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Editorial: La única guerra en Cuba es la del régimen contra los ciudadanos

En vez de declarar el Estado de Guerra, el Gobierno cubano debería admitir el 'estado de calamidad' del sistema y obrar en consecuencia.

Alta dirigencia del régimen cubano.
Alta dirigencia del régimen cubano. J. Llópiz-Casal DDC

 

El régimen de La Habana ha dado los primeros pasos para la declaración del Estado de Guerra. Cualquiera que sea su significado en clave interna, no hay razones para temer una intervención militar masiva que afecte a los ciudadanos. En todo caso, la familia Castro pretende convertir en causa general un problema del cual solo ellos son responsables. Y de paso aprovechar para aterrorizar a una población deseosa de cambios.

Durante décadas, la narrativa oficial ha intentado sostener la ficción de una plaza sitiada, justificando carencias y autoritarismo bajo el pretexto de un conflicto externo permanente. Sin embargo, la realidad desmiente el discurso: la única guerra que se libra hoy en la Isla es la del régimen contra una ciudadanía indefensa, extenuada y asfixiada por un sistema que ha derivado en Estado fallido.

Las cifras más recientes indican la existencia de al menos 1.190 prisioneros políticos. El endurecimiento de las leyes y la criminalización del disenso han convertido el ejercicio de la libertad de expresión en una actividad de alto riesgo, y la hambruna inducida castiga a toda la población. La insistencia del régimen en bloquear la economía, sumada a una inflación galopante y al colapso de los servicios básicos, ha empujado al 89% de las familias cubanas a la pobreza extrema. No se trata de una crisis coyuntural, sino del resultado de una beligerancia extrema contra las personas.

Por tanto, en vez de declarar el Estado de Guerra, el Gobierno cubano debería admitir el «estado de calamidad» del sistema y obrar en consecuencia. Los indicadores de Estado fallido son hoy imposibles de ocultar con la pérdida del control sobre la industria eléctrica, el colapso del sistema sanitario, el aumento de la criminalidad y la renuncia de las autoridades a implementar reformas estructurales. Cuba es un gran aparato de control, cuya única eficiencia reside en la vigilancia y el castigo.

Es imperativo que la comunidad internacional abandone la complacencia y actúe para evitar escenarios que luego critica aunque no haya movido un dedo con presiones políticas y diplomáticas. Lo que ocurre en Cuba no es una pugna geopolítica, sino un ejercicio de violencia institucional contra una ciudadanía que solo demanda el derecho a tener derechos.

La paz para Cuba no vendrá del cese de hostilidades externas imaginarias, sino de la liberación de los presos políticos y del fin de la guerra interna que el régimen sostiene contra sus propios ciudadanos.

 

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