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«A Maduro se le ofreció salir pacíficamente de Venezuela, pero no aceptó»

El cardenal emérito de Caracas, Baltazar Porras, confirma que la diplomacia vaticana intentó evitar la captura del líder chavista por EE.UU. a cambio de una salida negociada, pero el régimen la rechazó

El cardenal Baltazar Porras, en la parroquia del este de Caracas donde vive desde que dejó la Archidiócesis.

El cardenal Baltazar Porras, en la parroquia del este de Caracas donde vive desde que dejó la Archidiócesis. (Jorge Benezra)

 

El este de Caracas amanece con esa luz espesa que se enreda en las ramas de los bucares. En una parroquia modesta, muy lejos de los mármoles arzobispales y del alboroto del centro de la ciudad, vive Baltazar Enrique Porras Cardozo. El tráfico no se escucha aquí; es una zona calmada, como entrar a la casa de los abuelos donde el tiempo parece haberse detenido. A sus 81 años, el cardenal emérito de Caracas es un hombre habituado a la vida comunitaria. Vive junto a uno de sus discípulos, el padre Honegger Molina, quien es su mano derecha.

Nos recibe temprano, antes de que el calor del trópico aplaste la ciudad. Desde la madrugada, el teléfono no ha dejado de sonar con llamadas de otros sacerdotes y decanos de la Iglesia venezolana, como monseñor Ovidio Pérez Morales. Sobre la mesa del comedor sencillo hay café negro, arepas humeantes y huevos revueltos estilo perico. No hay lujos en este retiro. Solo la quietud de un clérigo de manos grandes que vio pasar la historia de su país desde la primera fila y que ahora confiesa sentirse un poco huérfano. Su verdadera riqueza, una biblioteca de 30.000 volúmenes, se quedó en Mérida, la ciudad andina donde fue arzobispo durante casi cuatro décadas.

Porras es el último gran testigo eclesiástico de la tragedia venezolana. Es el hombre que dio asistencia espiritual a Hugo Chávez en la madrugada del golpe de 2002 y el mismo que, 23 años después, desafió a Nicolás Maduro hasta el punto de que le confiscaron el pasaporte diplomático en el aeropuerto de Maiquetía. Hoy, mientras desayunamos, el país que observa desde su ventana es otro. La madrugada del 3 de enero, una operación militar extranjera extrajo a Maduro del poder, borrando de un plumazo el destino de una nación exhausta.

Le preguntamos qué sintió al ver la imagen de Maduro, el hombre que lo llamó conspirador y lo acosó durante años, finalmente tras las rejas en Estados Unidos. Porras detiene la taza de café a medio camino. Su mirada, curtida por 43 años de obispado, no refleja triunfo.

«Yo, desde el primer momento que vi la imagen de él ya preso, no me alegré», dice con una voz pausada. «Sino lo que pensé: caramba, lo que hay detrás de todo esto es lo que hace que esté así, pero no podemos alegrarnos del mal de nadie».

Es una respuesta profundamente cristiana, pero también política. Porras entiende que la extracción de Maduro no borra las ruinas que deja a su paso. «Hemos tenido a quienes se nos vendieron como los mesías, que nos iban a sacar de abajo, y lo que nos han hecho es hundirnos», añade. «Y entonces necesitamos reconstruirnos entre todos, no alegrarnos del mal de nadie, porque eso no nos lleva por los caminos auténticos».

Hemos tenido a quienes se nos vendieron como los mesías, que nos iban a sacar de abajo, y lo que nos han hecho es hundirnos»

La conversación fluye hacia los días previos a la caída. Durante meses, circuló el rumor de que el Vaticano, a través del cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano y exnuncio en Venezuela, intentó negociar una salida pacífica para Maduro. Un exilio dorado en Rusia para evitar el colapso final. Porras, quien cultivó una estrecha amistad con el Papa Francisco, confirma lo que hasta ahora era un secreto a voces en los círculos diplomáticos.

«La diplomacia vaticana, con toda la experiencia que tiene en este campo, vio la conveniencia en un momento dado de poder apoyar una salida pacífica, una salida negociada, que no se dio», revela. «Se le ofreció a Maduro y a su equipo poder salir pacíficamente».

La Iglesia, dice Porras con una sonrisa irónica, no tiene servicio de inteligencia, «pero todo llega». Y lo que llegó fue la confirmación de que el chavismo nunca tuvo la intención de ceder el poder. Desde el primer día, la relación entre la revolución bolivariana y la Iglesia católica estuvo marcada por la desconfianza y el intento de cooptación.

Porras frente a una fracción de su biblioteca. Sus 30.000 volúmenes se quedaron en Mérida, la ciudad andina donde fue arzobispo durante casi cuatro décadas
Porras frente a una fracción de su biblioteca. Sus 30.000 volúmenes se quedaron en Mérida, la ciudad andina donde fue arzobispo durante casi cuatro décadas(J. Benezra)

Primer encuentro con Chávez

Porras recuerda su primer encuentro con Hugo Chávez, recién electo presidente. La anécdota desnuda la psique del chavismo. «¿Cuánto necesitan? ¿Cuántos cargos quieren? Yo les puedo dar cuatro o cinco ministerios, díganme cuáles son los que ustedes quieren y díganme los nombres y los nombro ya», les ofreció Chávez. Cuando los obispos declinaron, la respuesta del militar fue tajante: «¿Es que no quieren? ¿No están conmigo?».

«Yo creo que de ahí surge eso», reflexiona Porras. «El que no está conmigo es mi enemigo. Al enemigo hay que destruirlo».

Cuando los obispos declinaron las ofertas de cargos en el gobierno de Chávez, la respuesta del militar fue tajante: «¿Es que no quieren? ¿No están conmigo?»

Esa enemistad alcanzó su clímax la madrugada del 12 de abril de 2002. Chávez, acorralado en Fuerte Tiuna y forzado a renunciar, pidió ver a Porras, el mismo obispo al que había vilipendiado en la televisión nacional. El cardenal recuerda a un hombre asustado. «Bendición, monseñor, perdone todas las barbaridades que he dicho de usted», le rogó Chávez.

Porras todavía estaba con Chávez cuando sonó su teléfono. Era el embajador de España en Caracas, que quería saber si era cierto que el presidente lo había buscado. Porras le confirmó que sí. Entonces el embajador le explicó lo que estaba ocurriendo al otro lado del Atlántico: el presidente José María Aznar acababa de recibir una llamada de Fidel Castro. El comandante cubano, el mismo que había construido con Chávez una alianza que redefinió la geopolítica del hemisferio, se negaba a darle asilo en La Habana y le pedía a Aznar que lo acogiera en España.

El mentor rechazaba al discípulo caído. Porras lo resume con un refrán venezolano que vale más que cualquier tratado de ciencia política: «Si te he visto, no te conozco». Y añade, con la precisión del historiador que también es: «Eso está escrito en las memorias de Aznar. Eso nos pone en evidencia que el interés de Fidel y del régimen cubano no es tanto la persona, sino el beneficio que podía sacar en ese momento».

Después de casi tres décadas, el chavismo ha dejado un país devastado. «Estos 27 años han supuesto un retroceso brutal», afirma el cardenal. «No, ni siquiera a 1990, sino al siglo XVIII. Aquí estamos, o hemos querido estar en tiempos de Carlos III o de Carlos IV».

«Estos 27 años han supuesto un retroceso brutal. Ni siquiera a 1990, sino al siglo XVIII. Aquí estamos, o hemos querido estar en tiempos de Carlos III o de Carlos IV»

Mensaje a la diáspora

La transición actual, liderada por un Gobierno interino bajo la figura de Delcy Rodríguez, plantea interrogantes monumentales. ¿Cómo se reconstruye un país con las mismas leyes y estructuras que lo destruyeron? Porras es pragmático. Cree que la presión internacional, el tutelaje del norte, como él lo llama, es necesario para obligar a desmontar el andamiaje autoritario. Leyes como la del odio, la del terrorismo o la de las ONG deben desaparecer para que los ciudadanos puedan disentir sin una espada de Damocles sobre sus cabezas.

Pero la verdadera reconstrucción, insiste, debe venir desde abajo. Recuerda un consejo que le dio el Papa Juan Pablo II: «No pierda el tiempo hablándole a los que mandan porque no oyen, sino háblele a la gente». Y la gente, asegura Porras, tiene sus ideas más claras de lo que los políticos creen.

Ya finalizando nuestro encuentro, le preguntamos qué le diría a un joven venezolano en la diáspora, a uno de esos cerca de ocho millones de personas que han salido de Venezuela buscando protección y una vida mejor, según datos de Acnur. ¿Vale la pena regresar?

Porras no ofrece falsas promesas. Sabe que estadísticamente solo regresa una fracción de los exiliados y que deben darse condiciones mínimas. Pero su mensaje final es un testamento a la resistencia espiritual de un país que se niega a morir.

«La esperanza no se encuentra, se construye», concluye el cardenal, apoyando sus manos grandes sobre la mesa. «Y la esperanza es la seguridad de lo que no se ve, pero la convicción de que hay que caminar hacia allá. Si no tenemos la convicción de que queremos caminar hacia la libertad, hacia la igualdad de oportunidades, no hay nada que hacer».

«Si no tenemos la convicción de que queremos caminar hacia la libertad, hacia la igualdad de oportunidades, no hay nada que hacer»

Baltazar Porras, el hombre que sobrevivió a Chávez y a Maduro, se levanta para continuar su día en la modesta parroquia. Ya no tiene el poder de un arzobispo, pero conserva algo mucho más peligroso para cualquier sistema: la memoria intacta y la libertad de decir la verdad.

 

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