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A pensar en las nuevas ciudades

El próximo año todas las ciudades del país tendrán nuevos alcaldes. Candidatos y electores suelen sobreponer la contienda política sobre otra que me parece la fundamental: la forma de las ciudades y sus gentes. Ese debería ser el pilar del debate, porque lo demás es un asunto bastante insípido frente a lo que ocurre en las ciudades contemporáneas.

Para manejarlas se necesita no audacia política sino una que ensancha el conocimiento de las mismas con el comportamiento de sus habitantes, los usos, circuitos, conectividad, disfrute, seguridad y su capacidad de ser escenarios para el desarrollo de los múltiples talentos en medio de un mundo evidentemente líquido, como ya lo señaló Zygmunt Bauman.

Un gran desafío, por ejemplo, sería el de pensar en modelos de ciudades más móviles, es decir, con unas construcciones casi virtuales justamente para la productividad de miles de servicios que son virtuales y otros, digamos, momentáneos.

En este sentido, el espacio físico por el que tanto pelean para echar cemento, podría incluso pasar a un segundo plano, para abrir nuevas formas donde las cosas simplemente suceden, no se quedan.

Pienso en lugares que funcionen de acuerdo a las horas de la ciudad: las de comer, las del encuentro, las de exposición de nuevos productos, etc. Es decir, crear ciudades con una mayor capacidad de ofrecer experiencias asociadas al quehacer de las gentes, a sus intercambios y a sus identificaciones.

Con la atomización del centro de las ciudades se creó también una manera nueva de vivirlas, que no solo tiene que ver con la expansión; de tal suerte que eso que antes era el centro donde podíamos solucionar todos los temas por la oferta de múltiples servicios ahora está en cada zona, allí solucionamos la cotidianidad y los otros miles de centros de la ciudad se vuelven exploratorios y se va hasta ellos para vivir lo que al ser igual es a la vez extraño o novedoso.

Del otro lado está también la fantasía que crea esa condición contemporánea de las ciudades con sus habitantes. Hay lugares de la ciudad que responden a una época y a ellos llegan las personas cuyas formas y maneras de estar corresponden a la misma. Si uno se sienta en La Romana en la esquina de la plazoleta del Rosario en Bogotá descubre que algo ahí permanece intacto, mientras afuera la nueva ciudad y su velocidad parece que no se da cuenta de ella.

Estas son las nuevas ciudades, no hay manera de escapar de ellas, sería como hacerlo de nosotros mismos y quienes gobiernen deben tener la suficiente información y sensibilidad para explorar soluciones que respondan a estas formas y comportamientos, porque la cuestión es que los gobernantes parecen anacrónicos cuando se sientan a ejecutar y vuelven su despacho un club en vez de un design thank.

 

 

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