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ELECCIONES EEUU: La confrontación interna (I)

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I

Nunca es bueno para un sistema político que la mayor motivación para votar sea el “anti” y no el “por”. Que el cinismo, la impotencia o una triste resignación sustituyan a la ilusión a favor de una propuesta específica.

En las épocas de crisis, de reclamos y de incertidumbres –como la actual- donde las pasiones sobrepasan a las razones, los partidos políticos deben buscar opciones novedosas, tanto en el programa como en los candidatos. La suma de los medios de comunicación más las nuevas redes sociales en buena medida hacen que las ideas de fondo den paso a los lemas y a los candidatos-reality show, y que la búsqueda de esa rara avis a punto de extinción, el estadista, sea casi un imposible.

Ser estadista es ir siempre contracorriente, es no hacerse esclavo de los estudios de opinión, es decir lo que se debe decir y no lo que los asesores dicen que la gente quiere oír. Mala cosa su ausencia para estos tiempos de nubarrones y tormentas.

En cambio, vivimos tiempos muy felices para los demagogos.

Los votantes norteamericanos están a punto de enfrentar en noviembre una paradoja: Buscando líderes que hagan el esfuerzo supremo, con claridad de ideas, para superar el actual estancamiento y un crecientemente percibido cansancio democrático, todo parece indicar que es probable que los abanderados de los dos grandes partidos sean dos personas que no gozan de mucha popularidad en la población general, aquella que no participa en primarias ni se ubica en los extremos de la opinión. Pongamos el telescopio a cada partido, comenzando hoy con los republicanos.

II

Partido Republicano: una verdadera marabunta

Tradicionalmente, los republicanos se han caracterizado por ser un partido de militantes disciplinados; sean libertarios, moderados, neocons, conservadores fiscales o sociales, cada cuatro años, por esta época primaveral, los diversos grupos guardan sus respectivas banderas y se alinean en torno al candidato favorito para ganar la nominación presidencial, y pasan al modo de funcionamiento “ataque a los demócratas”.

Pero este año la situación es dramáticamente diferente. Hay un cuerpo extraño que está afectando muy negativamente el bien común partidista. Su nombre: Donald Trump.
6300215687.01.LZZZZZZZAsí como el chavismo quebró no solo la convivencia democrática venezolana, sino incluso relaciones familiares, el trumpismo amenaza con romper las relaciones políticas y personales en el Grand Old Party. Y es que el veneno demagógico, si no se le detiene a tiempo, no admite fronteras de ningún tipo. La llegada de Trump al GOP me recuerda una película con Charlton Heston y Eleanor Parker, de 1954, “The Naked Jungle” (Cuando ruge la marabunta), acerca de un ejército de hormigas depredadoras amazónicas que destruye todo a su paso, incluso la hacienda de cacao de Heston y su recientemente llegada novia Parker, quienes salvan la vida –y acaban con las hormigas- por los pelos.

“Por los pelos” puede decirse que está la situación de los líderes del partido republicano intentando parar al marabúntico Trump. Pero en ese camino, las relaciones internas han sufrido mucho. Y ello es así porque Trump no viene solo, viene muy acompañado, recordemos a ese grupo ultra-radical llamado “Tea Party”. Y un drama para los sectores moderados es que el rival que luce con único chance de poder parar al empresario es asimismo un favorito de los radicales: Ted Cruz.

Líderes del partido han confesado a algunos medios que hasta han perdido amistades de muchos años por el “caso Trump”. Y ello puede suceder cuando unos afirman razones (ideológicas por ejemplo), mientras otros solo ofrecen motivaciones o sentimientos (derrotar a los demócratas “como sea”).

Las diferencias en política, en especial la democrática, son normales e incluso deseables. El unanimismo tiene poco de republicano y mucho de totalitario. Pero cuando las diferencias llevan a rupturas, incluso entre personas que fueron aliadas por muchos años, hay que preocuparse. Un ejemplo muy público que ha sido citado en varios medios: Glenn Beck, conocido comentarista de televisión, de adscripción conservadora, era muy amigo de Sarah Palin. En 2010, Beck dijo que la exgobernadora de Alaska era “una de las pocas personas que podrían sacarnos del atolladero”; mientras, Palin afirmó en alguna ocasión que Beck “era un patriota inspirador”. Todo un torneo floral digno del Rotary Club. Pero como Beck está apoyando a Cruz, y Palin a Trump, ahora lo único que recuerdan el uno del otro es cuánto se detestan. Beck, que nunca podrá ser culpado de sindéresis, la llamó «un payaso». 

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Para un verdadero demócrata esta situación donde las pasiones sin control ni medida destruyen el diálogo es inaceptable.

Como destaca Peter Wehner, un miembro importante del “Ethics and Public Policy Center”, y que ha sido funcionario de las tres últimas administraciones republicanas, “Trump inspira una lealtad profunda entre sus seguidores, y rechazo entre sus críticos. Para algunos, es como una brisa de aire fresco: quizá algo áspero, pero una personalidad fuerte, de habla franca, y capaz de devolver la grandeza al país. Otros (incluyendo a Wehner), lo consideran emocionalmente inestable, sin principios, cruel e imprudente, el tipo de figura demagógica temida por los antiguos griegos y por los Padres Fundadores de los EEUU”.

Nadie ha puesto mayor presión en las relaciones de amistad y de compañerismo que Donald Trump. Precisamente por ello, se debe atacar fundamentalmente al demagogo, y no a sus seguidores, en el entendido que son múltiples las razones por las que lo siguen.

III

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El intelectual y escritor irlandés C. S. Lewis, en su libro “The Four Loves”, destaca que mientras que los amantes se miran cara a cara, los amigos están lado a lado, con intereses comunes, tratando de encontrar verdades compartibles. Pero cuando estas últimas se transforman en verdades competitivas, el distanciamiento, si no se presta la debida atención, puede hacerse inevitable.

Un hecho a señalar es que las mejores amistades sirven para que una persona ayude a la otra a crecer humanamente, incluyendo por supuesto el ayudarse a ver las cosas desde perspectivas diferentes, estableciendo nuevas formas de examinar la realidad. El cariño entre amigos no surge necesariamente porque compartan visiones iguales, lo que exige es que se respeten las visiones respectivas.

Entonces se presenta un problema muy serio si las diferencias se dan en un grado tóxico y en el terreno de la política: cuando las mismas destruyen amistades, relaciones de muchos años y muchas experiencias compartidas, y cuando los ataques llegan incluso a cuestionar el carácter de las personas, eso quiere decir que la política, lo que entendemos y vivimos como política, se ha hecho una parte demasiado esencial de nuestras vidas.

Y ese es un rasgo fundamental del populismo, y de la demagogia. Quieren transformar todo en política, y por esa vía, destruirla, para sobre los escombros, imponer la voluntad del nuevo mesías.

Ejemplificando un sentimiento contrario, Wehner recuerda que Abraham Lincoln (el más grande de los presidentes militantes del partido Republicano) en su primer discurso como presidente (con la guerra civil a punto de iniciarse), le dijo a sus seguidores que los norteamericanos no eran enemigos sino amigos, “aunque las pasiones pueden haberlos tensado, no deben romperse los vínculos de afecto”; y durante su segundo discurso inaugural, con la guerra ya ganada, le pidió a la ciudadanía “curar las heridas de la nación, sin malicia con nadie, y caridad para todos”.

A un supremo demagogo como Trump (o Chávez), esto siempre le parecerá lenguaje extraterrestre.

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