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Zapatero nos dejó Cataluña; Sánchez nos dejará Navarra

Más allá del tira y afloja entre PSOE y Podemos en torno a la investidura de Pedro Sánchez como presidente y sus contrapartidas, la realidad es que las posibilidades de que la tropa de Pablo Iglesias entre a formar parte del nuevo Gobierno socialista son muy altas. El señor marqués terminará saliéndose con la suya, porque en otro caso al PSOE no les salen los números. La investidura sería imposible sin Podemos, habida cuenta de la negativa de ERC a abstenerse. Con el apoyo de Podemos y del PNV, y con la abstención de EH Bildu, de donde se colige el extraordinario protagonismo, muy superior a los 4 escaños de que dispone, del grupo vasco heredero de los dueños de las pistolas, protagonismo llamado a iluminar toda la legislatura en tanto en cuanto Bildu volverá a ser esencial en septiembre, cuando, ya instalado en Moncloa, Sánchez presente en el Congreso su proyecto de PGE para 2020, verdadera prueba de fuego, cuya aprobación podría conseguir con el apoyo de Podemos, del PNV y la abstención, de nuevo, de Bildu. Como el viernes escribía aquí Alvaro Nieto, El PSOE pretende que los mismos partidos que invistan a Sánchez se comprometan a sacar adelante las cuentas públicas para 2020. Dos por el precio de uno.

La víctima es Navarra. El precio a pagar por el apoyo de PNV y la abstención de Bildu es Navarra. Lo hemos visto esta semana con la conformación de la mesa del Parlamento navarro y lo veremos muy pronto con la elección como nueva presidenta de la socialista María Chivite. El PSOE, en efecto, confirmó el miércoles su apuesta por la vía nacionalista en Navarra, sellando un pacto con Geroa Bai (la marca foral del PNV), para controlar el Parlamento regional, permitiendo la entrada a EH Bildu en la Mesa. La líder del Partido Socialista de Navarra (PSN) será la próxima presidenta de la comunidad a costa de echarse en brazos de nacionalistas vascos y bilduetarras. No ha querido explorar la vía constitucionalista y ni siquiera ha abierto un diálogo con UPN y el resto de partidos de Navarra Suma. La alegría de tantos en la noche electoral, al constatar la derrota del cuatripartito (Geroa Bai, Bildu, Podemos e IU) que sostenía a la presidenta Uxue Barkos, a manos de los constitucionalistas con 31 escaños sobre 50 (20 de Navarra Suma y 11 del PSN), ha quedado en nada. Por delante, cuatro años para ventilar Navarra de la euskaldunización forzosa y la manipulación de su historia y su cultura impuesta por el PNV y sus satélites. La señora Chivite se había distinguido durante la legislatura pasada por la dureza de sus denuncias contra las políticas de Barkos, de modo que tras los resultados del 26 de mayo todos esperaban que uniera fuerzas con el constitucionalismo para imprimir un giro drástico y acabar con el opio nacionalista. Bildu, sostenía Chivite antes del 26-M, era esa línea roja que ella no pensaba cruzar jamás. Lo acaba de hacer, y lo ha hecho utilizando la mediación del PNV.

La independencia es la obsesión de Bildu, de ahí la aberración de este encame del PSOE navarro con el movimiento abertzale

¿Qué ha pasado? Que Sánchez necesita los votos de ambos para ser investido. Ser presidente a costa de traicionar a esa mayoría del electorado que rechazó al bloque abertzale-podemita liderado por Barkos y dio un rotundo triunfo al constitucionalismo fuerista. ¿Qué precio está dispuesto a pagar Sánchez por esos apoyos? Parece evidente que después del destrozo causado en Cataluña por el separatismo, el PNV ha descartado esa vía por impracticable. Una aventura como la catalana sería una insensatez que pondría en peligro el régimen de partido único que, con la complicidad dolosa de Madrid, el PNV ha logrado implantar en un País Vasco, donde no se mueve una hoja sin el visto bueno de Urkullu y sus gentes. Nunca disfrutó la región del grado de bienestar alcanzado en los últimos años, que hasta las angulas han vuelto a la Tamborrada de San Sebastián después de mucho tiempo conformándonos con las modestas gulas. Mikel Legarda, número dos del grupo nacionalista en el Congreso y miembro de la ponencia que prepara el borrador del nuevo Estatuto Vasco, pretende una reforma capaz de conseguir aún mayor autonomía, aparentemente dentro de la Constitución –tensándola al máximo- y sin aventuras soberanistas. Pero no ha renunciado en modo alguno a la independencia, un objetivo que el nacionalismo catolicón de derechas vasco ha puesto en manos, como siempre, de los revoltosos hijos de perra de la extrema izquierda abertzale, que, como todo el mundo sabe, son nuestros hijos de perra.

 

 

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