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Somos las hijas de Jamal Khashoggi. Prometemos que su luz no se desvanecerá

Jamal Khashoggi era un hombre complejo, pero para nosotras, sus hijas, era simplemente «papá». Nuestra familia siempre ha estado orgullosa de su trabajo, y comprendíamos el asombro y la grandeza con que algunas personas lo veían. Pero en nuestras vidas, él era «Baba» – un hombre amoroso con un gran corazón. Eramos felices cuando nos llevaba todos los fines de semana a la librería. Nos encantaba hojear su pasaporte, descifrando nuevas ubicaciones a partir de páginas cubiertas con sellos de salida y entrada. Y disfrutábamos revisando  viejas revistas gastadas y recortes de periódicos que rodeaban su escritorio.

De niñas, también conocimos a nuestro padre como viajero. Su trabajo lo llevaba a todas partes, pero siempre volvía con regalos e historias fascinantes. Nos quedábamos despiertas por las noches preguntándonos dónde estaba y qué estaba haciendo, confiando en que no importaba cuánto tiempo estuviera fuera, lo veríamos de nuevo, con los brazos anchos, esperando un abrazo. A pesar de lo agridulce que era, sabíamos desde muy jóvenes que el trabajo de papá significaba que su alcance se extendía mucho más allá de nuestra familia, que él era un hombre importante cuyas palabras tenían un efecto en gente lejana.

A lo largo de nuestras vidas, era común que la gente nos parara en la calle para darle la mano a papá, diciéndole lo mucho que lo valoraban y apreciaban. Para muchos, nuestro padre era más que una figura pública – su trabajo había tocado sus vidas poderosamente y resonado personalmente. Y todavía lo hace.

Crecimos con el amor de nuestros padres por el conocimiento. Nos llevaron a innumerables museos y sitios históricos. Mientras conducía de Jiddah a Medina, Papá nos señalaba diferentes áreas y nos contaba su significado histórico. Se rodeaba de libros y siempre soñó con tener más. Y en todo lo que leía nunca discriminaba, absorbiendo completamente cada opinión. Su amor por los libros le enseñó a formar sus propios pensamientos. Él nos enseñó a hacer lo mismo.

Su vida fue una serie de giros inesperados, y nosotros compartimos esa senda. No mucha gente puede decir que los despidieron del mismo trabajo dos veces en unos pocos años, ya que papá era el editor en jefe del periódico Al-Watan. Pero no importaba lo que pasara, él era un optimista, viendo cada desafío como una nueva oportunidad.

Papá ciertamente tenía un lado pragmático, pero en sus sueños y ambiciones siempre estaba luchando por una versión utópica de la realidad. Esto, suponemos, es lo que inspiró su naturaleza crítica. Para él era de vital importancia hablar, compartir sus opiniones, tener discusiones sinceras. Y escribir no era sólo un trabajo; era una compulsión. Estaba arraigado en el núcleo de su identidad, y realmente lo mantenía vivo. Ahora, sus palabras mantienen su espíritu con nosotros, y estamos agradecidos por ello. Dicen: «He aquí un hombre que vivió la vida al máximo».

Cuando estuvimos en Virginia durante el Ramadán, papá nos mostró el mundo que había construido para sí mismo durante el año pasado. Nos presentó a unos amigos que le dieron la bienvenida y nos mostró los lugares que frecuentaba. Sin embargo, por muy cómodo que se sintiera en su entorno, todavía hablaba de cómo anhelaba ver su casa, su familia y sus seres queridos.

También nos contó sobre el día en que salió de Arabia Saudita, parado en la puerta de su casa, preguntándose si alguna vez regresaría. Porque así como papá se había creado una nueva vida en los Estados Unidos, lloraba por el hogar que había dejado. A lo largo de todas sus dificultades y sus viajes, nunca perdió la esperanza en su país. Porque, en realidad, papá no era un disidente. Si ser escritor estaba arraigado en su identidad, ser saudita era parte de esa misma veta.

Luego de los sucesos del 2 de octubre, nuestra familia visitó la casa de papá en Virginia. Lo más difícil fue ver su silla vacía. Su ausencia era ensordecedora. Podíamos verlo sentado allí, con gafas en la frente, leyendo o escribiendo a máquina. Mientras mirábamos sus pertenencias, sabíamos que había elegido escribir tan incansablemente con la esperanza de que cuando regresara al reino, podría ser un lugar mejor para él y para todos los sauditas.

Esto no es una apología, porque eso conferiría un estado de cierre. Más bien, esta es una promesa de que su luz nunca se desvanecerá, que su legado será preservado dentro de nosotros. Baba lo dijo mejor: «Algunos se van para quedarse», lo que parece cierto hoy en día. Nos sentimos bendecidas por haber sido criadas con su brújula moral, su respeto por el conocimiento y la verdad, y su amor.

Hasta que nos volvamos a encontrar en la próxima vida.

Traducción: Marcos Villasmil


NOTA ORIGINAL:

THE WASHINGTON POST

We are Jamal Khashoggi’s daughters. We promise his light will never fade.

Jamal Khashoggi was a complex man, but to us, his daughters, he was simply “Dad.” Our family has always been proud of his work, and we understood the awe and grandeur with which some people viewed him. But in our lives, he was “Baba” — a loving man with a big heart. We loved it when he took us every weekend to the bookstore. We loved looking through his passport, deciphering new locations from pages covered with exit and entry stamps. And we loved digging through the years of musty magazines and newspaper clippings that surrounded his desk.

As children, we also knew our father as a traveler. His work took him everywhere, but he always returned to us with gifts and fascinating stories. We would stay up nights wondering where he was and what he was doing, trusting that no matter how long he was gone, we would see him again, wide-armed, waiting for a hug. As bittersweet as it was, we knew from a young age that Dad’s work meant that his reach extended far beyond our family, that he was an important man whose words had an effect on people over a great distance.

Throughout our lives, it was common for people to stop us on the street to shake hands with Dad, telling him how much they valued and appreciated him. To many, our father was more than just a public figure — his work touched their lives powerfully and resonated with them personally. And it still does.

We grew up with our parents’ love of knowledge. They took us to countless museums and historical sites. While driving from Jiddah to Medina, Dad would point out different areas and tell us their historical significance. He surrounded himself with books and always dreamed of having more. And in all he read, he never discriminated, fully absorbing every opinion. His love of books taught him to form his own thoughts. He taught us to do the same.

His life was a series of unexpected twists and turns, and we were all on the same ride. Not many people can say they got fired from the same job twice a few years apart, as Dad was as the editor in chief of the Al-Watan newspaper. But no matter what happened, he was an optimist, seeing every challenge as a new opportunity.

Dad certainly had a pragmatic side, but in his dreams and ambitions, he was always striving for a utopian version of reality. This, we suppose, is what inspired his critical nature. It was vitally important to him to speak up, to share his opinions, to have candid discussions. And writing was not just a job; it was a compulsion. It was ingrained into the core of his identity, and it truly kept him alive. Now, his words keep his spirit with us, and we are grateful for that. They say, “Here was a man who truly lived life to the fullest.”

When we were in Virginia during Ramadan, Dad showed us the world he had built for himself over the past year. He introduced us to friends who welcomed him and showed us the places he frequented. Yet as comfortable as he had made his surroundings, he still spoke about how he longed to see his home, his family and his loved ones.

He also told us about the day he left Saudi Arabia, standing outside his doorstep, wondering if he would ever return. For while Dad had created a new life for himself in the United States, he grieved for the home he had left. Throughout all his trials and travels, he never abandoned hope for his country. Because, in truth, Dad was no dissident. If being a writer was ingrained in his identity, being a Saudi was part of that same grain.

After the events of Oct. 2, our family visited Dad’s home in Virginia. The hardest part was seeing his empty chair. His absence was deafening. We could see him sitting there, glasses on his forehead, reading or typing away. As we looked at his belongings, we knew he had chosen to write so tirelessly in the hopes that when he did return to the kingdom, it might be a better place for him and all Saudis.

This is no eulogy, for that would confer a state of closure. Rather, this is a promise that his light will never fade, that his legacy will be preserved within us. Baba said it best: “Some depart to remain,” which rings true today. We feel blessed to have been raised with his moral compass, his respect for knowledge and truth, and his love.

Until we meet again in the next life.

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