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El final de la escapada

No sé qué es peor, si soportar una campaña electoral a cara de perro o leer los alegatos conmiserativos de los comentaristas partidarios alegando que ellos ya lo veían venir

No sé qué es peor, si soportar una campaña electoral a cara de perro o leer los alegatos conmiserativos de los comentaristas partidarios alegando que ellos ya lo veían venir. Provoca arcadas después de dos semanas larguísimas azotando al adversario, devenido enemigo, y dando lengüetadas al trasero de sus candidatos nacidos para ganar. O para perder por poco; esa “dulce derrota” que se inventaron en el PSOE cuando a Felipe González se le fue el desodorante y aquello apestaba a ruina. Empecemos por el principio. Por primera vez la derecha arrolla en Madrid con una apelación insólita: libertad. Habrá que hacérselo mirar.

Podemos, unidas o desunidas, inicia un período de liquidación y subasta. Ellos protagonizaron la campaña de la izquierda y arrastraron hacia el barranco al PSOE. Se inventaron algo tan viejo como el fascismo; ya sólo vivido por los viejos del lugar. El mitin de Vox en Vallecas hizo las veces de epifanía. Primero darles caña y sacar del armario el “No pasarán”, un lema que con un poco de sensibilidad no debería utilizarse en vano; trae recuerdos de derrota. El fascismo en sus años de euforia, en los terribles primeros de postguerra, inventó un “chotis”, muy madrileño él, que decía “Ya hemos pasao”. Tanta retórica y tanto gasto en Memoria Histórica y resulta que los promotores se olvidan de lo más obvio.

El mitin en Vallecas de los supuestos fascistas que acabó en festejo de los antifascistas fascistizados que lo desmontaron a pedradas, tuvo un estrambote que apenas ha sido reseñado. Al día siguiente, convocados por el Podemos antifascista, se llevó a cabo un acto inquisitorial que para quien conserve la memoria sin BOE nos retrotrae a la España de 1940: brigadas militantes con lejía y cepillos para limpiar el lugar que habían emponzoñado sus enemigos por el hecho de estar allí o de intentarlo.

Piedras, lejía y cepillos para borrar de su existencia a una fuerza política que se consolida gracias a ellos -no han tenido fuga de votos hacia el PP, como habrían querido la izquierda empoderada, e incluso ha sumado clase obrera dejando en ridículo el peso popular de Unidas Podemos, que pierde burbujas como el champán ful-. Tengo especial interés en saber quién fue el descerebrado que mandó las cartas de las balas, porque todo tiene el aire de un macguffin de Hitchcock. ¿O ese talento que se perdió en la jurisprudencia y que no ganó la inteligencia, Marlaska el frívolo, nos va a evitar la curiosidad que tanto alimentó cuando devino jefe de campaña electoral por cuenta de la casa? En un país democráticamente sano un presidente de gobierno que ejerciera de tal pondría en la calle inmediatamente al Sr. Marlaska, por incompetente, haciéndole acompañar por José Félix Tezanos, desvergonzado manipulador con agravante de reincidencia.

Memoria corta

Somos un país de memoria corta y eso no lo alivia ninguna Ley sobre la Memoria, al contrario, sirve de apaño para la autosatisfacción. Pablo Iglesias Turrión se ha ido, alega que ha servido de chivo expiatorio y centro de todas las insidias. Ni chivo ni diana, ¡menos globos! Promovió un fascismo para la retórica mientras se ejercían prácticas violentas hacia sus adversarios, sin conmiseración alguna. El día que Vox practique los hábitos fascistas de estos antifascistas habremos entrado entonces en esa espiral violenta que algunos añoran para sus sueños celestes. De momento son la extrema derecha, que ya es bastante. Mejor así y vencerlos en las urnas, no en las plazas a ladrillazos, lejía y cepillos.

Pero hay algo que va más allá de las apariencias. Nos referimos a los apenas siete años que duraron los inventos partidarios de la pasada década, porque hay un rasgo común que no destacamos. En la política, a diferencia de la marina, los capitanes son los primeros que abandonan el barco y además escogen el bote salvavidas y sugieren que la orquesta del buque les despida con una fanfarria de elogios. Tanto Rivera con Ciudadanos como Iglesias con Podemos abandonan un grupo donde se asentaron como líderes, duraron lo que un par de másteres para alumnos escogidos, pero ¿y los miles de ciudadanos que les dieron fe, que en muchos casos entregaron su carrera, su escasa remuneración, su vida cotidiana?

Rivera e Iglesias no hubieran sido nada más que egregias mediocridades funcionariales, pero ya se han hecho su patrimonio gracias a la carrera política y ahora sólo les queda recoger lo sembrado; no les faltará trabajo de postín, ni gloria póstuma. ¿Pero cómo quedan sus partidos gracias a los errores que los llevaron a la obligada dimisión? Ahí se quedan, hechos unos zorros y al grito de sálvese quien pueda. La militancia es tan sumisa e idiota como para sentir piedad. ¡Pobres, tan jóvenes y tan humillados! Habría que incluirlos a todos en un capítulo especial de una saga para serviles: los ricos también lloran.

Recuerdo como uno de los chistes horteras que nos ha deparado la campaña electoral aquel de un comentarista, cuyo nombre olvidé tomar, como ejemplo de la memez que nos asola y que dejé perderse entre el boscaje militante de los pagafantas. “Si Ayuso gana las elecciones”, decía el ínclito majadero, “Casado va a tener un problema”. Hay que estar ciego, sordo y alelado para pensar que sólo el otro puede encontrarse con dificultades. Todos los problemas de Casado, que son y serán muchos, eso espero, los asumiría a ciegas el presidente Sánchez con un partido podrido que se salva a duras penas con la ayuda de la brigada de plumas y plumillas, pero que no puede mantener durante más tiempo las naranjas en el aire, que es inevitable que se caigan y que los socios de hoy no lleguen a mañana. ¡Iván invéntate algo!

Le hegemonía conservadora llega para quedarse. Gracias a la izquierda reaccionaria ha conseguido, casi de regalo, el lema que no estaba en condiciones de asumir desde hace décadas: la libertad. ¡Manda huevos! La epidemia sigue siendo señora de casas y hospitales, el presidente habla desde Moncloa como un almuédano desde La Meca, algunos lamen sus heridas, pero nadie preguntó nunca a Iglesias Turrión qué pasaba en las residencias de ancianos a su cargo. La lucha, decían, estaba en parar al fascismo. De verdad que ver a los protagonistas en paños menores tras el tsunami es un ejercicio de humildad en tiempos de soberbia. No creo que aprenda nada. Como decía Brecht con su habitual sarcasmo: si el pueblo se equivoca, siempre cabe cambiarlo. Y los adictos se lo creerán.

 

 

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