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Arístides Calvani: Un singular personaje

Un singular personaje
Juan José Monsant Aristimuño

En nuestros dos últimos años de bachillerato, los hermanos de La Salle nos introdujeron en lo que ellos llamaban “el compromiso con la sociedad”; corrían los primeros magníficos años sesenta para Venezuela y para el mundo Occidental que se abría, mutaba hacia nuevas formas de convivencias nacionales e internacionales; tal como podemos observar se están produciendo nuevamente en esta primera década del siglo XXI.

La democracia para Venezuela, la revolución cubana (hoy podríamos denominarla simplemente tiranía estatista y militar), la Guerra de Viet Nam, el Rock and Roll, la minifalda, Woodstock, el mayo francés, la píldora anticonceptiva, los viajes espaciales, la descolonización africana, el mito del Che, Kennedy, la retardada ley estadounidense de los Derechos Civiles, el Concilio Vaticano II, la Guerra Fría, el boom de la literatura hispanoamericana y de allí…hasta el presente, fue esa una etapa de cambios conceptuales que ahora comienzan a dar sus frutos, de manera insospechada.

Para nuestra generación significó entre otras aptitudes y actitudes el valor político y social de la consolidación de los partidos políticos, como organizaciones intermediarias entre el electorado y la cosa pública.

Tres grandes asociaciones políticas ideológicas se refirmaron, en sintonía y bajo la influencia de otras similares del mundo Occidental: la marxista (PCV) la socialdemócrata (AD) y la socialcristiana (COPEI). Claro, había otras más de tendencias liberales, autoritarias o nacionalistas sin mayor peso, pero presentes y participativas en el hecho electoral y comunicacional.

En este ambiente de primavera democrática pero de altísima peligrosidad estructural en la convivencia social, dado que Fidel Castro en el poder había adoptado el comunismo como modelo de Gobierno en Cuba, y exteriorizado su pretensión (soviética en realidad) de penetrar, captar y derrumbar mediante la violencia armada, las tímidas manifestaciones de asentamiento democrático como forma de gobierno en Hispanoamérica, fue que, por iniciativa del Padre Manuel Aguirre S. J., entre otros muchos valiosos ciudadanos, se conformaron los llamados “cursillos de capacitación social”.

En ellos, como si fueren retiros espirituales, economistas, abogados, políticos, sacerdotes, sociólogos nos introducían bajo una especie de “shot” conceptual, a las diversas ofertas socioeconómicas existentes en el mundo: liberalismo, marxismo, socialdemocracia, socialcristianismo, democracia, tiranía, doctrina social de la Iglesia, cooperativismo, oratoria, propaganda, y hasta defensa personal.

Bajo esas primicias entramos a la Universidad Central de Venezuela en 1963, cuando ya las guerrillas marxistas del PCV y el MIR se encontraban en plena actividad violenta (asaltos a cuarteles, secuestros, asesinatos, robos bancarios, saboteos, y muerte, muchas muertes y destrucción)

El Instituto de Formación Demócrata Cristiana (IFEDEC) se fundó en 1962 (y comenzamos a oír de su existencia, en los amplios pasillos de la facultad de Derecho de la UCV, que colindaba con la combativa facultad de economía, forjadora de militantes comunistas, estatistas y guerrilleros, en un intento de sus profesor por demonizar las bondades o debilidades de la economía de mercado, pontificando que la única salida para un país equilibrado sin clases sociales, era el socialismo científico, el estatismo, el castrismo; en definitiva, el modelo soviético, “coger la montaña”, como se decía y romantizaba.

Y en esos pasillos de la facultad, de repente se veía transitarlos una figura erguida, delgada, de ojos claros, asomado de canas, impecablemente trajeado de un gris claro, sonriendo al saludar a su paso, la mítica imagen del profesor Arístides Calvani, referencia del socialcristiano por antonomasia. Nosotros, algunos de nosotros, nos rehusábamos a llamarnos copeyanos, pero sí demócratas cristianos. Sutilezas del lenguaje, pero útil para sentirnos independientes de reglas, disciplinas, órdenes u obediencias más castrenses que civiles.

Y no estábamos del todo equivocados, ni eran pretensiones de singularidad. Al punto que esa mítica figura que emanaba respeto a camaradas y no camaradas, solo se inscribió en COPEI, como militante activo, años después de esos fantásticos años sesenta.

Y nunca a pesar de ello, bajo su influencia moral e intelectual en la universidad o fuera de ella, entre copeyanos, comunistas, adecos, creyentes o agnósticos sus adversarios se atrevían a denostar de él. Del maestro Calvani que emanaba sabiduría, moralidad, rectitud. Sobre todo, autenticidad, puesto que vivía conforme a lo que predicaba. Y él, por opción y convicción, estaba comprometido en el hecho social, en la Doctrina Social de la Iglesia, emanada no solo de las Encíclicas papales sino en los valores judeocristianos. Y se convirtió en un apóstol de esa doctrina, que nutrió su participación política, en el hecho real.

Cuando fue canciller, en el primer gobierno de Rafael Caldera (1969-1974) basó su gestión en el concepto de Justicia Social Internacional y en la Pluralidad internacional, impulsó la creación del Instituto de Comercio Exterior adscrito a la Cancillería, y logró la denuncia del Tratado de Washington, que ataba en aquél entonces a nuestro país la obligación de adquirir bienes y servicios en los Estados Unidos con los créditos monetarios que nos fueren otorgados.

Fue en ese entonces donde incorporado al servicio exterior, fui destinado a la Embajada de Venezuela ante la Comunidad Económica Europea (hoy Unión Europea). Más tarde pude constatar en la práctica, su concepto del deber ser, de la ética ante cualquier circunstancia. No recuerdo exactamente los detalles, pero fue algo surgido sobre Surinam, y en una conversación informal con un grupo reunido en uno de los salones allende a su despacho, alguien propuso aprovecharse de tal o cual situación. Y él solo replicó, interesa más actuar conforme a lo correcto, que aprovecharnos de ello.

En otra ocasión, el director de Protocolo encargado para ese momento, Ney Pulgar, se le acercaba siempre para indicarle que tal Embajador le estaba solicitando en forma reiterada la orden Francisco Miranda, y así una y otra vez. Hasta que Calvani le dijo (yo estaba presente) “Ney, si eso lo va a hacer feliz y va a trabajar más, dale tres órdenes Miranda, y que no fastidie más”. Parecieran pequeñeces, pero no, indica el desprendimiento que tenía por lo material, lo edulcorado, lo pomposo; él iba a la esencia de la existencia humana, desde el punto de vista del desprendimiento de los bienes materiales, de la esencia de las cosas.

Años más tarde me tocó trabajar con él, ya fuera de la Cancillería, pero sí en el hecho internacional, al proponer mi nombre como secretario de Relaciones Internacionales de Copei, y allí fui a parar, a principios de los años ochenta.

Su vocación y actividad humana y profesional, lo llevó a separarse de la actividad política propiamente dicha en cuanto a cargos formales se refiere. Optó en su cruzada por llevar la democracia a los países centroamericanos, casi todos ellos bajo dictaduras tradicionales hispanoamericanas.

El propósito casi agónico, fue el fortalecimiento de los partidos políticos locales, en la lucha contra las dictaduras militares y contra el comunismo que poco a poco permeaba en Centroamérica a través de poderosas guerrillas comunistas, como las del Frente Farabundo Martí en El Salvador.

Y logró el propósito inicial en Guatemala, El Salvador, Panamá, Nicaragua, Honduras, Perú, Ecuador, en coincidencia y colaboración desprendida con partidos social demócratas del continente. Muchos activistas políticos que pasaron por los cursos del IFEDEC en Caracas luego llegaron a ser presidentes de sus respectivos países, como Napoleón Duarte en El Salvador, Vinicio Cerezo en Guatemala, Miguel Ángel Rodríguez y Rafel Calderón Fournier en Costa Rica, Febres Cordero y Lasso en Ecuador, Andrés Pastrana en Colombia, y un importante número de congresistas, alcaldes y magistrados. comprometidos con el hecho social y el ejercicio de la democracia.

Fue nuestro maestro en la universidad (Filosofía del Derecho) y fuera de ella. Cuando me tocó colaborar con él, muchas veces no compartíamos opinión sobre las estrategias a seguir en Centroamérica, pero nunca hizo valer su poder para hacerme desistir o imponer. Y murió, murió de una manera desconsiderada, cuando más nos hacía falta por todo lo que vino después en Venezuela, y el descalabro moral, institucional y conceptual en el que se sumergió Venezuela.

Cuando me preguntan si creo que debe ser llevado a los altares, replico que no conozco los requerimientos para que la Iglesia católica considere a una persona santo. En realidad, lo que la Iglesia llama santo, quiere decir que una persona ha llevado una vida ejemplar, digna de imitación, para el canon católico. En ese sentido, puedo dar fe que Arístides Calvani, mi profesor, nuestro profesor, llevó una vida ejemplar digna de imitación, bajo cualquier canon moral.

 

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