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Carmen Posadas: El ocaso de los divos

 

Sophia, Marcello and a Movie Set to Remember - LIFE

 

Ulises Bértolo, gran amigo y mejor cómplice, me regaló esta idea para un artículo: «Tienes que escribir sobre la decadencia del divismo», me dijo, y después de mencionar a varios ídolos de su generación que decidieron bajarse del pedestal, y perdieron todo su brillo, añadió: «¿Cómo era esa frase de Flaubert? ¿’A los ídolos no hay que tocarlos, porque te quedas con el polvo de oro en los dedos’?».

Me interesó mucho su idea porque, en apariencia al menos, no estamos escasos de divos. Más bien vivimos una sobredosis de ellos. Nunca como ahora ha habido tantos subidos a tan heterogéneos pedestales. De hecho, cualquiera puede ser un ídolo, basta con postularse en Instagram o TikTok y conseguir seguidores que les den el mayor número posible de likes. Hay quien los cosecha a través de la gastronomía, el deporte, la moda, la política, la psicología, el esoterismo, la vida sana, etc., etc. Y luego están (y son legión) esos que consiguen millones de seguidores haciendo el chorras o incluso jugándose la vida a cambio de los cinco minutos de fama de los que hablaba Andy Warhol. Funciona tan bien esto del neodivismo low cost que ahora tiene mucha más repercusión lo que diga un youtuber que lo que opine un premio Nobel.

La cantidad de realidad que un ser humano es capaz de soportar es limitada. Por eso necesitamos modelos inalcanzables

Otro aspecto curioso de este fenómeno es que, al tiempo que el divismo se democratiza, las personas que antes eran divos por méritos propios (actores, músicos, políticos, etc.) han decidido bajarse voluntariamente del pedestal ‘para ser como todo el mundo’ y mostrarnos sus miserias. En ese sentido, Instagram es un cementerio de elefantes. Personas guapísimas y talentosísimas como Brooke Shields, Isabella Rossellini o Glenn Close compiten por mostrarse lo más terrenales posible. Es decir, despeluchadas, en bata, comiendo ruidosamente hamburguesas y haciendo chistes sobre lo mayores y desmejoradas que están. Practican el humor autodestructivo, que es una forma de hacer de la necesidad virtud: «Como ya no puedo brillar por mis anteriores méritos y atributos, ahora voy a hacer burla de lo que fui para que vean qué persona tan superenrollada y suuuupernatural soy». Y lo cierto es que el truco funciona. Cosechan miles de comentarios de seguidores que dicen alabar su llaneza. Cada vez hay más gente, tanto hombres como mujeres, que elige este camino para seguir en el candelero. Los más tontos creen que, en efecto, sus seguidores los admiran. Los más inteligentes se dan cuenta de que los miran como un fenómeno de feria, una curiosidad más de esa inmensa galería de raritos y estrambotes en la que las redes sociales se han convertido.

¿Quedan entonces divos? ¿Qué fue de aquellos personajes bellísimos e inalcanzables que colonizaban nuestros sueños para enseñarnos a desear, amar, crecer? Los dioses y diosas de entonces nunca bajaban al barro y, por tanto, no se salpicaban. A ninguno se le ocurría apearse de su pedestal. Sabían, como sabemos todos, que un dios deja de serlo en cuanto se comporta como un simple mortal.

Sabían también que los divos son necesarios. Lo son porque es limitada la cantidad de realidad que un ser humano es capaz de soportar. Por eso necesitamos modelos y referentes perfectos e inalcanzables. La democratización de ídolos y divos es (como tantas cosas que estamos viviendo últimamente) algo nuevo en la historia de nuestra especie. Aún no sabemos qué impacto tendrá esta variable en la sociedad, pero me da a mí que con los divos ocurrirá lo mismo que está pasando con los ritos. Después de años en los que la gente consideraba que los ritos –ya fueran religiosos, regionales, tradicionales o de cualquier otra índole– eran algo trasnochado, absurdo y supersticiones de viejas, estamos volviendo a ellos. Romerías, peregrinajes, fiestas populares y cultos ancestrales cuentan cada vez con más adeptos, porque lo que se ritualiza cobra otra dimensión. Con los divos ocurrirá algo similar: volverán, y con el esplendor de siempre. Porque, al fin y al cabo, nosotros, evolucionadísimos habitantes del siglo XXI, somos iguales a nuestros antepasados de las cavernas. Tenemos las mismas pulsiones y temores, sus mismas necesidades atávicas.

Por eso, veremos pronto el retorno de esos referentes inalcanzables que sirven para soñar y, por tanto, ayudan a caminar. ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo? Cuándo no lo sé, pero cómo y dónde sí, y será fuera de las redes. Por una razón muy simple. Porque la sobreexposición es incompatible con la esencia misma del divismo, que es el misterio. Sin misterio y mistificación, un ídolo, un divo o un dios no se diferencian en nada de usted o de mí: todos somos polvo, y no precisamente de estrellas.

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