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Ana Cristina Vélez: El universo adaptado al hombre

En días de soledad hay tiempo para oír conferencias sobre el universo, tiempo para imaginarlo, para sentirnos insignificantes, para reconocernos transitorios. John Archibald Wheeler, uno de los físicos más importantes del siglo XX, dijo lo siguiente unos pocos años antes de su muerte (lo cito de Wikipedia): “No es únicamente que el hombre esté adaptado al universo. El universo está adaptado al hombre. ¿Imagina un universo en el cual una u otra de las constantes físicas fundamentales sin dimensiones se alterase en un pequeño porcentaje en uno u otro sentido? En tal universo el hombre nunca hubiera existido. Este es el punto central del principio antrópico. Según este principio, en el centro de toda la maquinaria y diseño del mundo subyace un factor dador-de-vida”.

Existir es habernos ganado ya la primera lotería, como dijo Richard Dawkins. De hecho, ocurrió una improbabilísima combinación de genes que dio como resultado a usted y a mí. Y por eso podemos disfrutar durante un rato de la magnificencia de este mundo. Pero, como dijo Wheeler, se dieron muchos accidentes improbables que propiciaron la aparición de la vida.

 

 

Uno de estos fue la velocidad a la que se expande el universo. El universo no solo se está expandiendo, sino que cada vez lo hace más rápidamente. Si la constante cosmológica (así se le llama) fuera mayor de lo que es, las galaxias y las estrellas no habrían tenido tiempo de condensarse. Si fuera menor, tampoco se habrían formado, pues sin suficiente espacio ni tiempo no podrían haberlo hecho.

Otro accidente fue la estabilidad de los protones. Los neutrones son más pesados que los protones. El neutrón se puede descomponer en electrones, neutrinos y protones, pero el protón no se puede descomponer, que sepamos hasta ahora. Si los protones se descompusieran no se formarían átomos, sin átomos no se formarían moléculas, sin moléculas no habría vida.

La fuerza electromagnética es la justa. La fuerza que mantiene unido el núcleo del átomo debe ser mayor que la fuerza electromagnética que hace que se repelan los protones, cargados positivamente, dentro del núcleo del átomo. Una disminución de más del 0,5 % en esa fuerza del núcleo, o un 4 % más en la fuerza electromagnética harían imposible la existencia de las moléculas de carbono. De nuevo, sin carbono no habría vida, pues es su componente principal.

El orden cosmológico permite la fusión de organismos simples y unicelulares en organismos complejos.

La fuerza de la gravedad, G, es la perfecta para que las estrellas no se contraigan y se conviertan en estrellas de neutrones, que son extrañas y fantásticas. Si G fuera más débil, entonces las estrellas no se quemarían, tampoco o habría fusión nuclear (la que convierte el hidrógeno en helio); además, se expandirían y se convertirían en gigantes azules, muy calientes y de una gran masa, y en ellas no se pueden dar las condiciones para que la vida surja. Si el ritmo de reacción fuera demasiado veloz, la estabilidad hidrodinámica se rompería y las estrellas se consumirían tras su formación, en explosiones casi instantáneas. Porque se dan este número de improbabilidades (y muchas otras) es que nos damos el lujo de sentir al “rubicundo Apolo tender por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos”.

 

 

Sí, oímos la música de las esferas. Sí, el universo está finamente sintonizado y un mínimo cambio lo modificaría todo y lo echaría a perder, por lo menos para nuestra existencia. Pero es así, es improbable y, que sepamos, solo pudimos surgir aquí. Cuando dejamos de mirar el cielo nocturno, esa verdad se nos olvida, como si se hundiera en el infinito, en la oscuridad y en el vacío. Entonces, miramos hacia abajo y nos alegramos al notar la emoción con la que nos saluda el perro del vecino.

Partículas e interacciones

Fotografías tomada por David Rowe

 

 

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