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CINELANDIAS: La última revolución de Hitchcock

Psicosis, el terror que no se había visto

Parecía nacer condenada al fracaso, porque Hollywood no confiaba en ella. “Psicosis”, sin embargo, se convirtió de inmediato, en 1960, en el hito inaugural del cine de terror moderno. La película, además, conectó al maestro del suspense con las nuevas generaciones.

 

Cuando Alfred Hitchcock (1899-1980) decide rodar Psicosis (1960) puede decirse que ya ha dado lo mejor de sí como cineasta. Aunque la Academia de Hollywood sigue sin concederle su galardón, goza del favor multitudinario del público, que en los parajes más diversos del atlas lo reconoce como el gran magodel suspense. Pero su propio virtuosismo ha llegado a cansarlo; y, además, teme que se le acabe encasillando como el director predilecto de un público conservador y burgués.

En un intento de rejuvenecer su imagen, Hitckcock se recicla como realizador televisivo, con resultados óptimos, tanto técnicos como crematísticos. El éxito de la serie Alfred Hitchcock presenta servirá al director para contar historias algo distintas a las que hasta entonces había probado para la gran pantalla, menos refinadas y elusivas, más directas y explícitas, en las que el suspense se adereza con trazos terroríficos más gruesos.

 

 

alternative textConquistar a una nueva generación. En 1959 Hitchcock triunfaba en televisión con Alfred Hitchcock presenta, parte de su plan para acercarse a los espectadores y a los críticos más jóvenes, que lo acusaban de excesivo formalismo. Psicosis fue el siguiente paso.

No tardaría en descubrir que esta nueva línea creativa le granjeaba la simpatía de un público joven, acostumbrado a ver cine en el drive-in, entre magreos, arrechuchos y griterío palomitero, a la vez que suscitaba el interés de una nueva generación de críticos que lo acusaban de excesivo formalismo.

Para escándalo de las majors que hasta entonces habían producido sus títulos, Hitchcock propone entonces rodar una película basada en una novelucha de Robert Bloch muy burda y efectista, que ni siquiera se recata en engañar al espectador con trampas en el punto de vista y que, además, contiene pasajes donde la simbiosis entre crimen y sexualidad pervertida se hace notoria. Hitchcock decide entonces hacer una película barata, empleando el mismo método de rodaje de su serie televisiva, con muy pocos y sencillos decorados y actores de segunda fila (sólo Janet Leigh podía considerarse a la sazón medianamente estelar).

Con un presupuesto de apenas ochocientos dólares que él mismo se encarga de allegar, Hitckcock se lanza a preparar una película que en Hollywood se consideró que nacía condenada al malditismo por sus escabrosidades y que acabaría convirtiéndose en el hito inaugurar del cine de terror moderno, basada en los crímenes aberrantes de un tarado de Wisconsin, Ed Gein (más tarde inspirador de otras muestras del género, como la celebérrima La matanza de Texas), que gustaba de arrancar el pellejo a sus víctimas, con el que se hacía trajes, y guardaba el cadáver disecado de su madre en el sótano.

 

 

alternative textLa condenación de Marion Crane. Janet Leigh y John Gavin (Marion Crane y su novio Sam Loomis, en la película) en una de las escenas iniciales de Psicosis. Poco después ella roba 40.000 dólares a su empresa para que él pague sus deudas… Su perdición.

Naturalmente, Psicosis no muestra tales aberraciones de forma explícita; pero las que permite entrever fugazmente resultan infinitamente más perturbadoras. Psicosis vuelve a demostrarnos que Hitchcock es el más genial manipulador cinematográfico: la película empieza como la crónica de un sórdido encuentro entre unos amantes clandestinos (con John Gavin enseñando torso y tableta y la deliciosa Janet Leigh enseñando sostén y mareantes clavículas) para convertirse enseguida en una road movie.

Allá por el minuto treinta del metraje, el espectador está convencido de que se halla ante una película noir en la que la protagonista (a diferencia de lo que suele ocurrir en el universo hitchcockiano) no es una falsa culpable, sino una ladrona sin excusa ni remisión con la que, sin embargo, se identifica plenamente, mientras un policía con aspecto de chuloputas la persigue por las solitarias carreteras de Arizona. Entonces, en medio de una tormenta, nuestra ladrona se desvía sin querer de la autopista y se refugia en el motel Bates, donde la espera el mejor psicópata de la historia del cine, un Anthony Perkins escuchimizado, larguirucho, saltimbanqui, de mirada nerviosilla y sonrisa blanda.

 

 

alternative textEl agente inductor. Mort Mills, prolífico secundario en los años 50 y 60, es el patrullero cuyas sospechas y acoso acaban llevando a la protagonista hasta el hoy mítico Motel Bates.

 

 

No abundaremos en la descripción de la trama. Contaremos, en cambio, que para rodar la pasmosa secuencia de la bañera (que en el montaje final dura menos de un minuto), Hitchcock empleó siete días de rodaje, con setenta tomas de cámaras distintas, empleando además a una doble de cuerpo de Janet Leigh, que (¡con razón!) no se fiaba –dado que el montaje iba a ser vertiginoso– de que Hitchcock le filmara de matute un cachete del culo o un perfil de tetilla. Saul Bass, el autor de los títulos de crédito, siempre pretendió que la planificación de la secuencia es de su autoría, extremo que Hitchcock negó con encono.

A su habituaBernard Herrmann le rogó que se dejase de delicadezas y compusiese la banda sonora más sensacionalista y chirriante, con todo tipo de pizzicatos y sobresaltos acústicos. Por supuesto, Hermann, después de ver el montaje de aquella película que no se privaba siquiera de introducir unas reflexiones finales sobre aberraciones sexuales (al más puro estilo Roger Corman), no se cortó ni un pelo.

 

 

 

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