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Ahora un toque de queda: el estallido social es cuestión de tiempo

Las voces de alarma se han multiplicado y la tensión de los ciudadanos ha aumentado, porque los mensajes que reciben son contradictorios, exagerados o interesados

Sepa usted algo importante: los medios de comunicación han decidido tratarle como un imbécil y, además, se han propuesto amargarle cada día de su existencia. Publicaban varias cabeceras digitales hace unos días la noticia de la muerte de uno de los participantes en los ensayos de la vacuna que prepara la Universidad de Oxford. Todas las sospechas indicaban que el deceso no tenía nada que ver con el tratamiento, pues los científicos le habían inyectado un placebo; pero, pese a todo, la prensa decidió destacar el fallecimiento sobre el resto de la información, pues su objetivo era generar alarma, pues eso preocupa al personal y se traduce en un aumento de audiencia. Y aquí cada uno se busca las habichuelas como bien puede. Sin más.

La cadena de televisión más vista de este país, que es Telecinco, ha anunciado a bombo y platillo durante los últimos días el programa que emitió este jueves en su horario de máxima audiencia, presentado por Iker Jiménez. El reclamo prometía una gran exclusiva, como eran la entrevista a una viróloga que no duda en afirmar que la covid-19 es un arma biológica creada y extendida por China. Algo que constituye un auténtico casus belli y que, de ser cierto, probablemente llenaría el mundo de sangre y plomo.

El problema es que los propios científicos desconfían de lo que afirma su colega, que no se sustenta en pruebas. Sólo en sospechas y en una serie de hipótesis que han sido tomadas de un lado y de otro para obtener unas conclusiones sesgadas. No hay nada mejor, si usted quiere emborrachar a alguien, que añadirle un chorrito de orujo a su primer café.

El toque de queda es una forma de derivar toda la responsabilidad hacia la población. Implica culpar de la penosa situación española a los juerguistas y a los borrachos, cuando es la falta de rumbo político y de consenso lo que ha situado a este país casi a la cabeza mundial en cuanto a número de contagios por habitante.

Iker Jiménez lo sabía y, de hecho, no lo ocultó: “Esto es lo que cree, aunque aún no lo ha podido demostrar. Va a ser espectacular”. Pese a todo, quiso dar voz a esta peligrosa teoría. Y digo peligrosa porque lo es, dado que contribuye a generar odios en un momento en el que los nervios están a flor de piel. ¿Qué diferencia hay entre afirmar que ‘la Cataluña productiva mantiene a la Andalucía subsidiada’ y decir, sin pruebas concluyentes, que la covid-19 es un arma de guerra?

Alardea siempre este periodista de contar lo que otros medios ocultan y la cosa tiene su gracia cuando los temas tienen que ver con el ocultismo o las conspiraciones de las élites mundiales. Pero debería demostrar ciertos escrúpulos a la hora de dar crédito y anunciar como una ‘exclusiva’ testimonios como el de esta mujer, que, por cierto, ha sido utilizada por Steve Bannon para ganar votos en la campaña electoral estadounidense. A Iker Jiménez parece que nada de esto le hace sospechar. Pero es que Iker Jiménez sólo busca una cosa, en realidad. Dedúzcalo usted. Y dicho esto, fue de los pocos que no infravaloró al virus a principio de año. Mérito suyo es y demérito de los demás. A partir de ahí…estas cosas.

Un país intoxicado

Las voces de alarma se han multiplicado en las últimas semanas y la tensión de los ciudadanos ha aumentado; entre otras cosas, porque los mensajes que reciben por parte de medios de comunicación y portavoces son contradictorios, exagerados o interesados. Ese político impresentable que es Fernando Simón anunció la semana pasada que la segunda ola de coronavirus estaba bajo control y, unas horas después, con los contagios disparados y 150 muertos al día, cambió de opinión y volvió a transmitir mensajes pesimistas. Unos días antes, los informativos de las televisiones habían comenzado a sugerir la posibilidad de que se estableciera un toque de queda, como así será.

Por supuesto, los noticiarios de las grandes cadenas hablaban sólo de los beneficios de esta medida, lo que también implica tomar por memos a los ciudadanos, a quienes implícitamente se les transmite que la pandemia se expande más de noche que de día y que eso sucede por los irresponsables, que los hay, pero que no son mayoría. El toque de queda es una forma de derivar toda la responsabilidad hacia la población. Implica culpar de la penosa situación española a los juerguistas y a los borrachos, cuando es la falta de rumbo político y de consenso lo que ha situado a este país casi a la cabeza mundial en cuanto a número de contagios por habitante.

Porque cerrar los parques infantiles mientras se mantienen abiertos los colegios es una estupidez, del mismo modo que pensar que las personas se infectan en casa, pero nada tiene que ver en el proceso la asistencia a las aulas o al trabajo. O el uso del transporte público, donde ni mucho menos se han evitado las aglomeraciones. Ignacio Aguado y Ángel Garrido hicieron un soberano ridículo hace unas semanas cuando inauguraron unos dispensadores de gel hidroalcohólico para varias estaciones de Metro. Mientras tanto, las frecuencias de los trenes no han aumentado y los embotellamientos son frecuentes en hora punta. Para colmo, hay dispensadores que se han desgastado por el efecto del alcohol. No estaban hechos con el material adecuado. Hasta eso hacen mal.

Por cierto, todas las tardes se llenan los supermercados, donde se producen más aglomeraciones que en casi cualquier espacio cerrado. Pero alguien parece haber concluido que al cruzar la puerta de estos establecimientos se desarrolla inmunidad. Es todo un desastre.

Cerrar los parques infantiles mientras se mantienen abiertos los colegios es una estupidez, del mismo modo que pensar que las personas se infectan en casa, pero nada tiene que ver en el proceso la asistencia a las aulas o al trabajo»

El cóctel que se ha generado lleva un apellido ruso, que es el de Molotov. Porque la ciudadanía está cada vez más enfadada y eso provoca que sus reacciones sean más imprevisibles y los llamamientos a la responsabilidad civil, cada vez menos efectivos. Esta situación era inevitable, pero podría haberse aminorado si desde el principio se hubiera dicho la verdad: nadie tiene ni la más remota idea de lo que ocurrirá en los próximos meses, pues el virus ya ha ganado varias partidas a la humanidad y nada dice que esa dinámica vaya a romperse a corto plazo.

Lejos de apostar por la sinceridad y llamar al patriotismo y a la responsabilidad, los partidos han desatado una guerra sin cuartel que ha tenido sus episodios más vergonzantes en la reciente moción de censura -¡no era el momento de distraer y encrespar!- y en la ridícula batalla entre el Gobierno y la Comunidad de Madrid. Los medios de comunicación también han ayudado a emponzoñar la situación, pues han deglutido el contenido de la agenda política con sumo placer, como buenos mamadores, y, lo peor, han publicado toneladas de propaganda y mentiras interesadas y alarmistas porque eso ha aupado su audiencia.

Lo decía hace unos días y lo mantengo: ante la falta de clavos a los que aferrarse, lo mejor sería que los ciudadanos apagaran sus televisores, realizaran introspección y recurrieran a la buena literatura, que, cuando todo esto pase, si pasa, ya se enterará. Y si tienen hambre, protestarán igual y harán todo lo que esté en su mano para comer. Aunque no hayan visto el telediario.

 

 

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