, socially, culturally—by living in diverse, dynamic countries. They take for granted that they should live in an open and connected world, and that is the future they seek. The challenge for the West is to make sure the road to that future is not so rocky that it causes catastrophe along the way.

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