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Juan Manuel de Prada: Cuervos

 

Henri-Georges Clouzot - Wikipedia

                                                                Henri-Georges Clouzot

 

En mis pesquisas cinéfilas me tropiezo con una obra maestra que hasta hoy desconocía, El cuervo (Le corbeau, 1943), dirigida por Henri-Georges Clouzot, que una década más tarde alcanzaría celebridad internacional con títulos como El salario del miedo o Las diabólicas, de una intriga irresistible. También El cuervo puede considerarse una película de intriga, con elementos propios del género policíaco; pero su intención primera es el análisis de la maledicencia como elemento destructor de las comunidades humanas. En un innominado pueblecito francés, se empiezan a recibir una serie de anónimos –firmados siempre por ‘El cuervo’–que denigran al doctor Germain (interpretado por Pierre Fresnay), acusándolo de perpetrar abortos y de mantener relaciones sórdidas con algunas de sus pacientes, así como de descuidar sus obligaciones médicas. La película, de una misantropía por momentos asfixiante, tiene la habilidad de ofrecernos un retrato del doctor Germain nada complaciente, que por momentos nos invita a creer en los anónimos de ‘El cuervo’; y lo mismo les sucede a algunos habitantes del pueblo, entre ellos un enfermo que decide suicidarse, convencido de que el doctor nada hará por curarlo. El cuervo logra instilar en el espectador una zozobra moral que no se extingue cuando el autor de los anónimos resulta desenmascarado. Y su desenlace nos confronta con los estragos que la maledicencia causa en la sociedad.

La maledicencia, que es siempre el desahogo de un espíritu enfermo, se complace en el contagio corrosivo de su propia dolencia

Y es que la maledicencia no destruye tan sólo la buena fama de su víctima, sino que envenena a cuantos participan de ella, aunque sea de forma pasiva. La maledicencia, que puede revestirse de las formas más burdas y más refinadas, más astutas y más necias, siempre revela la intención ruin de hacer daño y herir por la espalda, que los cuervos necesitan como el respirar para seguir viviendo. La maledicencia es la destilación de los peores residuos biliares de las personas más resentidas, más aplastadas por su mediocridad, más íntimamente fracasadas, a quienes excita el placer triste de destruir la fama de otras personas a las que envidian porque las perciben triunfantes, aureoladas de un brillo que las humilla, o porque las hacen culpables de algún agravio tal vez fantasmagórico que fermentan y agigantan en su mente. Como afirma Gracián, «la envidia pegajosa siempre halla de qué asir, hasta de lo imaginado»; y el cuervo suele ser persona de imaginación turbulenta que urde calumnias alambicadísimas (pues sabe que, cuanto más truculentas y rocambolescas resulten, más éxito tendrán).

Y es que la maledicencia, que es siempre el desahogo de un espíritu enfermo, se complace en el contagio corrosivo de su propia dolencia. Tan importante como el desprestigio de la persona calumniada, resulta para el maledicente que sus insidias envenenen las almas de las personas que alimentan, sembrando en ellas angustias y vacilaciones, provocando discordias y recelos incurables; encizañando, en fin, la convivencia, hasta convertirla en un campo de minas. Tan condenables como los cuervos que lanzan especies calumniosas son esas gentes imbéciles que contribuyen a su propagación, con frivolidad o regodeo, pensando que la maledicencia es un juego o pasatiempo inocuo, sin medir las consecuencias de lo que destruyen. Sin darse cuenta de que, con su actitud irresponsable, están contribuyendo a que la envidia, el resentimiento y la pura malignidad se entronicen como árbitros de la vida social.

Hay, en efecto, gentes que no pueden vivir sin alimentarse de maledicencias que mantengan despierta su curiosidad malsana. La maledicencia se ha convertido, increíblemente, en el ‘soma’ de los espíritus innobles, que –como les ocurre a los enfermos más mezquinos– se consuelan sabiendo que su enfermedad se contagia a quienes le rodean («mal de muchos, consuelo de tontos»). Hoy más que nunca, en volandas de las ‘redes sociales’, la cizaña de la maledicencia prende con una feracidad tropical, a veces porque ‘divierte’ mucho, a veces porque halaga despechos y envidias enconadas. Pero, a medida que la maledicencia se extiende, la sociedad se envilece, las bajas pasiones afloran y lo anegan todo. Y pronto la censura legítima, la sátira ingeniosa no bastan, pues no suscitan el mismo interés morboso que provocan las calumnias que destruyen vidas. Así, azuzadas por los cuervos, las sociedades se convierten en jaurías de hienas que sólo hallan consuelo en lanzar su dentellada sobre la fama ajena. Y, por supuesto, las hienas siempre lanzan su dentellada sobre las personas más virtuosas, porque nada consuela tanto al miserable como sembrar la semilla del descrédito y la difamación en los campos mejor labrados.

 

 

 

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