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Angela Merkel, de Ana Carbajosa

Angela Merkel, de Ana Carbajosa

Ana Carbajosa, la autora de este libro, ha sido corresponsal de El País en Berlín coincidiendo con el último mandato de la canciller Angela Merkel. Zenda publica las cinco primeras páginas de la introducción de Angela Merkel: Crónica de una era (editorial Península).

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Introducción

UNA POLÍTICA DISTINTA

 

Angela Dorothea Merkel es una política distinta, un persona­je singular. Es la líder europea más relevante del siglo XXI, que se marcha tras dieciséis años en el poder sin perder una elección. Es mujer, del este, física y sin hijos. Toda una ra­reza en la política alemana y del continente, en el que nada se ha movido en los últimos tres lustros sin el visto bueno de Berlín. Conocerla es a la vez conocer la historia de la Ale­mania moderna y de Europa.

Fuera Merkel ha adquirido la categoría de símbolo glo­bal. Representa una era, la del multilateralismo frente a la marea neonacionalista que avanza sin aparente freno. La de la defensa de la ciencia y los hechos frente al populismo y los hechos alternativos. Encarna además, la otra cara de la moneda frente a los líderes mercuriales y testosterónicos que aspiran a dominar el mundo. Los Trump, Putin o Bol­sonaro han erigido a la canciller alemana en líder planetaria, según han reflejado las encuestas en los últimos años. En la recta final de su carrera, con la explosión de la pandemia, esta política-científica ha despertado la envidia internacio­nal. Sus áridas pero eficaces explicaciones de la tasa de re­producción del virus o sus intervenciones implorando pru­dencia a los ciudadanos se viralizaron irremediablemente. Eso, a pesar de que Merkel ni siquiera tiene cuenta de Twitter; toda una excentricidad a estas alturas.

Más allá de sus errores y de sus aciertos, Merkel perso­nifica otra forma de hacer política. Pausada, reflexionada, desde la razón. El mundo tiene sed de sentido común y Merkel lo ha proporcionado con cierta naturalidad desde que asumió el poder en 2005. Esa racionalidad, junto a la fidelidad a los principios democráticos y a las instituciones, así como su obsesiva búsqueda del consenso, han contribui­do a aupar a la canciller alemana en la escena global.

Esta admiración internacional contrasta con el rechazo que Merkel suscita entre ciertos sectores de la izquierda del sur de Europa y de la derecha alemana. Los primeros no le han perdonado las políticas de austeridad que contribuyeron a sembrar de cadáveres sociales y laborales el continente tras la crisis financiera de 2008, la que llevó al euro al borde del abismo. Los segundos la culpan de la entrada de más de un millón de demandantes de asilo en 2015, durante el mayor éxodo migratorio rumbo a Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Aquella decisión, la de no cerrar las fronteras, mar­có como ninguna otra sus mandatos. Hizo sentir a muchos alemanes orgullo de su país, pero otros creen que Merkel no midió bien y que su política de refugiados dio alas a la extre­ma derecha, que en 2017 entró por primera vez en el Parla­mento federal, en un país que se creía vacunado por la histo­ria. La cuestión de los refugiados sigue dividiendo a un país en el que he conocido a multitud de gente implicada en la ayuda a refugiados, pero también a neonazis y grupos xenó­fobos de todo pelaje, que expresan abiertamente un racismo desacomplejado e impensable hace diez años.

Los comienzos de Merkel fueron tímidos y su carrera política ha sido una constante lucha en un partido en el que ha sido la eterna subestimada y una especie de cuerpo extra­ño. Aterrizó en la conservadora Unión Demócrata Cristiana (CDU) como una marciana. Tenía treinta y seis años y no formaba parte de las redes de apoyo mutuo tejidas a lo largo de los años en las juventudes del partido o en las agrupacio­nes regionales. Pero sobre todo, venía del otro lado del telón de acero. Merkel creció y pasó parte de su vida adulta en la República Democrática Alemana (RDA), donde se convir­tió en una física respetada. Allí se forjó su personalidad. En aquel régimen totalitario aprendió a escuchar, a ser ambigua, a leer entre líneas y, sobre todo, a esperar. Aquellos apren­dizajes resultarían claves después para su supervivencia po­lítica. Aprendió también que las transformaciones históricas acaban por llegar y que la realidad es susceptible de cambiar de un día para otro, como sucedió con la caída del Muro de Berlín. Recorrer el este y hablar con la gente de allí, como haremos en este libro, ayuda a comprender que ese pasado no es tan remoto y, sobre todo, que está muy presente en la mente de muchos alemanes, que puede que aborrecieran aquel régimen, pero que también acumulan resentimiento ante un proceso de reunificación en el que se sintieron ciudadanos de segunda. Esa frustración ha mutado a menudo en extre­mismo y desafección política.

Merkel es hija de un pastor protestante, que emigró vo­luntariamente desde el oeste y que se instaló en Templin, una tranquila ciudad situada a unos cien kilómetros de Ber­lín, a la que viajaremos en este libro. La familia del religioso vivía en un recinto que era también un hogar para personas con discapacidad, con las que Merkel compartió los prime­ros años de su vida. En la escuela fue una alumna aplicada, que destacó en matemáticas y en ruso, y a la que se le daban mal los deportes, en un país que trató de proyectar su su­puesto poderío al mundo a través de sus atletas.

La política alemana es una mujer, como todas las de su generación en la RDA, con dos vidas. La de antes de la caí­da del Muro de Berlín y la de después. La aplicada científica y el gigante político. El día que la revuelta pacífica tumbó el Muro, el 9 de noviembre de 1989, Merkel estaba en Berlín, en uno de los barrios fronterizos, pero no corrió a festejarlo eufórica como otros. Se fue a la sauna como cada jueves y solo después se dio un paseo, corto, por el nuevo mundo, antes de volver temprano a casa porque al día siguiente te­nía que ir a su trabajo, en la Academia de Ciencias. Fiel a su estilo, digirió los acontecimientos de una manera lenta, pero profunda. Semanas después, llamaba a la puerta de un nuevo partido político, que acabaría fundiéndose con la CDU. Un año más tarde, cuando se produjo la reunificación ale­mana y hacían falta políticos del este y mujeres, Merkel estaba allí. La historia le brindó oportunidades que supo aprovechar. También las propició, como cuando derribó sin miramientos a su mentor, Helmut Kohl. En el partido la consideraron una líder efímera, de transición. Se equivoca­ron. Ha tumbado, uno tras otro, a sus rivales. También fue­ra de las fronteras de Alemania es una líder veterana en los foros internacionales, donde ha sobrevivido a cinco prime­ros ministros británicos, cuatro presidentes estadouniden­ses, tres españoles y ocho italianos.

Merkel es un personaje que trasciende con creces las di­visiones izquierda-derecha. Pese a pertenecer al centrode­recha alemán, en ocasiones da la sensación de sobrevolar el sistema de partidos; también el suyo. La de Merkel es una particular manera de entender la política y de actuar. Creció en un Estado en el que la ideología lo era todo y se convirtió en una política flexible y posibilista, en la que los dogmas tienen poca cabida. Sus posiciones han sufrido incontables vaivenes, aunque siempre sin ceder en lo fundamental. Es decir, hay un puñado de principios y valores esenciales in­negociables, como la libertad, la democracia o el Estado de derecho. Casi todo lo demás es susceptible de ser negocia­do por la política pragmática y camaleónica. A diferencia de otros líderes conservadores europeos, Merkel ha mantenido un férreo cordón sanitario frente a la extrema derecha, con la que no ha cooperado de forma directa ni indirecta.

La política alemana ha cambiado su posición en casi todo a lo largo de su carrera. Estaba a favor de la energía nuclear y decretó el apagón tras la catástrofe de Fukushima. En con­tra del matrimonio gay y acabó dando libertad de voto a su partido para que saliera adelante. En contra de las cuotas obligatorias para mujeres en los consejos de administración y terminó cediendo. Adalid de la austeridad y alérgica a todo lo que oliera a endeudamiento común europeo, acabó im­pulsando y aprobando uno en tiempos de la covid-19. El salario mínimo, la abolición de la mili obligatoria… Merkel ha sido capaz de dar giros políticos de ciento ochenta grados a golpe de encuestas de opinión. ¿Flexibilidad? ¿Oportunis­mo? ¿Adaptación a los tiempos? Depende de a quién se pre­gunte, pero lo cierto es que ese pragmatismo ejecutado des­de el consenso es poco frecuente en política y a la canciller le ha permitido mantenerse en su puesto durante cuatro mandatos consecutivos, aglutinando las sensibilidades del centro de la sociedad.

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Autor: Ana Carbajosa. TítuloAngela Merkel: Crónica de una eraEditorial: Península. Venta: Todostuslibros y Amazon

 

 

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