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El paradójico regreso de ‘nuestro hijo de puta’

 

Y no. No me refiero a quien (o quienes) ustedes están pensando. Hablo de un peón geopolítico que ha existido en todos los tiempos y todas las culturas, pero que cobró especial entidad a lo largo del siglo pasado. Seguro que conocen la anécdota. Al señalar con preocupación uno de los consejeros de Franklin Delano Roosevelt los desmanes que Anastasio Somoza (padre) estaba cometiendo en Nicaragua, Roosevelt respondió: «Sí, es un hijo de puta. Pero es nuestro hijo de puta». La frase ha servido desde entonces para describir a otros mandatarios como Anastasio Somoza hijo, Fulgencio Batista o Rafael Trujillo. Se trataba de líderes más o menos vasallos de los Estados Unidos, crueles con su pueblo, pero genuflexos con el gran vecino del Norte, a quienes se apoyaba precisamente por ser eso, ‘nuestro hijo de puta’. El propósito no era otro que evitar que en el ‘patio trasero’ de los Estados Unidos creciera la mala hierba del comunismo desestabilizando la región. Pura geopolítica, que tuvo como efecto colateral cercenar las libertades en todos estos países y que, en el caso de Cuba, acabaría propiciando que la isla cayera en manos de la misma izquierda radical, dictatorial y empobrecedora que se intentaba frenar. 

La mayor paradoja es que tanto China como Rusia se han convertido en ultracapitalistas

 

Como la historia (Mark Twain dixit) no se repite, pero rima, resulta que, bien entrado el siglo XXI, estamos volviendo a un esquema similar y al regreso de la figura de ‘nuestro hijo de puta’ (en este caso, y tal como aconsejan los tiempos, ahora en su versión femenina). Que me perdone Delcy Rodríguez, tan progresista y sensible ella a los temas que nos afectan a las mujeres, pero eso es en lo que se va a convertir. El patrón de conducta de los Estados Unidos con respecto a su país es idéntico al que tuvo en el siglo pasado: tú permites que yo, hermano fuerte del Norte, controle tu economía, gestione tus recursos, instale en tu territorio mis empresas extractivas, y yo te sirvo de paraguas. ¿En qué se diferencia Delcy de los tres sátrapas antes mencionados? En algo muy paradójico que confirma que la historia no solo rima, sino que también (Carlos Marx dixit) se repite, primero como tragedia y la segunda vez como farsa. Vean si no: aquellos antiguos dictadores tutelados por los Estados Unidos eran tipos de derechas. Ahora, en cambio, Delcy pertenece precisamente a esa ideología cercana al comunismo que se intentaba cortocircuitar en el siglo XX. Ella es (y perdonen que esté tan malhablada en este artículo) una HDP de extrema izquierda elegida para servir a los intereses capitalistas de los Estados Unidos que, según el propio Trump, ha reeditado la doctrina Monroe. Pero, si se fijan, existe una paradoja añadida. Pensar que Trump ha intervenido en Venezuela solo para quedarse con su petróleo es una explicación simplista. Es tanto como no conocer al personaje.Sus afanes, además de erráticos, son imperialistas, pretende monopolizar su zona de influencia y para eso necesita erradicar la presencia de sus rivales en las inmediaciones. Rusia y, en mayor medida, China llevan años tomando posiciones, sobre todo económicas, en Hispanoamérica. Antes de intervenir en Venezuela, Trump dio un toque de atención a Panamá por la, según él, inaceptable presencia de los chinos en el Canal. La Venezuela de Maduro mantenía, según Trump, amistades igualmente peligrosas con estas dos potencias rivales: Rusia, en los últimos años había conseguido consolidar a Venezuela como ‘socio principal’ en América Latina desde el punto de vista de la defensa, mientras que Pekín es (o era hasta ahora) el mayor comprador de crudo del país. En su reedición de la ahora llamada doctrina ‘Donroe’, Trump no podía permitir semejantes injerencias en su patio trasero (un patio que pronto, y si nadie lo impide, llegará desde la Patagonia hasta Groenlandia). Y ahí, sobre ese avispero de intereses contrapuestos, es donde está sentada Delcy Rodríguez fingiendo, como fingieron sus antecesores en esta desairada posición, que manda cuando no manda, que sigue siendo revolucionaria cuando es, en realidad, vasalla, blandiendo con una mano la constitución bolivariana y con la otra prodigando petróleo a su protector. Idénticos perros con distintos collares. Y hay otra particularidad en esta situación. Puesto que los antagonistas a neutralizar son China Popular y la Rusia de Putin, podríamos pensar que se trata de una reedición de la lucha de los Estados Unidos contra el comunismo, derechas contra izquierdas. Pero la mayor paradoja de esta historia es que tanto China como Rusia se han convertido –sin abjurar de su fe primigenia– en potencias ultracapitalistas. En el caso de China, marxista-capitalista, una combinación económica imbatible, por cierto. Lindo estrambote para esta nueva pirueta de la Historia que, como siempre, no solo rima, sino que se repite como farsa.

 

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