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La historia de los derrotados

El máximo defensor de la tesis de la inocencia del gobierno de Allende en cuanto a la provocación del golpe de Estado es ahora el Partido Comunista, que es el que en realidad maneja el “ser o no ser” de Gabriel Boric.

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A medida que se aproxima el 11 de septiembre de este año, crece la expectación pública por ver lo que planea hacer el gobierno de Gabriel Boric para celebrar las efemérides de los 50 años del golpe de Estado de 1973. No es que la fecha tenga una especial importancia más allá del fetichismo de los números (todos tenemos algo de pitagóricos), porque la única relevancia real de este aniversario es que sigue al del 49 y antecede al del 51.

Todo indica que el gobierno se apresta a la celebración en el eje de imponer una versión oficial de lo ocurrido en 1973, que es interpretar ese golpe de Estado como el resultado de un complot fraguado por Estados Unidos y que encontró tierra fértil en soldados chilenos corrompidos y en instigadores golpistas locales que decidieron poner fin a un gobierno constitucional beneficioso para el país y su pueblo y completamente inocente de actos que pudieran justificar la agresión. Como esa interpretación es sólo apta para fanáticos habrá que concluir que el gobierno de Boric siente una irresistible obsesión por las causas perdidas, puesto que con esto va a desafiar la universal regla histórica de que la historia la escriben los vencedores y no los derrotados.

Digo esto porque el máximo defensor de la tesis de la inocencia del gobierno de Allende en cuanto a la provocación del golpe de Estado es ahora el Partido Comunista, que es el que en realidad maneja el “ser o no ser” de Gabriel Boric, y que fue el máximo derrotado en aquel acontecimiento. En esas condiciones, lo único que va a lograr este gobierno es acelerar la publicación de los miles de testigos de ese evento que todavía no han escrito sus recuerdos de las circunstancias que rodearon al movimiento militar de 1973. Ya el ex Presidente Patricio Aylwin se levantó de su tumba para exponer su verdad y sé de varios otros, en que me incluyo, que nos aprestamos a hacer lo mismo.

No es que yo crea que los comunistas de hoy dudan de su verdad. Y me explico perfectamente por qué creen en ella a pies juntillas. Para ellos el aceptar que el golpe de Estado tuvo por principal culpable al gobierno en el que sus camaradas de entonces tuvieron tanta influencia como actualmente ellos la tienen, es completamente imposible. Eso implicaría reconocer que el golpe de Estado gozó de un apoyo generalizado en el país, sin el cual no habrían podido prolongar el gobierno militar durante dieciséis años. Esa imposibilidad doctrinal de aceptación los induce hoy a creer en su disparatada versión de los hechos de entonces.

Además de eso, la “verdad” comunista trae por obligado corolario el desprecio y la condena histórica de aquellos que califican de “golpistas”, lo que se contradice de plano con la realidad. Aparte de ellos mismos, en nuestra sociedad son rarísimos los golpistas vocacionales o dogmáticos. Aparte de esos raros ejemplares, nadie es partidario de un golpe de Estado militar hasta que se resigna a él por la convicción de que se ha llegado a un punto en que los resortes legales y constitucionales son impotentes para corregir la marcha de un gobierno hacia un estado de cosas que no le es aceptable.

La marcha del gobierno de Allende hacia el modelo cubano fue un impulso al golpe de Estado más poderoso que cualquier otro causal. La guardia de cubanos que rodeaba al propio Mandatario fue algo demasiado evidente como para ignorar esa verdad monumental. ¿Es que alguien podría haber ignorado entonces que eso era una bofetada en la cara de las Fuerzas Armadas chilenas y en la de todo ciudadano con algún concepto de la dignidad?

Gabriel García Márquez dice en uno de sus libros que puede contar los verdaderos hechos porque llegó antes que los historiadores, de modo que lo que verdaderamente ocurrió en 1973 hay que preguntárselo a quienes vivieron los acontecimientos y que todavía tienen voz.  Y ellos, como he podido comprobarlo, jamás se atreverían a adherir a la versión comunista de la absoluta inocencia del régimen de Allende en lo que entonces ocurrió. Porque la verdad es que las Fuerzas Armadas intervinieron sólo cuando era evidente para la enorme mayoría de la nación que la institucionalidad democrática ya era incapaz de contener los actos de dicho gobierno.

Algo en que poco se enfatiza hoy es que el golpe de Estado esperó que tanto el Parlamento como la Corte Suprema hubieran expresado claramente que el gobierno había perdido su legitimidad por flagrantes violaciones a la Constitución y las Leyes. ¿Se le ha olvidado al PC cuántos decretos de insistencia suscribió Allende para tratar de legitimar sus desmanes? ¿Se le olvidó cuántas veces enrocó a ministros destituidos constitucionalmente para así burlarse del pueblo chileno y de los parlamentarios que habían aprobado las acusaciones?

Yendo más lejos, es sumamente fácil comprobar que los únicos golpistas estructurales que existen en el país son aquellos que, como los comunistas, contemplan la vía violenta insurreccional como sistema válido para imponer sus ideales revolucionarios. Eso se llama un golpe de Estado y eso les otorga el apelativo bien ganado de tales. Por esa razón, acusar a otros de golpistas no sólo es distorsionar la historia sino que es el signo de una conciencia tan torcida que ha perdido la capacidad de mirarse a sí mismos.

En suma, Gabriel Boric va a tener que sumar a todas sus indecisiones la de dilucidar si juega nuevamente la suerte de su gobierno a una causa perdida como es la de tratar de imponerle al país la bizarra “verdad” de los derrotados.

 

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