Aburrirse es bueno para el cerebro y casi todos estamos olvidando cómo hacerlo: esto ocurre cuando dejas el móvil y no haces nada
Ese momento de vacío que intentas llenar puede ser justo el descanso que tu mente necesita

¿Cuánto tardas en sacar el móvil cuando tienes cinco minutos libres?
En la cola del supermercado, esperando el autobús, en un ascensor, mientras se hace el café o incluso cuando estás sentado en el sofá. Cualquier pequeño instante sin nada que hacer parece suficiente para desbloquear la pantalla y buscar algo que nos entretenga.
Nos hemos acostumbrado a vivir rodeados de estímulos.
Mensajes, vídeos, redes sociales, noticias, correos electrónicos, podcasts… parece que aburrirse se ha convertido en algo que hay que evitar a toda costa.
Pero quizá deberíamos hacer justo lo contrario.
Los neurocientíficos llevan años estudiando qué sucede cuando dejamos de mantener la mente ocupada constantemente. Y el aburrimiento, aunque tenga fama de ser algo negativo, puede abrir un espacio importante para la creatividad, la reflexión y la recuperación de la atención.
En otras palabras: ese momento en el que no haces absolutamente nada podría estar haciendo mucho por tu cerebro.
Tu cerebro no está perdiendo el tiempo cuando estás aburrido
Hay una idea que conviene desterrar: aburrirse no significa que el cerebro se haya apagado.
Aunque tú sientas que no está pasando nada, la mente continúa trabajando. Cuando dejamos de concentrarnos en una actividad concreta y reducimos los estímulos externos, entra en juego la llamada red neuronal por defecto, relacionada con procesos como la memoria, la imaginación, la autorreflexión y la planificación.
Es entonces cuando los pensamientos empiezan a viajar de un lado a otro.
Una idea lleva a otra. Un recuerdo conecta con una experiencia. Un problema que parecía imposible empieza a verse de otra manera.
Y ahí puede aparecer la creatividad.
No es casualidad que muchas personas tengan sus mejores ideas mientras se duchan, caminan, hacen las tareas de casa o realizan actividades rutinarias que no requieren toda su atención.
El cerebro necesita también momentos en los que no tenga que responder a nada.
El aburrimiento puede proporcionar precisamente ese espacio de incubación en el que ideas que estaban en segundo plano terminan conectándose.
El problema es que ya casi nunca dejamos que llegue el aburrimiento
Aquí aparece una paradoja.
Tenemos más entretenimiento disponible que nunca y, sin embargo, cada vez parece más difícil soportar unos minutos sin hacer nada.
El motivo es sencillo: cuando aparece el aburrimiento, tenemos una solución inmediata en el bolsillo.
El teléfono.
Un vistazo rápido a las redes. Una noticia. Un vídeo. Un mensaje. Otro vídeo. Y otro.
Así evitamos la sensación de vacío antes incluso de que nuestra mente tenga tiempo de adaptarse a ella.
El resultado puede convertirse en un círculo difícil de romper: cuantos más estímulos buscamos para escapar del aburrimiento, más acostumbrados estamos a recibirlos y menos toleramos los momentos de calma.
Además, nuestra atención tiene recursos limitados. Vivir permanentemente pendiente de información y notificaciones puede contribuir a esa sensación de saturación mental que muchas personas experimentan al terminar el día.
Por eso, aburrirse no tiene por qué significar quedarse mirando al techo durante horas.
Puede ser algo mucho más sencillo: caminar sin consultar el móvil, sentarse unos minutos sin buscar entretenimiento, mirar por la ventana o dejar que los pensamientos aparezcan sin intentar llenarlos inmediatamente con otra actividad.
El aburrimiento puede ayudarte a pensar en lo que realmente quieres
Hay una razón por la que estar a solas con nuestros pensamientos puede resultar incómodo.
Cuando desaparecen las distracciones, aparecemos nosotros.
Y con nosotros llegan pensamientos, preocupaciones, recuerdos, deseos y preguntas que durante el día quedan escondidos detrás del trabajo, las obligaciones y las pantallas.
Por eso esos momentos de inactividad también pueden ser una oportunidad para la introspección.
La mente puede repasar lo ocurrido, imaginar posibilidades, establecer objetivos o simplemente descansar del flujo constante de información.
En los niños, además, permitir que aparezca el aburrimiento puede ayudarles a desarrollar recursos para entretenerse por sí mismos, además de favorecer habilidades como la planificación, la flexibilidad y la resolución de problemas.
Así que quizá el objetivo no sea «aburrirse más», sino recuperar algo que hemos perdido: el tiempo vacío.
No hace falta convertirlo en otra obligación de nuestra agenda. De hecho, sería contradictorio.
La próxima vez que tengas cinco minutos libres, prueba algo diferente.
No saques el móvil.
No pongas un vídeo.
No busques inmediatamente algo que hacer.
Deja que tu cerebro se aburra.
Puede que al principio te resulte incómodo. Puede que aparezcan pensamientos que llevabas todo el día evitando. O puede que, simplemente, no ocurra nada.
Y eso también está bien.
Porque en una sociedad que nos empuja a estar permanentemente ocupados, no hacer nada no es necesariamente perder el tiempo: a veces es precisamente la pausa que necesitamos para volver a pensar con claridad.
