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Agapito Maestre: Sánchez y Vox

Resulta difícil hallar un cuento, un poema, una novela, una película, en fin, un proyecto cultural que diga con sencillez España

Trato de estar al día con la política española, pero reconozco que me cuesta seguirla. Uno tiene sus límites. No sé si mis fallos son por falta de entendederas o por que mis fuentes de información me engañan. Yo persisto y trato de leer todo lo que cae en mis manos. Naturalmente, la prensa es mi primera fuente para vertebrar el espacio político; algo dicen y predicen nuestros medios de comunicación, pero creo que la mescolanza horrible de políticos y periodistas, de tratos y contratos entre partidos y medios, oscurece demasiado el asunto. Abundan los fanáticos y los listillos. Tampoco ayudan los cien analistas que aplican fórmulas, nociones y librillos traídos de fuera de España para entender nuestra compleja esfera pública-política.

También leo en libros que me informan sobre políticos y partidos. Por ejemplo, aunque me ha costado encontrarlo en las librerías, algunas páginas he repasado del libro de Pedro Sánchez. Nada relevante contiene sobre el personaje que no conozcamos y, por supuesto, está lleno de faramalla. Oculta más que muestra. La obra del Presidente del Gobierno está tan fuera de la realidad, al margen de lo que nos sucede a los españoles, como otra que he leído sobre Vox. Este segundo es un libro colectivo dedicado a «explicar» la aparición de Vox en el panorama político y, salvo un par de artículos, todo lo dicho me suena a cosa fingida. Impostada.

No critico las descalificaciones gratuitas que se vierten, en La sorpresa Vox, sobre las ideas, las personas y las actitudes de sus líderes. No entro en las destrabadas comparaciones que se hacen entre Vox, un partido español, y otras formaciones políticas de países lejanos. Ni siquiera entro a valorar preguntas tan alejadas del aquí y ahora, de la actualidad política de España, como esa que se hace uno de sus autores: «¿Supone Vox el retorno de la ideología del nacionalcatolicismo?» Naturalmente, todo eso me preocupa, pero son cuestiones discutibles y susceptibles de debate. Lo peor es la atmósfera que transmite de «inautenticidad», de estar al margen de lo que pasa… El trato que se le da a la vinculación o desvinculación de Vox con España es tan indecoroso que el resto sobra. Indecoroso, sí, por inexistente.

A este libro le cuesta hablar de lo real, de España. Y es que resulta difícil hallar un cuento, un poema, una novela, una película, en fin, un proyecto cultural que diga con sencillez España. Ahí está el problema. Azorín tenía razón:

«Todo conspira al presente en España -libros, periódicos, espectáculos- para que las generaciones futuras se desenvuelvan independientemente de la realidad española. Nada dice: «España», en el ambiente moral. Los nuevos escritores, los autores de toda esa muchedumbre de libros pintarrajeados, no se preocupan ni del paisaje, ni de los tipos, ni del ambiente de España. La generación de hace treinta años llenaba cuadernitos y más cuadernitos de notas y apuntes tomados de los viajes (luz, paisajes, tipos, costumbres), y que luego habían de servir para escribir los libros. Hoy no existe España para los escritores españoles. No existe la realidad presente, ni la pasada. Nadie sabe historia de España. No se estudia en Institutos y Universidades como se debiera estudiar. Los políticos del pasado régimen -salvo alguna excepción- han tenido el desdén más soberano por la historia de su Patria. Se repasan tomos y tomos del «Diario de las Sesiones» de las Cámaras y jamás se ve en los discursos un recuerdo, una reminiscencia, un pormenor relativo a la historia más gloriosa que ha tenido Europa: a la historia de España.

¿No será ahora, cuando lo material se estabilice un poco; no será hora de poner mano en este caos espiritual? Por lo menos, que las generaciones venideras comiencen a tener noción de la Patria. Que sepan la Patria en que viven. Que principien por no tener horror a la palabra Patria. Que conozcan la historia de España -la más bella historia de Europa-. Que gusten del paisaje de España. Que amen las ciudades históricas y los monumentos. Y que presten su cooperación decidida, franca, generosa, por encima de las miras políticas, a todo hombre que, con patriotismo y nobleza, trabaje por España.»

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