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Adiós a darse la mano

En una charla para TED, años atrás, el experto en computación Marvin Minsky dijo que el saludo dándose la mano era una mala idea pues volvía factible el pasarse infecciones de unos a otros. Según expertos en el tema, aumenta en un 30% las probabilidades de trasmitir una enfermedad infecciosa. Me sonó exagerado; sin embargo, hoy sabemos que es cierto y que en el caso del coronavirus el chance es más alto todavía. Esto trae a la memoria situaciones en las que el contagio del virus debe ser mucho más probable: grupos de tribus sentados en círculo, que se pasan un cuenco del que cada miembro bebe (uno lo ha visto en documentales), o la sucia costumbre cristiana de tener fuentes de agua “bendita” en las iglesias.

Es muy probable que la etiqueta del saludo cambie. Vamos a tener miedo de todo tipo de proximidad física: desde darnos la mano, hasta besarnos o abrazarnos. No sabemos cuántas cosas vamos a perder y cuántas cosas vamos a ganar para el futuro después del Covid-19, pero las formas usuales de contacto físico sí serán una pérdida que ya mismo anticipamos.

El sicólogo Steven Pinker dice que la costumbre de dar la mano surge del deseo de mostrarnos amistosos. Es una manera de señalar que no se tiene el plan de ser agresivo. Por eso las manos están abiertas y no cerradas, los brazos en posición supina, por eso nos acercamos en vez de mantener una distancia cautelosa y exponemos los labios y cuello, partes vulnerables del cuerpo. Según él, Con el tiempo, cada cultura tendrá que adoptar convenciones sobre qué gestos usar, para eliminar cualquier ambigüedad sobre cuán amigable es la intención”.

Le sugiero al lector que haga el ejercicio de recordar a las personas a quienes saluda de mano, de beso y de abrazo. De la primera ronda, la del saludo de mano, tal vez pensemos que su carencia no es dolorosa, pues si uno saluda de mano da casi igual omitir el contacto. Eso de deducir aspectos de la personalidad de alguien según la fuerza o debilidad del apretón es inútil e innecesario. Tampoco aporta información importante saber si las manos son ásperas, húmedas, blandas, duras, callosas, etc. Entre las mujeres, esa costumbre no se ha impuesto. En últimas, no es fácil echar de menos el saludo de mano, con nadie.

Los orientales (desde al año 1000 antes de Cristo) inventaron una manera hermosa y limpia de saludar: El saludo reverencial. Ese en el que uno junta las manos al frente del pecho, como rezando, y agacha la cabeza, al tiempo que inclina el cuerpo hacia adelante. No solo es claro, sino que da muestra de respeto por el otro; además, no se necesita hablar, el gesto lo dice todo. Esta sería una forma muy saludable de saludar, que deberíamos adoptar. Los hindúes tienen el Namasté, un saludo similar, pero con una leve inclinación de cabeza.

 

 

Frente al beso (nosotros le decimos “pico”, para diferenciarlo del beso en la boca) podemos tener distintas actitudes. Los besos entre personas del mismo sexo se pueden eliminar sin tristeza (digo, en el caso de ser heterosexual), ya que el placer es mínimo y el riesgo es considerable. Los besos entre mujeres, en Colombia, es una práctica relativamente nueva. Hace cuarenta años no se usaba tal saludo entre las mujeres. En realidad, tampoco se usaba entre mujeres y hombres, porque éramos más distantes, menos expresivos con la gestualidad, y la herencia puritana era preponderante. En la cultura antioqueña, los hoy abuelos no besan ni abrazan a nadie; a duras penas, a los nietos, cuando estos toman la iniciativa. Los besos como saludo entre personas del mismo sexo es costumbre en muchas partes del mundo (en Egipto y en Rusia, los hombres se besan entre ellos). En Occidente, el cine lo revela, las mujeres se besan con las mujeres y con los hombres. Innegablemente, hay muchas personas de las cuales sería de hecho indiferente recibir o no besos, pero hay otras a las cuales uno quiere besar o ser besado por ellas. El beso en la mejilla es un gesto que ocurre con tal rapidez que es casi imperceptible. Cuando se demora un microsegundo más es cuando adquiere un tris de gracia y de significado. Sin estos últimos besos habría sin duda una pérdida.

La ronda de los abrazos es quizás la más dolorosa, porque sin abrazos la vida es menos bella. El abrazo es un gesto poderoso cuyo significado depende de factores como la fuerza, la postura de los brazos, la temperatura, la duración, la ubicación de las cabezas. Abrazar a un niño, a los hijos, abrazar a los amigos y a las amigas puede ser reconfortante y placentero.

Recorra el lector en su mente a esas personas a quienes le gusta abrazar y descubra el porqué. Abrazamos de maneras distintas, que dependen de a quién y por quiénes somos abrazados. Hay personas que abrazan con disgusto o reserva, como por obligación. Hay personas que abrazan como si tuvieran miedo de ser descubiertas, como si no gustaran de ellas mismas, que abrazan con una enorme inseguridad. Hay personas que abrazan y lo dan todo, se entregan, que no tienen miedo de el otro ni de cómo serán percibidas. Es más placentero abrazar a esos que disfrutan el abrazo tanto como tú. Y el gusto no va en la fuerza ni en la longitud, va en la decisión interna, y se percibe y entiende en las microseñales que da el cuerpo, que todos sabemos leer a la perfección.

Hay quienes abrazan con arte y quienes lo hacen sin gracia. Vamos a echar de menos esos abrazos con gracia, cargados de dulzura, de gusto, de atracción, de simpatía o de ternura. Los que recibíamos como si nada, casi sin darnos cuenta. Será una pérdida, porque entre amigos es casi la única forma de demostrar amor con el cuerpo.

 

 

 

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